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VII Domingo de Resurrección, Ascensión del Señor – mayo 16.

«Con ustedes estoy» Mt. 28,20.
¡Jesús es Bueno!, Todo el tiempo.

Lecturas: Hechos 1, 1-11 – Salmo 46 – Efesios 1, 17-23 – San Mateo 28, 16-20.

Comentario Bíblico.
La festividad de la Ascensión del Señor que hoy celebramos, cierra el ciclo de la presencia de Jesucristo entre su primitivo movimiento, aunque bien sabemos que, hace una despedida con una promesa: «Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

Estamos leyendo el final del Evangelio de san Mateo. Un final que supone una conquista del proceso seguido por san Mateo: la apertura universal del Evangelio es del fruto pascual. En el cap.10 Jesús advirtió a los Apóstoles que los enviaría a las ovejas perdidas de Israel (Mt 10,1). Ahora los envía a todas las personas invitándolas a entrar en la salvación. Es sumamente importante tener en cuenta este contexto para la comprensión de este breve pero pesado fragmento.

La Ascensión, como la última aparición.
Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesucristo les había indicado. Es necesario anotar las diversas formas que encontramos en los relatos evangélicos que narran las apariciones de Jesucristo. San Mateo narra apariciones en Jerusalén y en un monte de Galilea. San Juan, en Jerusalén y en el lago de Tiberíades. San Lucas, uicamente en Jerusalén y sus alrededores. Esta diversidad indica por una parte la riqueza del acontecimiento y, por otra, la dificultad de explicarlo. En este fragmento se narra la última aparición de Jesucristo. No es una descripción al pasar del acontecimiento como hace san Lucas en Hechos, pero es lo suficientemente explícito para entenderla así.

La Ascensión como donación a Jesús del pleno poder.
“Acercándose a ellos, Jesús les dijo: se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos” (28,18-19). En su encomienda se derriban todos los muros de separación TODOS. Jesucristo, en su humanidad glorificada, recibe los plenos poderes de su Padre. Pero esta afirmación está pendiente ante la siguiente. Su poder se manifiesta en la posibilidad de alcanzar, llegar a todas las personas, a todo el mundo. Su poder se manifiesta en que la evangelización sea posible ya para todos/as. Ya no habrá diferencia de pueblos o de razas o de culturas o de sexo, inclusive de sexualidades. No hay en adelante ningún colectivo, pueblo privilegiado. Todos/as quedan igualmente convocados/as a participar de la salvación ofrecida por el Padre en la cruz y la resurrección de su Hijo Jesús, el Cristo. Este aspecto universalista es necesario remarcarlo a fuego para comprender la entraña de la Ascensión. Allí donde se proclama el Evangelio se está proclamando, de hecho, el señorío de Jesucristo, se le está proclamando como único Señor volcado en la salvación de todo. La fiesta de la Ascensión nos invita a contemplar el plan Divino como Universal. Por eso corona la historia de la salvación en su etapa histórica. Abrahán había sido elegido para ser un signo de salvación para todos los pueblos (Gn 12,1); ahora el descendiente de Abrahán (Mt 1,1), Jesús, envía a sus Testigos-Apóstoles, misioneros/as a evangelizar a todas las personas. Comienzo y final se unen de manera admirable. Es la fiesta de la evangelización por todo el mundo a toda la humanidad de todas las razas, culturas o clases sociales.

La Ascensión como perpetúa presencia del Maestro.
“Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (28,20). Así termina el relato de san Mateo de la vida y obra de Jesús. No es ningún broche. Nada se cierra. Todo queda abierto al futuro. La Ascensión entendida como la posibilidad de perpetua presencia del Jesús glorioso en la historia «hasta que vuelva de nuevo». Esta interpretación de la Ascensión es informal en su forma, pero espesa en su sentido. La perpetua presencia de Jesucristo (con la del Espíritu que meditaremos de modo especial el próximo domingo) hace fecunda la tarea evangelizadora de la Iglesia. El evangelista se cuida meticulosamente de utilizar el verbo estar en presente (estoy) y no en futuro (estaré). Se trata de un presente de prolongación permanente, de continuidad. No hay ruptura: desde este instante y para siempre. El Cristo asciende, se va, pero no se desentiende de su gente, de este mundo, como cantaremos en el prefacio de la solemnidad “El Señor esté con nosotros / Levantemos los corazones / Demos gracias al Señor, nuestro Dios”. La Iglesia podrá proclamar en cada celebración eucarística que hace presente, sacramentalmente, todo el misterio de Jesús: «Ven Señor, Jesús». El Apocalipsis escribe al final de su relato: La esposa y el Espíritu dicen: ¡Ven Señor Jesús! ¡Marana tha! (Ap. 20,20)

Para terminar, la Fiesta de la Ascensión es la oportunidad que se ofrece al creyente para alegrarse por su Rey: Se alegra Israel por su Creador, los hijos de Sión por su Rey (salmo 149,2). Como Iglesia celebramos el triunfo de nuestro Rey, nuestra Cabeza, nuestro Amigo, por eso nos sentimos en fiesta, además contemplamos ese misterio como el gran empuje de su misión evangelizadora por el mundo, estamos tan necesitados del Evangelio, ya que es el único que puede dar respuesta a sus graves y urgentes interrogantes. Renueva su esperanza teologal que le invita a dirigir sus pasos hacia lo difícil y arduo, pero posible porque la Divinidad anda en medio nuestro con su Bondad, Fidelidad y Poder.

En el centro, Jesucristo glorifica-do igue en medio de nuestro hasta el fin del mundo.

Oremos:
Maestro, mientras aún vivimos en la tierra, bendícenos en parte con los bienes del cielo, deseamos vivamente estar unidos/as a Vos. Sabemos que estás entre nosotros/as todos los días.
Amén, Aleluya.

Bendecido Tiempo de Resurrección.
+++ Marcelo Alejandro – ms

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