¡Jesús
es Bueno!, Todo el tiempo.
Lecturas: Hechos 6, 1-7 – Salmo 32 – 1° de Pedro 2, 4-9 – San Juan 14,1-12.
Comentario Bíblico.
Como cada vez que nace un niño o una niña, la gente va a visitar a los flamantes papá y mamá, padres o madres, que se alegran de la nueva vida que nos llega. El comentario que no faltar en este tipo de visitas es: “Igualito al papá”… “Tiene la misma nariz de la mamá”… “Cómo se parece al abuelo/a”… “Sacó los mismos cachetes de…”. Las mujeres son más capaces de encontrar estas similitudes que, muchas veces, a los hombres nos parecen exageraciones propias de la sensiblería, o vemos a cada bebe/a igual a los demás. No voy a entrar a dirimir quiénes tienen la razón, pero sí creo que es “normal” que los hijos y las hijas se parezcan a sus papás y a sus mamás, y siento que es lo menos que se puede esperar…
Los años van pasando y, efectivamente, los rasgos físicos, (la barriga), las canas, la calvicie, la forma del rostro, la estructura corporal, la injusta gravedad que todo lo baja, absolutamente todo se va revelando más claramente parecido. “De tal palo, tal astilla”, solemos decir coloquialmente. Y, ¡oh sorpresa!, no únicamente terminamos pareciéndonos en los rasgos físicos, sino que, muchas veces, es sorprendente reconocer similitudes en los movimientos mismos, cómo en la genética, cómo menea la cabeza, cómo camina, cómo mueve las manos, cómo se sonríe… Y, aún más, no es raro que el hijo o la hija se parezca, o llegue a ser una versión mejorada (o empeorada) de lo que es su padre o su madre en su carácter, en su humor, en su personalidad.
Lo mismo, según el relato evangélico de hoy, entre Jesús y su Padre Dios (Jn. 14,6-7; 14,9). Así como Jesús fue un reflejo claro del Padre para los suyos, nosotros/as estamos invitados/as, encomendados/as, empoderados/as a ser también un reflejo de Dios en nuestras sociedades, comunidades, familia, afectos, necesitados/as de acciones reconciliadoras y constructores de paz. Nuestro testimonio de vida debe ser el mejor canal para la evangelización. No se trata tanto de hacer cosas para sobresaltar, dar ejemplo, o vanagloriarse, ni de repetir gestos que nos parecen simpáticos, ni de copiar actitudes que nos parecen loables, lo espontáneo y original de cada uno de nosotros/as es lo más importante. Es algo que debe ir surgiendo con naturalidad, con el origen de la vida que es Dios. Valdría la pena preguntarnos hoy: ¿Cuánto nos parecemos nosotros/as a nuestro Papá Dios? ¿Podemos decir, como Jesús: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”? Porque, como bien dice Jesús, “Les aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago; y hará otras todavía más grandes” (Jn. 14,7-12). Nuestra paternal Divinidad permita que nuestra vida sea reflejo de Jesucristo, un reflejo de la vida de Dios para los que nos rodean. Que quienes viven junto a nosotros y conocen nuestra forma de amar, vivir, trabajar y actuar, puedan decir de nosotros/as lo que dicen los que visitan al niño/a recién nacido: “Es igualito a…”.
Oremos:
Divinidad Trina y única, acompañanos para ser guiados y guiadas por Jesucristo personalmente, con nuestros nombres, y como comunidad de fe, parte de una unidad con Vos. Con esperanza decimos: Ven Espíritu Santo y seremos recreados. Para que Vos por medio nuestro renueves la faz de la tierra. Amén
Bendecido Tiempo de Resurrección.
+++ Marcelo Alejandro – ms

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