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V Domingo del Tiempo de Reconciliación (Cuaresma) – marzo 22

«¿Crees esto?» Jn. 11,26.
¡Jesús es Bueno!, Todo el tiempo. Lecturas: Ezequiel 37, 12-14. — Salmo 129 — Romanos 8, 8-11. — S. Juan 11,3-7.17.20-27.33-45. Comentario Bíblico. «Jesús, al ver llorar a María… se conmovió profundamente» Jn. 11 «Jesús, al ver llorar a…», la frase simplemente la oriento a tu propia perspectiva, tu propia visión, ya que soy consiente por vida y presenciar testimonios de personas que en su desesperanza fuero y continúan siendo alcanzadas y bendecidas por su compasión, su amor. ¡Qué fácil resultan las cosas cuando se quiere! Detrás de todo lo valioso e importante en esta vida, hay historias de amor, historias de compasión como la del evangelio de hoy, que no conocemos. Normalmente, vemos los resultados y nos llenamos de admiración al reconocer la inmensidad de las obras de hombres y mujeres a lo largo y ancho de este país: Obras literarias, música, arte, gestas revolucionarias, activismo social, construcciones, proyectos de desarrollo, testimonios de liberación y sanación, acciones a favor de los demás… Hay detrás de todo este trabajo un motor que no está inmóvil, con un dinamismo creador, salvador y liberador que no se explica con palabras sino con obras; que no se contenta con los buenos deseos, sino que pasa a las acciones; que no sólo opina sobre lo que debe cambiar, sino que transforma la realidad: ¡Este motor del mundo, se mueve sin ser movido, es el amor! Recordemos el sentido de la meditación del pasado domingo: «El Señor mira el corazón» Jn. 9. Donde «Lo esencial es invisible a los ojos», esta célebre frase de El Principito (Antoine de Saint-Exupéry) que enseña sobre el verdadero valor de las cosas —amor, amistad, aceptación, sentimientos— percibir más con el corazón y no con la vista en lo superficial. Significa valorar lo profundo, lo interior sobre las apariencias materiales. Recuerdo una historia que salió hace unos años en un calendario del Corazón de Jesús que hablaba de una niña que iba caminando, descalza por un camino pedregoso llevando a cuestas a su hermanito. Me quedé mirándola y le pregunté: —¿Cómo puedes llevar una carga tan pesada? La niña volvió hacia mí sus ojos llenos de sorpresa y me respondió: —No es una carga, señor, es mi “hermanito”. Por todas partes, el texto en el que san Juan nos relata la resurrección de Lázaro, salta a la vista el cariño, el amor que Jesús sentía hacia esta familia de Betania: “tu amigo está enfermo” (11,3.); “Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro, cuando le dijeron que Lázaro estaba enfermo se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba. Después dijo a sus discípulos: – Vamos otra vez a Judea” (11,4-7); “Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció, y les preguntó: – ¿Dónde lo sepultaron? Le dijeron: – Ven a verlo Señor. Y Jesús lloró. Los judíos dijeron entonces: – ¡Miren cuánto lo quería!”. “Jesús, otra vez conmovido, se acercó a la tumba. Era una cueva, cuya entrada estaba tapada con una piedra. Jesús dijo: – Quiten la piedra”. Y más adelante, la bella oración que Jesús dice delante de la tumba de su amigo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo digo por el bien de esta gente que está aquí, para que crean que tú me has enviado. Después de decir esto, gritó: – ¡Lázaro, sal de ahí!” (11,33-45). Únicamente desde la compasión, desde el amor se explica que Jesús haya querido ir a Judea donde hacía poco habían tratado de matarlo a pedradas (Jn. 10,31-38). Solamente desde el amor pudieron los discípulos decir: “Vamos también nosotros, para morir con él” (11,16). Solo desde el amor se explica ese bendito grito de Jesús ante la tumba de su amigo: “¡Lázaro, sal de ahí!” (11,43). Desde el amor se entiende que “El muerto salió, con las manos y los pies atados con vendas y la cara envuelta en un lienzo” (11,44). Dejémonos mover por esa fuerza misteriosa del amor que explotan allí en nuestro interior, daremos vida y seremos capaces, también hoy, de asumir nuestra misión estando incluso dispuestos a “morir con él”. El Tiempo de Reconciliación es un tiempo para crecer en esta compasión, este amor que mueve montañas. Vivamos esta experiencia del amor que Dios nos regala en la persona de Jesús y pidámosle que seamos capaces de sacar de su tumba a los muertos o por lo menos, sintamos la fuerza para echarnos al hombro a nuestro hermanito. Variados son los testimonios que escuchamos y vemos en las Eucaristías de sanación, testimonios de una compasión, un amor sanador y vivo en cada una de las personas allegadas a esta experiencia de resurrección en nuestras vidas. Oremos: Maestro, solo Vos sos la respuesta a todas nuestras esperanzas. Concédenos saber construirlas, en cambio, de esperarlas siempre y, recibir Tú gracias. Vos siempre estás entre y con nosotros/as. ¡Creemos en Vos! Amén. Bendecido Tiempo de Reconciliación. +++ Marcelo Alejandro – ms

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