Lecturas: Génesis 12,1-4 – Salmo 32 – 2° de Timoteo 1,8b-10 – S. Mateo 17,1-9.
Comentario Bíblico.
Según san Mateo, en el monte, Jesús se muestra tal como es: el Hijo amado del Padre Celestial, quien lleva en su rostro Su Luz que no se apaga. Pero esa Luz no es evasión ni refugio; es anticipo de la gloria que brotará de la cruz. Simón, san Pedro, quiere quedarse allí, levantar carpas, mantener ese tiempo. Nosotros(as) también lo deseamos muchas veces en nuestros espirituales retiros. Un cristianismo cómodo, sin sobresaltos, sin renuncias, acomodado, con atención. Sin embargo, la voz desde la nube nos recuerda que el centro de la fe es: “¡Escúchalo!”. Escucharle a Jesús implica aceptar sus evangelios, seguirle, y seguirle implica bajar del monte, caminar con Él hacia las acciones y entrega total.
Vienen a mi memoria en estos días la imagen de dos parejas enamoradas: una de ellas se casó el pasado octubre de 2020 y la otra que cumplió sus bodas de plata. Los primeros están experimentando la alegría mágica de un enamoramiento que les llena de entusiasmo, comenzando a caminar unidos; las segundas disfrutan del amor fiel, filial y de la mutua entrega en la cima del camino, contemplando, sin terminar de creérselos, la distancia que han compartido y recorrido. Para ambas parejas el paisaje es muy distinto. Contemplan el mismo camino desde extremos, aparentemente, opuestos. Realidades económicas sexuales y sociales adversas. Sin embargo, el amor que les sostiene tiene la misma raíz. Las dos parejas escuchan la misma palabra que les dice: “Levántense; no tengan miedo”. Esta raíz es la promesa que han recibido y que se va haciendo historia en el diario caminar del amor de Dios en ellos, en nosotros, en TODOS(AS).
¿Quién sería capaz de embarcarse en un proyecto tan complejo como el matrimonio si antes no experimentara, de alguna forma, las mieles luminosas del paraíso que van a construir su caminar? ¿Quién sería capaz de entrar en un seminario o en una casa de formación religiosa para consagrarse plena y definitivamente al seguimiento y a la proclamación del Señor, sin estar, en cierto modo, borrachos de amor hacia Aquel que nos invita y por la misión a la que nos envía? No podríamos comenzar una acción que abarque la totalidad de nuestra existencia, si nos quedáramos mirando solamente los inconvenientes, las inseguridades y las contingencias del proceso, olvidando levantar la vista, por lo menos de vez en cuando, hacia el destino final que nos espera.
Los santos discípulos Pedro, Santiago y Juan, subieron con el Maestro a un cerro muy alto y allí, como un relámpago en medio de una noche cerrada, se reveló para ellos el misterio último de la vida de Jesús. Contemplaron a Jesús transfigurado, recordando el brazo fuerte y extendido de la Divinidad de Moisés, que era incapaz de soportar la esclavitud de su pueblo en Egipto y, al mismo tiempo, sintieron la brisa suave que refrescó el rostro del profeta Elías en el monte Horeb. «Allí, delante de ellos, cambió la apariencia de Jesús. Su cara brillaba como el sol» (17,2), era el rostro luminoso de su Padre y su vestimenta se volvió más blanca que la luz. En este resplandor, ellos, vieron a Moisés y Elías conversando con Jesús (17,3). Habrán pensado que habían llegado al final del camino y le propusieron levantar tres carpas para quedarse allí para siempre. Sin embargo, el camino comenzaría a dificultarse apenas comenzaba y todavía tenían que subir a Jerusalén para asumir las dificultades y sufrimientos que les esperaban en la Ciudad Santa.
RETIROS – DESIERTOS
«Levántate, no tengas miedo» Mt. 17,7; recuerdo mis años de joven, asistiendo a los retiros espirituales de parroquia del decanato y la propia, como los desiertos de postulante al seminario; en cada uno de ellos siempre era en casa de religiosas, órdenes de frailes donde éramos asistidos, suculentos desayunos y meriendas con panes y mermeladas caseras, limpieza inimaginable, cuartos hiperaseados con sus camas estiradas, almuerzos y cenas con ese gusto a mamá.
«Levántate, no tengas miedo» Mt. 17,7; oraciones y meditaciones espontáneas entre los demás asistentes. Tres días de una comodidad absoluta alejados(as) de las preocupaciones, inseguridades, compromisos, trabajos, familias, todo enmarco en absoluta comodidad. En verdad no quería que el domingo llegue y todo esto termine, como los discípulos levantaría carpas para instalarme y allí seguir viviendo. Ahora, ¿era lo ideal para nuestro comprometido accionar cristiano?, claro que no. Hoy no seriamos los misioneros y asistentes cristianos, con un accionar amorosamente misericordioso ante las necesidades de nuestros allegados o desconocidos, así que «Levantémonos, de nuestras comodidades, no tengamos miedo» Mt. 17,7.
El sentido que tiene estos versículos, comenzando el tiempo de Reconciliación (Cuaresma), precisamente, al final de todo camino, la promesa hacia la cual dirigimos nuestros pasos. Jesús nos concede muchas veces probar un poco lo sabroso del paraíso, en medio de los altibajos de nuestra existencia, para fortalecernos y animarnos a construir el amor fiel de la entrega total. Los riesgos que enfrentan la pareja que comienza su camino comprometido de amor es pensar que todo él será un jardín de rosas y que se dedicaran a construir día a día y paso a paso, una relación fiel que les lleve a vivir en plenitud. Y los riesgos que corren los que están a punto de llegar a sus bodas de plata, de oro es que olviden que algún día su corazón vibró apasionadamente y que lo que han ido edificando a lo largo de tantos años es exactamente lo que Jesús llama un amor que llega hasta el extremo.
«… no tengas miedo» Mt. 17,7.
Para terminar, la imagen que ilustra esta prédica generada por IA, es una ilustración contextualizada sobre la Transfiguración: la Ley —Magisterio— (Moisés - Obispo) y el Orden —Tradición— (Elías - Misterio), Moisés y Elías, apareciendo junto a Jesús, testimonia que Él es el cumplimiento de toda la revelación y las escrituras hebreas. Por lo tanto, me atrevo a escribir que en Jesús se manifiesta todo Magisterio, y Ministerio y no en géneros, sexos inclusive sexualidades diversas.
En el libro del Apocalipsis se puede leer así: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa» (Apo. 3,20). Hoy Jesús llama a nuestra puerta de cristianos(as) y no cristianos. Podemos abrirle la puerta o rechazarlo. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.
Un Propósito
Dedicar 15 minutos adicionales a esta meditación para gustar más de la contemplación de Cristo en el monte de la oración.
Oremos: Maestro, únicamente Tú eres la respuesta a todos mis temores, inseguridades y comodidades, a todas mis aspiraciones y deseos. Concédeme saber escucharte, estar atento(a) a tus llamadas siempre para poder discernir el bien y el mal y, con tu gracia, y poder adherirme a tu voluntad. Gracias por recordarme que nunca debo temer, porque Tú siempre estás conmigo, llenando mi vida de dones que tristemente, en ocasiones, olvido.
Amén.
Bendecido Tiempo de Reconciliación.
+++ Marcelo Alejandro – ms

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