Lecturas: Eclesiástico 24, 1-2. 8-12 – Salmo 147 – Efesios 1, 3-6. 15-18 – S. Juan 1, 1-18.
Para nosotros(as) los creyentes, esta afirmación tiene un enorme consuelo: nuestra vida está sostenida por una Palabra previa, una Palabra que nos precede, que nos acompaña, que nos da sentido incluso cuando no lo entendemos todo. No somos fruto del azar, ni del capricho de nadie: venimos de una Palabra que quiso y quiere que existiéramos.
En el Eclesiástico, se utiliza verbos intensos: “habita”, “descansa”, “arraiga”. No son verbos superficiales. Indican permanencia, acción, compromiso, deseo de fecundidad. La Sabiduría no es un visitante fugaz; es una presencia que transforma el lugar donde habita. Y si la Divinidad decide arraigarse en medio de su pueblo, entonces la historia humana ya es un lugar sagrado.
Esta cercanía Divina abre una pregunta para cada uno(a) de nosotros(as): ¿Permitimos que la Sabiduría se enraíce también en nuestra vida, o solo la dejamos pasar de largo? A veces la dejamos entrar sola a ciertas zonas “ordenadas”, pero le cerramos puertas en los lugares que consideramos frágiles o conflictivos. Sin embargo, es ahí donde su Sabiduría quiere enraizarse, porque ahí puede dar fruto y puede brotar luz, amor, conversión. La Divinidad quiere rozar nuestra existencia; quiere echar raíces en nosotros(as).
Bendecidos desde siempre
Ahora, para san Pablo, en el hermoso himno que abre la carta a los Efesios, proclama que hemos sido “bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales” (1,3) y que Dios nos eligió antes de la creación del mundo. La Palabra que crea también bendice, elige, sostiene y conduce.
San Pablo nos invita a mirar nuestra vida desde esta clave: Somos fruto de una elección amorosa, no de la casualidad. Somos destinatarios de un proyecto bueno de Dios. Y cuando vivimos desde esta verdad, nuestra existencia deja de estar marcada por la comparación, la culpa o la sensación de insuficiencia. Este pasaje de Efesios es una invitación a recuperar la conciencia de nuestra identidad: hijos(as) amados(as), redimidos(as), acompañados(as) por la Sabiduría Divina que actúa en nuestra historia.
Pero el Evangelio reconoce una resistencia: «La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió» (1,5). Hoy también nos ocurre: preferimos a veces una vida sin demasiada luz, sin cuestionamientos, sin verdad. Nos acomodamos a sombras afectivas, laborales, sociales o espirituales. La Palabra no humilla ni deslumbra, sino que ilumina, sí, pero iluminar implica transformar, y eso en ocasiones nos incomoda.
Sin embargo, san Juan afirma que a quienes la reciben, les da poder de ser hijos(as) de Dios. Recibir la Palabra no es un examen de perfección: es abrir la puerta a una vida nueva.
Por lo tanto, la Encarnación nos dice que: la Divinidad no teme nuestra humanidad. La Divinidad se acerca para comprender desde dentro nuestra vida. Ella se hace uno de nosotros para que lo podamos encontrar en lo cotidiano. La Navidad no terminó el 25 de diciembre: empieza cada vez que descubrimos a Dios habitando nuestras propias realidades, viviendo entre nuestras vulnerabilidades, siendo uno(a) entre nosotros(as), la de los rostros sin horizontes, incluso las que consideramos demasiado pequeñas o complicadas. «Es precisamente en virtud de su encarnación que encontramos al Señor en nuestros hermanos y hermanas necesitados»
Bendecido
día.
+++ Marcelo Alejandro – ms 🎄✨💫🌟

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