Lecturas: Isaías 42,1-4.6-7. – Salmo 28 – Hechos 10,34-38. – S. Mateo 3,13-17.
Comentario Bíblico.
«Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país» (Is. 42,3)
¡Qué contraste entre las lecturas que se nos presentan hoy y nuestra manera de actuar y de pensar!; Cada tres años repetimos las mismas en tres diferentes ciclos universales A, B, y C, lo paradójico de esto es como cada tres años, más menos, repetimos las mismas accione e historia, ¿Será falta de memoria del universo? Cuántas veces hacemos uso de una justicia fría, que no tiene en cuenta la realidad de las personas que tiene por delante; que hace acepción de naciones, estados, personas, que mira principalmente a los que no son del propio grupo de negocios; que descarta a quienes no siguen las mismas pautas, no defienden los mismos intereses y ni respetan las libertades firmadas o pactadas entre organismos internacionales.
Cuántas veces hacemos uso de esa justicia fría que no quiere ponerse en el lugar del otro y que busca la venganza y el ilegal corrompido enriquecimiento. Si nos fijamos en las noticias, en la gente que hay a nuestro alrededor, incluso, en nosotros mismos, nos veremos juzgando y condenando, tomando partido y contribuyendo así a la confrontación y polarización en la que se ven envueltos nuestra sociedad, nuestro continente y nuestro mundo.
En cambio, en la primera de Isaías (42,1-4.6-7.), que hemos de leer o escuchar podemos ver cómo el servidor, el elegido del Señor, no viene a traer venganza ni a condenar, sino que nos viene a traer la justicia que salva, que levanta, que dignifica. Esta justicia que consiste en “abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la cárcel y del closet a los(as) que habitan en las tinieblas”.
Esto me recuerda a esa máxima que dice “odia el delito y compadécete del delincuente”. Es la misericordia, y no la pena, la que traspasa la justicia y la que busca restablecer el bien, invitando a la conversión y al cambio, sanando las heridas que se hayan podido producir entre las personas o entre estas y la creación, construyendo un mundo en el que no haya muros que dividan y separen territorios, que enfrenten y lleven a la enemistad, sino puentes que unan y que lleven al encuentro y a la comunión, común-unión, entre pueblos, etnias, regiones, géneros y sexualidades.
"Dios no hace acepción de personas" (Hch. 10,34-35, Rom. 2,11 y Deut. 10,17.)
Esta frase significa que la Divinidad no muestra favoritismo ni parcialidad, trata a todas las personas por igual sin importar su origen, raza, estatus social, riqueza, condición sexual, género, sexualidad y que Su gracia y juicio son para todos(as) por igual, según se lee los versículos bíblicos como en Hch. 10,34-35, Rom. 2,11 y Deut. 10,17, extendiendo Su evangelio y salvación a todas las naciones, no solo a los judíos.
En esta llamada, como nos dice la lectura en el libro de los Hechos, el Señor no hace acepción de personas: “Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que teme y practica la justicia, sea de la nación que sea” (10,34-35), y podríamos seguir, sea de la raza que sea, tenga el sexo que tenga, pertenezca al partido que pertenezca, etc.
Es una invitación a ver en el otro a un hermano al que hay que cuidar y al que hay que tratar como a uno(a) le gustaría que le tratasen. Lo importante es hacer vida en la propia vida la Buena Noticia de la paz que trajo Jesús y hacer lo que él hizo: pasar haciendo el bien y curando a los vulnerados y oprimidos por el mal.
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt. 3,17)
Es la frase evangélica clave que la Divinidad Padre dice sobre Jesús, la Divinidad Hijo, declarando su amor y complacencia, ocurriendo en eventos como su Bautismo (Mt. 3,17, Mc. 1,11, Lc. 3,22) y la Transfiguración (Mt. 17,5, Mc. 9,7, Lc. 9,35), confirmando la divinidad de Jesús e invitándonos a la obediencia hacia Él.
Esto nos tiene que llevar a nosotros(as) a aquel de quien la Divinidad dice “este es mi Hijo amado en quien me complazco” (Mt. 3,17). Al igual que san Juan lo reconoce: “soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?” (3,|4), nosotros también estamos llamados(as) a reconocerle y a encontrarnos con él.
Estamos llamados(as) a abrirle las puertas de nuestro corazón y nuestra vida, a dejarnos llenar por él, a configurarnos y conformarnos con él. Esto significa intentar vivir como él vivió, haciendo la voluntad del Padre, en nuestra época, así podemos entender que: “Eres mi Hijo(a) amado en quien me complazco”, en los lugares en los que nos toque vivir para así cumplir toda justicia.
En el día en el que celebramos el bautismo de Jesús, hagamos también memoria de nuestro propio bautismo y debemos dejar de recordar la invitación de Jesús a la conversión y a creer en el evangelio. Una vida auténtica, vivida en relación con los demás, desde la justicia, la misericordia y al cuidado de la creación, nos lleva a la fidelidad a la Divinidad de Jesucristo, que espera que todos(as) tengamos vida y la tengan en abundancia (Jn. 10,10).
¿No es la voluntad del Padre vivir nuestra vida de creyentes desde la autenticidad, viviendo conforme a nuestra fe, a aquello que creemos, e intentando crecer en el seguimiento de Jesucristo? No dejemos nunca de entreverar nuestra fe y nuestra vida con la Palabra y de dejarnos acompañar por la comunidad de creyentes.
¿No es voluntad del Padre que vivamos nuestras relaciones con los demás desde la justicia y la misericordia? No podemos olvidar que nuestras relaciones con los demás, deben tener como base estas dos realidades, la justicia y la misericordia, que no son otra cosa que una expresión del amor de Divino hacia nosotros(as) y desde nosotros hacia los demás.
¿No es voluntad del Padre que vivamos nuestra relación con todo lo creado desde el cuidado? Cuántas veces hemos malinterpretado las palabras del Génesis, fijándonos solamente en el “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla” (Gn. 1,28), olvidando y separándolo de “para que la cultivemos la cuidemos”. Así hemos tratado la creación como nuestra despensa personal, puesta al servicio de nuestros propios intereses, olvidándonos de que es nuestra casa común y que hemos de vivir en comunión con ella, cuidándola y respetándola como creatura de Dios que es.
Viene a mi memoria lo que ha dicho el Papa (Bergoglio) Francisco «Nuestra tierra no es el patio trasero de nadie» es la casa popular de la humanidad, no un depósito de recursos a explotar, llamando a una relación armoniosa y de cuidado con el planeta, inspirado en la encíclica Laudato Si, que la describe como una hermana y madre que debemos proteger. Esta idea se refuerza en sus discursos donde condena la destrucción ambiental como un pecado estructural y llama a la acción por una cultura de vida y de justicia, destacando que la Tierra es sagrada y que la propiedad debe subordinarse al bien común.
¿No es voluntad del Padre que vivamos nuestra relación con él desde la fidelidad? La fidelidad nos tiene que llevar a purificar las imágenes de Dios, los signos de nuestra fe renovada que muchas veces nos hacemos ecos de catequesis opresoras o fuera de contextos, con las que nos justificamos en pretextos. Vivamos nuestra vida teniendo presente en nuestro día a día y a vivirla conforme a nuestra fe en Él, reconociendo que para la Divinidad Padre «Somos sus Hijos(as) amados en quien se complace».
Bendecido día.
+++ Marcelo Alejandro – ms 




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