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Domingo XXXIV del tiempo común – noviembre 23

Festividad de Jesucristo Rey del Universo
«Nos ha trasladado al Reino de su Hijo» Colosenses 1,13. Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí. Lecturas: 2° de Samuel 5,1-3 – Salmo 121 – Colosenses 1,12-20 – S. Lucas 23,35-43.
Comentario Bíblico. ¿Burlarnos o Invocar? San Lucas describe con tonos trágicos la agonía de Jesús en medio de las burlas y bromas de quienes lo rodean. Espectadores de una sangrienta e injusta condena de muerte. Nadie parece entender su entrega a la muerte. Nadie ha captado su amor a los más vulnerados. Nadie ha visto en su cara la mirada compasiva de Dios al ser humano.
A la distancia, las «autoridades» religiosas y el «pueblo» se burlan de Jesús haciendo muecas: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si es el Mesías» (23,35). Los soldados de Pilato, al verlo sediento, le ofrecen un vino avinagrado, muy popular entre ellos, mientras se ríen de él: «Si tú eres rey de los judíos, sálvate a ti mismo» (23,37). Lo mismo le dice uno de los delincuentes, crucificado junto a él: «¿No eres el Mesías? Sálvate a ti mismo».
Tres veces repite san Lucas la burlona frase: «Sálvate a ti mismo». ¿Qué «Mesías» puede ser este si no tiene poder para salvarse?, ¿Qué clase de «Rey» puede ser?, ¿Cómo va a salvar a un pueblo de la opresión imperial de Roma si no puede escapar de los cuatro soldados que disfrutan su agonía?, *¿Cómo va a estar Dios de su parte si no interviene para liberarlo?
En medio de tanta burla, una invocación: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (23,42). Es el otro delincuente, que reconoce la inocencia de Jesús, confiesa su culpa y, lleno de confianza, se reconcilia en Dios, únicamente pide a Jesús que se acuerde él, y Jesús servicialmente responde de inmediato: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (23,43). Ahora ambos están agonizando, unidos en el desamparo y la impotencia. Pero hoy mismo estarán juntos disfrutando de la vida del Padre.
¿Qué sería de nosotros si el Enviado buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados, vulnerados de la historia?, ¿Cómo podríamos creer en una Divinidad que nos dejara hundidos en nuestro pecado y en nuestra impotencia ante la muerte?
Hay quienes también hoy se burlan de los Crucificados. No saben lo que hacen (23,34). Lo han hecho con Francisco de Asís, con Juana de Arco, con Mahatma Gandhi, con Martin Luther King, con Harvey Milk, con Alfredo manes, con Mariella Muñoz, con Carlos Jáuregui, con Mocha Celis, Matthew Shepard, con Nadia Echazú, con Daniel Zamudio, con Dandara dos Santos, con Lohana Berkins, con Diana Sacayan, con Cesar Cigliutti, con Tehuel de la Torre, con Ilse Fuskova con Sara Millerey… Se están burlando del hombre más humano que ha dado la historia, se han burlado de personas que con sus vidas y testimonios hicieron historia en defensa de nuestros derechos y mejor calidad de vida para nuestras sociedades. ¿Cuál es la postura más digna ante estos Crucificados(as), una encarnación suprema de la cercanía de Dios al sufrimiento del mundo, burlarnos de él, de ellos(as) o invocarnos?
* Hay acciones, gesto, serviciales (lejos de lo servil que el mundo cree o demanda de muestra parte) un amor tan profundo que se considera un servicio, el acto supremo de amor, ya que la humanidad puede alcanzar la salvación a través de su fe en Jesús Rey. No olvidemos que el amor de Dios por la humanidad es tan grande que entregó a su Hijo, a quien luego resucitó para ofrecer la vida eterna a quienes creemos en él. La resurrección es vista como la máxima prueba de ese amor y del poder de Dios para salvar al rey. (Jn. 3,16)
¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida? (No es necesario responderme a cada pregunta. Seleccionemos las más significativas para lo personal y comunitario. Lo importante es conocer y profundizar el texto, descubrir su sentido para nuestra vida.)
a) ¿Qué aprendemos de las actitudes de Jesús en la cruz para ser mejores discípulos(as)? b) Jesús no es un hollywoodense rey como los de este mundo que usan su poder para dominar y en beneficio propio. Su misión es servir, no dominar, es la gran norma del Reino que proclama el Jesús. Según esto: + En las familias: ¿Hay actitudes de prepotencia, intolerancia, opresión o sometimiento?, ¿Nos valemos de nuestra autoridad como personas adultas para imponernos sin que haya diálogo?, ¿Justificamos o aceptamos los abusos de poder, maltrato físico, verbal o psicológico? ¿Cómo son nuestras relaciones entre la pareja: de igualdad, responsabilidad compartida, diálogo y comprensión, o de sometimiento, ninguneo, prepotencia y abusos?
+ En nuestra cristiana comunidad y en nuestro trato con los demás: ¿Somos fieles al nuevo modelo de relaciones entre las personas que nos propone Jesús, donde todos(as) somos hermanos(as) e iguales ante Dios y la sociedad, o bien tenemos relaciones de prepotencia, de rechazo a algunas personas por etnia, identidad, sexualidad? ¿Qué nos falta para servir mejor y no imponer ideologías o dominar?
+ En las instituciones (iglesia, empresa, municipio, hospital, escuela, colegio, etc.): ¿hay relaciones de igualdad con responsabilidad o hay ninguneo, sectarismo, sometimiento, miedo y prepotencia?, ¿Hay diálogo o se dan abusos e intolerancia o prepotencia?, ¿Se acepta a todas las personas o se excluye a los que no piensan igual o no son de los míos (del palo)?
1. Un letrero con la causa de la condena de Jesús: «Este es el rey de los judíos»(23,38). Jesús es el rey, pero un rey diferente, un rey espiritual y no terrenal o territorial. No aquel que quita la vida de los(as) demás para mantener su poder y dominio, sino aquel que da la propia vida para que todos(as) tengamos libertad y vida en abundancia (Jn. 10,10). Él es el Mesías Rey de Is 11,1-9, que traería el reinado de la justicia y de la paz. Sin embargo, parece que hacer presente este reinado cuesta la sangre de Jesús y de una multitud de personas que luchan por la dignidad, la justicia y la paz.
2. ¿Es este un rey? ¿De qué reino?: Jesús es condenado injustamente a muerte por decirse rey. Así lo afirman sus acusadores; y Jesús reconoce que es rey ante Pilato (23,3) al afirmar: «Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad» (Jn. 18:37). Sin embargo, aclara que su reino no es de este mundo y que su propósito es dar testimonio de la verdad. Esa condición de rey está en una inscripción colocada en la cruz (23,38), y es chocante con la situación física del Maestro clavado en ella. El pueblo, que había escuchado su predicación, miraba expectante al crucificado sin entender lo que pasaba, desconcertado. Los jefes, que habían sido cuestionados por esa misma predicación, se burlaban, disfrutaban su victoria: Aquel que se presentaba como Salvador no es capaz de salvarse él mismo (23,35-38). Una vez más habían entendido mal. Pero nosotros(as) corremos también el riesgo de no comprender. Nos equivocamos, por ejemplo, cuando creemos que Jesús es rey de un reino puramente espiritual, sin relación con este mundo. El Reino de Dios que proclama Jesús tiene que ver también con toda nuestra vida y las condiciones de vida que tenemos sus hijos(as). La oposición no está, entre lo espiritual y lo temporal, sino entre poder de dominar nuestro individualismo y poder de servicio. Jesús no es un rey como los de este mundo, que dominan y maltratan a quienes tienen debajo ellos(as); no utiliza su poder en beneficio propio, por eso no se salva a sí mismo. Jesús vino a enseñarnos que todo poder (político, religioso, intelectual) tiene que estar al servicio de los pobres, oprimidos y vulnerados.
3. Servir, sin dominar. Esta es la gran norma, reforma, del Reino que proclama Jesús. Se le traiciona cuando mal empleamos el poder recibido —cualquiera que sea— para imponer nuestras ideas, y mantener privilegios personales.
Una actitud de servicio supone sensibilidad para escuchar al otro(a); solamente ese testimonio podrá abrir corazones y mentes al anuncio del Reino de Cristo. El comportamiento de Jesús, que no utilizó su poder en beneficio propio, quebró la dureza de uno de los malhechores con los que Jesús fue crucificado (40-41). El testimonio del Maestro le hizo entender de qué Reino Jesús es rey. De un Reino que desde hoy, en esta sociedad, debe cambiar nuestra manera de ver las cosas, de relacionarnos con los demás. Debemos trabajar en nuestra historia por los valores del Reino.
4. ¡Acuérdate de nosotros(a), Jesús! Su proyecto dividen incluso a los mismos criminales, borlones, sabios, corruptos de nuestras cúpulas sociales y religiosas. Uno de ellos se burla de Jesús y le desafía para que use el poder para liberarse y liberar a los demás. Muchos ven en este criminal al pueblo judío, que esperaba el Mesías político, libertador, que restauraría la grandeza de la nación. Es preferible ver en él a todos aquellos que se imaginan posible vencer el poder opresor a través de otro poder. Pero el otro malhechor se convierte al proyecto de Jesús. El Reconoce que no es por la fuerza ni por el poder como la justicia, la libertad y la vida se hacen. El Reino del amor traerá la verdad y la justicia, y de allí la libertad y la vida para todos(as). El perdón, la reconciliación es un signo más del señorío de Jesús. Los(as) creyentes de la comunidad lucana ven aquí el perdón de Jesús, que está en el origen de su vida cristiana.
“Estar hoy en el paraíso” no expresa un dato cronológico, sino que desde su cruz la salvación empieza a hacerse realidad. Nunca es tarde, según san Lucas, para volver a los caminos del evangelio. Cualquier día puede ser el hoy de la salvación (23,43).
5. Desafortunadamente, cuántas veces en nuestra vida eclesial reproducimos los modelos de “reinado” del mundo, y no los de Dios en Jesucristo. Cuántas veces establecemos relaciones de poder, autoritarias, en vez de fraternas. Cuántas veces entramos en colaboración con los poderes de este mundo, ya sea por acción o por omisión. El modelo de “reinado” que nos presenta Jesús, el “Cordero degollado” como lo llama Isaías, nos cuestiona y nos llama a la conversión.
“Hay acciones, gesto, serviciales (lejos de lo servil que el mundo cree o demanda de muestra parte) un amor tan profundo que se considera un servicio, el acto supremo de amor, ya que la humanidad puede alcanzar la salvación a través de su fe en Jesús Rey. No olvidemos que el amor de Dios por la humanidad es tan grande que entregó a su Hijo, a quien luego resucitó para ofrecer la vida eterna a quienes creemos en él. La resurrección es vista como la máxima prueba de ese amor y del poder de Dios para salvar al rey. (Jn. 3,16)”.
Comenzamos un tiempo nuevo de replanteos para encarar el próximo ciclo A, en compañía de un espiritual y humanizado rey de y para TODOS(AS).
Bendecida jornada, bendecido fin de año litúrgico Ciclo C +++Marcelo Alejandro – ms

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