«No
conviertan en un mercado la casa de mi Padre»
Jn. 2,16Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.
Lecturas:
Ezequiel
47,1-2.8-9.12 – Salmo 33 – 1° Corintios 3,9-11.16-17 – S. Juan
2,13-22.
Comentario Bíblico.
Para iniciar esta meditación dominical, comencemos orando, con alegría y gratitud, por la casa del Padre y nuestra gente:
+ Por la Iglesia, que en Cristo es el templo vivo del Espíritu Santo, para que, fortalecida en la fe y la caridad, la misericordia sea signo de unidad y santidad para nuestras sociedades.
+ Por nuestros responsables pastorales, Primados, Patriarcas, Obispos, servidores de Dios, para que con sabiduría y caridad cuidemos del pueblo de Dios y ayudemos a que TODA la feligresía vivan como templos del Espíritu Santo.
+ Por quienes practican en la vida consagrada en nuestras comunidades, para que, abiertos a la gracia divina, se conviertan en signos vivos del amor de Dios y resplandezcan con obras y acciones de justicia y misericordia.
+ Por nuestros primeros mandatarios de nuestras naciones, para que protejan la dignidad de cada persona, en particular las más vulnerables, y fomenten la paz.
+ Por cada uno, una de nosotros, siempre en oración, para que, transformados por su gracia, llevemos la presencia de un Dios vivo al mundo.
Este Domingo, a puertas del término del año litúrgico, que nuestra Divinidad Trina, hágase cercana a todos nosotros en Cristo, su Hijo amado, reciba nuestras peticiones y oraciones, y nos transforme en templos vivos del Espíritu, para que su Iglesia, como madre feliz de hijos numerosos, llegue a la plenitud de tu gloria. Amén.
El Evangelio de hoy, Juan 2,13-22; narra la purificación del Templo de Jerusalén por parte de Jesús, quien, al encontrar un mercado en su patio interior, utiliza un látigo para expulsar a los usureros cambistas y corruptos vendedores, declarando que han convertido la «casa de su Padre» en un lugar de comercio cuando lo ideal que leemos en Isaías es «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Is. 56,7); y fue citada por Jesús en los Evangelios de Mateo 21,13; Marcos 11,17; Lucas 19,46. El versículo original se refiere al templo de Jerusalén como un lugar de adoración para todas las naciones, todas las personas, mientras que Jesús lo utiliza para denunciar cómo los cambistas y vendedores habían corrompido el templo en su época. Tras su acción, los líderes judíos exigen una señal, a lo que Jesús responde enigmáticamente que “destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”, refiriéndose a la resurrección de su propio cuerpo, evento que sus discípulos recordarían para creer plenamente tras la resurrección y nos lo inculcaron recordarlo hasta nuestros días.
La demanda de una señal (18-19)
Los judíos, que no comprendieron el significado espiritual de la acción de Jesús, le exigen una señal milagrosa, un signo para validar su autoridad. Jesús les da una profecía enigmática, la destrucción y reconstrucción del “templo”, su propio cuerpo.
Fe y entendimiento
La tradición oral y luego escrita de los discípulos al recordar y creer en las palabras de Jesús después de su resurrección muestra que la comprensión profunda de la fe a menudo llega gradualmente, a través de la experiencia de la resurrección, Pascua, a pesar de las dificultades iniciales.
Renovación constante
Así como Jesús renovó su corporal Templo, el Evangelio nos llama a una renovación espiritual constante, transformando nuestras vidas y comunidades para que reflejen el propósito sagrado que se les ha dado.
Integridad y coherencia
El pasaje nos reclama a vivir con coherencia, alineando nuestras acciones con nuestras creencias. Debemos asegurarnos de que nuestras vidas reflejen nuestros valores, y que no “comerciemos” con lo sagrado, ni permitamos que lo mundano desplace lo espiritualmente sagrado.
Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms
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