«Por
considerarse justos, despreciaban a los demás»
Lc.
18,9.
Abre
los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.
Lecturas: Eclesiástico 35, 12-14. 16-19 – Salmo 33 – 2° de Timoteo 4,6-8.16-18 – S. Lucas 18,9-14.
«Por considerarse justos, despreciaban a los demás» Lc. 18,9.
Argentina tiene elecciones legislativas nacionales, por años venimos siendo gobernados por un ser al que el evangelio de hoy la cae como anillo A su dedo. Oremos para que este comicio cívico sea de bendición para el pueblo vulnerado y la totalidad de la República: Divinidad nuestra, buscamos entender mejor los temas y preocupaciones que afronta nuestro país, y cómo el Evangelio nos apremia a responder a estos retos como ciudadanos fieles de nuestra comunidad.
Te pedimos que nuestros ojos no sufran de ceguera para que así podamos ver en cada candidato tu elegido que legisle para que los demás reparando las vidas quebrantadas por las antagónicas políticas de desigualdad, ya en adelante poder gozar de una dignidad que nos una y nos iguale.
Te pedimos el don de discernimiento para que elijamos líderes que escuchan tu Palabra, viven en tu amor y la accionan caminando por la senda de tu verdad, siguiendo el camino de Jesús que nos guíen hacia tu Reino de paz y justicia.
Te lo pedimos por tu Hijo Jesucristo, a través del poder del Espíritu Santo, Amén.
Cuentan que una persona que iba desarrollándose en su vida espiritual, llegó un momento en el que se dio cuenta de que era santa… En ese mismo instante, retrocedió todo el camino que había peregrinado y tuvo que volver a comenzar como en el tablero de un juego desde la primera casilla. Cuando una persona va trabajando intensamente en su proceso de crecimiento espiritual, tiene que cuidarse de dos amenazas:
1° Es perder la esperanza y pensar que nunca va a alcanzar la meta.
2° No menos peligrosa, es pensar que ya llegó.
Las dos situaciones son igualmente nocivas. Ambas producen un estancamiento en el camino espiritual.
La parábola que Jesús nos cuenta este domingo, fue dicha para «algunos que, seguros de sí mismos por considerarse justos, despreciaban a los demás» (Lc. 18,9). Dijo Jesús que «dos hombres fueron al templo a orar: el uno era fariseo, y el otro era uno de esos que cobran impuestos para Roma. El fariseo, de pie, oraba así: ‘Oh Dios, te doy gracias, porque no soy como los demás, que son ladrones, malvados y adúlteros, ni como ese cobrador de impuestos. Yo ayuno dos veces a la semana y te doy la décima parte de todo lo que gano’. Pero el cobrador de impuestos se quedó a cierta distancia, y ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!» (Lc. 18,10-14) Dos actitudes que representan formas distintas de presentarse ante Dios. La primera, del que se siente justificado y seguro; cree que su comportamiento corresponde al plan Divino; esta persona piensa que no necesita crecer más; tal como está, merece el premio para el cual ha venido trabajando intensamente. La segunda, del que se siente en camino, con muchas cosas por mejorar; se sabe necesitado de Dios y de su gracia; se sabe incompleto, en definitiva, sigue su construcción.
La conclusión de Jesús es que el «cobrador de impuestos volvió a su casa, ya justo, pero el fariseo, no. Porque el que a sí mismo se engrandece, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido» (Mt. 23,12 y Lc. 14,11). Esta es la lógica del reino de Dios. Una lógica que contradice nuestra manera de pensar. Hay que reconocer que es bueno ser conscientes de nuestros avances y logros; ciertamente, es sano saber que nos comportamos bien y que nuestra manera de obrar está de acuerdo con el plan Divino. Todo esto coincide con una sana autoestima y valorable autocritica que corrija muestro errores, aprender de ellos para tropezar nuevamente (1 Cor. 10,32), tan valorada recientemente por algunas corrientes psicológicas. Pero no debemos olvidar que esta actitud puede llevarnos a perder de vista lo que nos falta por avanzar en el propio camino espiritual; por otro lado, puede producir una actitud de desprecio por aquellas personas que, por lo menos aparentemente, van un poco más atrás nuestro.
Por otra parte, debemos vivir en la verdad —Jn. 8,32—, (significa vivir una vida auténtica y coherente, donde las acciones y las palabras se alinean con la realidad, buscando la verdad en el pensamiento y actuando con sinceridad); reconociendo nuestros propios límites, sabiendo que no estamos terminados, que aun nuestro «Dios continúa perfeccionando en nosotros aquella obra que El mismo ha comenzado» (Fil. 1,6). Siempre tendremos la alternativa del crecimiento; podremos avanzar siempre más adelante. Cuando tomamos nuestra fragilidad humanidad, en toda su complejidad de luces y sombras, seamos conscientes de nuestros defectos, comenzamos en este mismo momento a generar el proceso de la sanación interior. No hay sanación que no pase por el propio reconocimiento del límite. Esto supone mantener siempre activa la esperanza para seguir caminando, peregrinando, aunque todavía sintamos que nos falta mucho para llegar al final de nuestro crecimiento espiritual. Tan peligroso para nuestra vida es dejar de caminar, como pensar o respirar, antes de tiempo, que ya llegamos.

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