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Domingo XXIX del tiempo común – octubre 19



«Orar siempre sin desanimarnos» Lc. 18,1.

Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.

Lecturas: Éxodo 17,8-13 – Salmo 120 – 2° de Timoteo 3,14;4,2 – S. Lucas 18,1-8.

Comentario Bíblico.
"...Orar siempre sin desanimarnos" Lc. 18,1.
Hace algunos meses leí un mensaje: “No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante y adecuado. También es obvio que quien cultiva la tierra no sea impaciente frente a la semilla sembrada, timoneándola con el riesgo de romper los brotes y perderla, gritándole con todas sus fuerzas: ¡Crece! Con la Palta (Aguacate), hay algo muy curioso que sucede y que lo transforma en no apto para impacientes: Germinar en agua el carozo, sembrarlo, abonarlo, y ocuparse de regarlo constantemente. Durante las primeras semanas no sucede nada apreciable, solamente un tallo y unas insipientes hojas. En realidad, no pasa nada extraordinario con la planta durante los primeros siete años, a tal punto que, un cultivador inexperto estaría convencido de haber cuidado una planta infértil. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de algunas semanas, la planta de palta ¡desarrolla! ¿Tardó sólo unas semanas en desarrollar? No, la verdad es que se tomó siete años de cuidados y seis semanas en desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, esta palta estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener y nutrir el crecimiento que iba a tener después de siete años. Su fruto. Sin embargo, en la vida diaria, muchas veces queremos encontrar soluciones rápidas, instantáneas y triunfos apresurados, sin madurar, sin entender que el éxito es simplemente resultado de la maduración, del crecimiento interno y para ello este requiere tiempo. Quizás por la misma impaciencia, muchos aspiran a resultados de corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta. La tarea no es fácil y requiere paciencia para convencer al impaciente que solo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante y coherente, sabiendo esperar el momento adecuado”.

Considero que, de igual manera, es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo (simplemente ver los sucesos políticos y religiosos de nuestro tiempo para entenderlo). Y esto puede ser frustrante. En esos momentos, que todos tenemos, recordemos el ciclo de maduración de la palta y aceptar que, en tanto, no bajemos los brazos ni abandonemos por no “esperar” el resultado que esperamos, si está sucediendo algo dentro nuestro: estaremos creciendo, madurando. Quienes no se dan por vencidos, iremos gradual e imperceptiblemente, creando los hábitos y el temple que nos permitirá sostener el éxito cuando estemos al fin de materializarlo. El triunfo no será más que un proceso que llevará tiempo y dedicación. Un proceso que exige esperar, aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros. Un proceso que exige depuraciones, un cambio, acciones y formidable paciencia. Tiempo… Nos cuestan las esperas. Muy poco ejercitamos la paciencia en nuestro mundo convulsionado en el que vivimos… Apuramos a nuestros hijos/as, nuestro prójimo en su crecimiento, apuramos al chofer del taxi y nos impacientamos cuando el colectivo (bus) va adelantado en su itinerario… nosotros mismos hacemos las cosas apuradas, cruzar la calle, cocinar, comer no se sabe bien por qué, pero nos apuramos… nos desanimamos, perdemos la fe cuando los resultados no se dan en el plazo que esperábamos, abandonamos nuestros sueños, nos generamos patologías que provienen de la ansiedad, del estrés… ¿Para qué? Simplemente para enfermarnos.

La parábola de la viuda y el juez, que nos trae hoy el evangelio de san Lucas 18,1-8, es un bonito ejemplo de esto, aplicado a la vida de oración de cada cristiano/a: “Había en un pueblo un juez que ni temía a Dios ni respetaba a las personas. En el mismo pueblo había también una viuda que tenía un pleito y que fue al juez a pedirle justicia contra su adversario. Durante mucho tiempo el juez no quiso atenderla, pero después pensó: ‘Aunque ni temo a Dios ni respeto a las personas, sin embargo, como esta viuda no deja de molestarme, la voy a defender, para que no siga viniendo y acabe con mi paciencia’. Y el Señor añadió: ‘Esto es lo que dijo el juez malo. Pues bien, ¿acaso Dios no defenderá a sus elegidos, que claman a él día y noche? ¿Les hará esperar? Les digo que los defenderá sin demora. Pero cuando el Hijo de Dios venga, ¿encontrará todavía fe en la tierra?”

La propuesta de Jesús es que tratemos de recuperar la perseverancia, la espera, la aceptación, la paciencia. Estamos llamados/as a gobernar aquella toxina llamada impaciencia; la misma que nos envenena el alma con sus prisas de cada día. Si no conseguimos lo que deseamos, no deberíamos desesperarnos… quizá sólo estemos echando raíces…

Cuando las cosas salen bien te hacen mejor persona, nunca dejemos se orar”.
Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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