Ir al contenido principal

Conmemoración de todos los fieles difuntos – noviembre 2

«... el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» Jn. 11,25.
Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.

Lecturas: Apocalipsis 21,1-7 – Salmo 24 – Filipenses 3,20-21 – S. Juan 11,17-27.

Comentario Bíblico.
¡Qué fácil resultan las cosas cuando se quiere!”
Si bien hoy la liturgia nos sugiere el evangelio de Juan 11, desde el versículo 17 al 27; es muy enriquecedor todo el capítulo 11,desde el capítulo 1 al 45.

¡Qué fácil resultan las cosas cuando se quiere! Detrás de todo lo valioso e importante en nuestra vida, hay historias de acompañamiento, de compromisos responsables de vida, de amor que no conocemos. Normalmente, vemos los resultados y nos llenamos de admiración al reconocer la inmensidad de las obras de hombres y mujeres a lo largo y ancho de la historia en este mundo: Obras “escritas en el cuerpo”, en papel, obras orales, obras de arte, gestas revolucionarias, grandes construcciones, proyectos de desarrollo, acciones en favor de los demás… Detrás de todo hay un motor inmóvil trabajando, un dinamismo creador, reconciliador, salvador y liberador que no se explica con palabras sino con obras; que no se contenta con los buenos deseos, sino que pasa a las acciones; que no únicamente opina sobre lo que debe cambiar, sino que transforma la realidad: ¡Este motor del mundo, que se mueve sin ser movido, es la fuerza del amor!

Recordarán ustedes la imagen fotográfica definitoria de la guerra de Vietnam, de unos niños y niña (Kim Phuc, de 9 años), corriendo desnuda, junto con otros niños, con la piel abrasada y gritando de dolor tras ser rociada con napalm. Hace unos meces vimos niños/as acompañando o llevando a cuestas a sus hermanitos o a otros infantes amigos en Gaza tras ser bombardeados y donde sus mayores fueron masacrados. Me quedé mirando las dos fotografías y me pregunté: —¿cómo puede correr con tanto ardor?, ¿Cómo puedes llevar una carga tan pesada? Las niñas volvieron a mirarme con sus ojos llenos de sorpresa y me respondieron: —No es una carga, obispo, es mi necesidad de ayudas, es mi hermanito.

Por todas partes, en el texto en el que san Juan nos relata la resurrección de Lázaro, salta a la vista el cariño que Jesús sentía hacia esta familia de Betania: Su amigo, al que Jesús quería mucho estaba a enfermo; cuando Marta y su hermana le dijeron que Lázaro estaba enfermo se quedó dos días más en el lugar donde se encontraba. Después dijo a sus discípulos: – Vamos otra vez a Judea; Jesús, al ver llorar a María y a los judíos que habían llegado con ella, se conmovió profundamente y se estremeció, y les preguntó: —¿Dónde lo sepultaron? Ven a verlo Maestro. Y Jesús lloró. Los judíos se preguntaron y vieron cuánto lo quería. Jesús se acercó a la tumba, cuya entrada estaba tapada con una piedra, y dijo: —Quiten la piedra. Y una hermosa oración dijo delante de la tumba de su amigo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo digo por el bien de esta gente que está aquí, para que crean que tú me has enviado. Después de decir esto, gritó: – ¡Lázaro, sal de ahí!” (Jn. 11,42-42)

Nuevamente y unicamente desde el amor se explica que Jesús haya querido ir a Judea, donde hacía poco habían tratado de matarlo a pedradas. Solamente desde el amor pudieron los discípulos decir: “Vamos también nosotros, para morir con él” (11,16). Sólo desde el amor se explica ese bendito grito de Jesús ante la tumba de su amigo: “¡Lázaro, sal de ahí!” (11,43) Solamente desde el amor se entiende que “El muerto salió, con las manos y los pies atados con vendas y la cara envuelta en un lienzo”. (11,44)

Si nos dejamos mover por esa fuerza misteriosa del amor que se mueve allí en nuestro interior, daremos vida a los cadáveres y seremos capaces, también hoy, de asumir nuestra misión estando incluso dispuestos a ‘morir con él’ ante el joven universitario que desea terminar su carrera en beneficio del país que lo educa; el profesional de la salud clínica que vela y se esfuerza de entre lo poco y nada que está a su alcance para que su paciente se recupere; ante el jubilado/a que muere frente a la desolada remuneración mínima de sus haberes que no le sirve para lo indispensable en su salud, alimentación, o el pago de sus servicios, condenados/as a una vida de muerte por desnutrición, deshidratación y carente de medicina. Se acerca el Adviento un tiempo para crecer en este amor que mueve montañas, sensibilizar el corazón de piedras de los narcos y corruptos en la política. Vivamos esta experiencia del amor que la Divinidad Trina nos regala en la persona de Jesús y pidámosle que seamos capaces de sacar de sus tumbas a los muertos o por lo menos, sintamos la fuerza para echarnos al hombro a nuestros hermanitos/as vulnerados/as de nuestras sociedades.

¡ARGENTINA, sal de ahí!”

Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

Comentarios