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Domingo XXVIII del tiempo común – octubre 12

«Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en acción» Lc.11,28.

Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí. Lecturas: Crónicas 15,3-4.15-16;16,1-2 – Salmo 26 – Hechos 1,12-14 – S. Lucas 11,27-28. Comentario Bíblico. “Felices, más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”. Lc 11,28. El evangelio de hoy es bien breve, pero encierra un significado importante dentro de los capítulos de san Lucas, quien nos da una clave para entender lo que enseña respecto de María, la Madre de Jesús. La respuesta de Jesús, ante la exclamación de la mujer, no la dio menospreciando a su Madre. La respuesta de Jesús nos invita a todas las personas a ser benditos como lo fue María, recibiendo la palabra de Dios en nuestro corazón y viviendo bajo su Luz. Porque ella encarna el ideal de todo creyente, y es siguiendo su ejemplo que podemos encontrar, nosotros también, el camino de la felicidad. Hoy escuchamos la mejor de las alabanzas que Jesús podía hacer a su propia Madre: «Felices(…) los que escuchan la Palabra de Dios y la practican» (Lc 11,28). Con esta respuesta, Jesucristo no rechaza el apasionado elogio que aquella mujer sencilla dedicaba a su Madre, sino que lo acepta y va más allá, explicando que María Santísima es bienaventurada —¡sobre todo!— por el hecho de haber sido buena y fiel en el cumplimiento de la Palabra de Dios. Muchas veces me preguntan si los cristianos creemos en la predestinación, como creen otras religiones. ¡Sí!, los cristianos creemos que Dios nos tiene reservado un destino de felicidad (Rom 8,29-30). Tengo la menor de las dudas en que Dios quiere, mediante las palabras de Jesús y la maternal compañía de María Santísima, seamos felices, afortunados, bienaventurados. Mirémonos cómo esta palabra se va repitiendo en las enseñanzas de Jesús: «Bienaventurados, bienaventurados, bienaventurados…». «Bienaventurados los pobres, los compasivos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que creerán sin haber visto» (cf. Mt 5,3-12; Jn 20,29). Dios quiere nuestra felicidad, una felicidad que comienza ya en este mundo, en esta tierra, aunque los caminos para llegar no sean ni la riqueza, ni el poder, ni el éxito fácil, ni la fama, sino el amor pobre y humilde de quien todo lo espera. ¡La alegría de creer! Aquella de la cual hablaba el converso Jacques Maritain. Se trata de una felicidad que es todavía mayor que la simple alegría de vivir, creemos en una vida sin fin, eterna. María, la Santísima Madre de Jesús, no es solamente afortunada por haberlo traído al mundo, por haberlo amamantado y criado —como intuía aquella espontánea mujer del pueblo— sino, sobre todo, por haber sido oyente de la Palabra, las enseñanzas, y por haberla puesto en práctica: por haber amado y por haberse dejado amar por su Hijo Jesús. Como escribía el poeta: «Poder decir “madre” y oírse decir “hijo mío” / es la suerte que nos envidiaba Dios». Que María, Madre del Buen Amor, ruegue por nosotros. “A la luz del evangelio, recordando a Nuestra Señora del Pilar y Nuestra Señora de Aparecida, pidamos la gracia, de poder escuchar y hacer vida la Palabra Comentario Bíblico.
“Felices, más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican”. Lc
11,28.
El evangelio de hoy es bien breve, pero encierra un significado importante dentro de los capítulos de san Lucas, quien nos da una clave para entender lo que enseña respecto de María, la Madre de Jesús. La respuesta de Jesús, ante la exclamación de la mujer, no la dio menospreciando a su Madre. La respuesta de Jesús nos invita a todas las personas a ser benditos como lo fue María, recibiendo la palabra de Dios en nuestro corazón y viviendo bajo su Luz. Porque ella encarna el ideal de todo creyente, y es siguiendo su ejemplo que podemos encontrar, nosotros también, el camino de la felicidad. Hoy escuchamos la mejor de las alabanzas que Jesús podía hacer a su propia Madre: «Felices(…) los que escuchan la Palabra de Dios y la practican» (Lc 11,28). Con esta respuesta, Jesucristo no rechaza el apasionado elogio que aquella mujer sencilla dedicaba a su Madre, sino que lo acepta y va más allá, explicando que María Santísima es bienaventurada —¡sobre todo!— por el hecho de haber sido buena y fiel en el cumplimiento de la Palabra de Dios. Muchas veces me preguntan si los cristianos creemos en la predestinación, como creen otras religiones. ¡Sí!, los cristianos creemos que Dios nos tiene reservado un destino de felicidad (Rom 8,29-30). Tengo la menor de las dudas en que Dios quiere, mediante las palabras de Jesús y la maternal compañía de María Santísima, seamos felices, afortunados, bienaventurados. Mirémonos cómo esta palabra se va repitiendo en las enseñanzas de Jesús: «Bienaventurados, bienaventurados, bienaventurados…». «Bienaventurados los pobres, los compasivos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que creerán sin haber visto» (cf. Mt 5,3-12; Jn 20,29). Dios quiere nuestra felicidad, una felicidad que comienza ya en este mundo, en esta tierra, aunque los caminos para llegar no sean ni la riqueza, ni el poder, ni el éxito fácil, ni la fama, sino el amor pobre y humilde de quien todo lo espera. ¡La alegría de creer! Aquella de la cual hablaba el converso Jacques Maritain. Se trata de una felicidad que es todavía mayor que la simple alegría de vivir, creemos en una vida sin fin, eterna. María, la Santísima Madre de Jesús, no es solamente afortunada por haberlo traído al mundo, por haberlo amamantado y criado —como intuía aquella espontánea mujer del pueblo— sino, sobre todo, por haber sido oyente de la Palabra, las enseñanzas, y por haberla puesto en práctica: por haber amado y por haberse dejado amar por su Hijo Jesús. Como escribía el poeta: «Poder decir “madre” y oírse decir “hijo mío” / es la suerte que nos envidiaba Dios». Que María, Madre del Buen Amor, ruegue por nosotros. “A la luz del evangelio, recordando a Nuestra Señora del Pilar y Nuestra Señora de Aparecida, pidamos la gracia, de poder escuchar y hacer vida la Palabra e Dios como María lo hizo”. Bendecida jornada. +++Marcelo Alejandro – ms www.esiglesia.org Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms www.esiglesia.org

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