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Domingo XXVII del tiempo común – octubre 5

«Auméntanos la fe» Lc. 17,5.
Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.

Lecturas: Habacuc 1,2-3; 2,2-4 – Salmo 94 – Timoteo 1,6-8. 13-14 – S. Lucas 17,5-10.

Comentario Bíblico.
Danos más fe (Lc. 17, 5-10)
Hace un tiempo leí que vivió en China un niño llamado Ping, que amaba y tenía una mano buena para las flores. Todo lo que sembraba crecía como por encanto, manos verdes, algunos les decimos. Un día, el Emperador, que era muy anciano, decidió buscar a su sucesor. ¿Quién podría ser? ¿Cómo podría elegirle? Y decidió que iba a dejar que las flores lo eligieran. Al otro día salió una proclama: todos los niños/as deberían venir a la gran plaza imperial para recibir de manos del Emperador semillas de flores. “Quien en el plazo de un año me pueda mostrar el mejor resultado”, dijo, “me sucederá en el trono”. Esta noticia causó gran revuelo. Las/os niños de todos los rincones acudieron para recibir sus semillas. Sus papás querían que su hijo fuera electo como Emperador y los niños/as soñaban con ser elegidos. Cuando Ping recibió sus semillas se sintió el más feliz de todos. Estaba totalmente seguro de que podría cultivar las flores más hermosas.

Ping llenó una maceta con tierra y plantó la semilla. La regaba todos los días. Los días pasaron, pero nada germinaba en la matera. Ping estaba muy triste. Entonces tomó una maceta más grande y echó en ella la mejor tierra y tomó la semilla y la plantó. Esperó dos meses más y no pasó nada. Poco a poco paso un año entero. Llegó la primavera y los niños vistieron sus más preciosas ropas para agradar al Emperador. Se dirigieron a la plaza imperial con sus hermosas flores, esperando cada uno que sería el elegido. Ping se sentía avergonzado con su maceta vacía. Pensó que los demás se burlarían de él. Sin embargo, fue a la plaza. El Emperador miraba detenidamente todas las flores. ¡Qué flores tan hermosas! Pero el Emperador no decía ni una palabra. Finalmente, se acercó a Ping, quien agachó su cabeza llena de vergüenza, esperando que sería castigado. El Emperador le preguntó: “¿Por qué trajiste una matera vacía?” Ping comenzó a llorar y respondió: “Planté la semilla que usted me dio, la rocié cada día, pero no germinó. La sembré en una maceta más grande, le puse una tierra mejor y tampoco germinó. Esperé un año entero, pero nada creció. Por esta razón hoy vengo ante su presencia con una maceta vacía. Hice lo mejor que pude”.

Cuando el Emperador escuchó estas palabras, se dibujó en su rostro una sonrisa y puso su mano sobre el hombro de Ping. Luego exclamo: “¡Lo encontré! ¡Encontré a la única persona digna de ser el Emperador!” No sé de dónde sacaron las semillas que ustedes cultivaron. Porque las semillas que yo les di habían sido cocinadas. Por lo tanto, era imposible que pudieran germinar. Admiro a Ping por el valor que ha tenido para venir delante de mí con su vacía verdad. Por lo tanto, ahora lo premio con el reino y lo nombro mi sucesor.

Ahora. Si somos sinceros, más del noventa por ciento de las cosas que hacemos en nuestra vida, no tiene otra finalidad que buscarnos a nosotros mismos. El egoísmo es tan seductor, delicado, y sutil, que nos engaña aún en nuestras buenas acciones. Reclamamos, exigimos, solicitamos que se nos tenga en cuenta de mil formas cada día… Pasamos facturas por nuestras “buenas obras”. Queremos que se nos reconozca “lo buenos que somos”. Hemos hecho todo lo que nos correspondía hacer, y todo esto, automáticamente, nos hace merecedores de una recompensa por parte de Dios. Pocas experiencias tan importantes para aprender de la gratuidad, como la siembra y la cosecha. El campesino que siembra la semilla y recoge la cosecha, sabe que él ha sido responsable de ciertas condiciones externas que han facilitado las cosas, pero también es consciente de que el crecimiento y el fruto, es solamente obra y regalo de Dios. Esta historia hermosa nos recuerda que nosotros no somos dueños del crecimiento ni de los frutos, y que tener fe es hacer lo mejor posible las cosas, para que Dios realice su obra de salvación a través nuestro.

Somos nosotros quien no permitimos madurar el fruto, Dios siempre aumenta nuestra fe,

Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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