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Domingo XXV del tiempo común – septiembre 21

«No podés servir a dos Señores» Lc.16,13.

Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.

Lecturas: Amós 8,4-7 – Salmo 112 – Timoteo 2, 1-8 – S. Lucas 16,1-13

Comentario Bíblico. «El que se porta honradamente en lo poco» Lc.16,10. Cuando Juan recibió su sueldo, en dinero efectivo, como siempre lo hacía el primer día de cada mes, contó cuidadosamente los billetes, uno a uno, agudizando sus ojos y untando el dedo con saliva para despegar con fuerza los billetes. Se sorprendió al percatarse que le habían dado 50.000 pesos más de lo que correspondía. Miró al contador de reojo para asegurarse que no lo había notado, rápidamente firmó el recibo, se guardó el dinero dentro del bolsillo y salió del sitio con la mayor rapidez y discreción posibles, aguantándose, con esfuerzo, las ganas de saltar de la dicha. Todo quedó así. El primer día del mes siguiente hizo la fila y extendió la mano para recibir el pago. La rutina se repitió y al contar los billetes, notó que faltaban 50.000 pesos. Alzó la cabeza y clavó su mirada en el cajero, y muy serio le dijo: ¡Disculpe!, pero faltan 50.000 pesos. El cajero respondió: ¿Recuerda que el mes pasado le dimos 50.000 pesos más y usted no dijo nada? Sí, claro contestó Juan con seguridad, es que uno perdona un error, pero dos ya son demasiados.
Esta escena, poco común, me vino a la memoria al leer el texto del evangelio que hoy nos ofrece la liturgia: “Y es que cuando se trata de sus propios negocios, los que pertenecen al mundo son más listos que los que pertenecen a la luz” (Lc. 16,8). Esta es la conclusión a la que llega el Señor después de haber contado la historia del mayordomo que estaba malgastando los bienes de su patrón. Y más adelante dirá: “El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho”. (Lc. 16,10). La fidelidad, la honradez es una virtud que apreciamos mucho en los demás, pero no siempre sabemos ponerla en práctica en nuestras propias vidas. Nos damos perfectamente cuenta cuando los demás no se portan como deberían, pero ¿somos capaces de reconocer nuestras propias inconsistencias? ¡No! Ya decía Jesús, que tenemos una capacidad infinita de reconocer la pelusa que tiene nuestro vecino en su ojo, pero no somos capaces de ver la viga que tenemos en el nuestro (Mt. 7,3-5 y Lc. 6,41-42). Así somos, aunque nos cueste reconocerlo.
Pero allí no queda la cosa. Lo que Jesús quería, quiere enseñarnos con esta historia, es que tenemos que utilizar adecuadamente los bienes de este mundo, para alcanzar una vida plena: “De manera que, si con las riquezas de este mundo pecador ustedes no se portan honradamente, ¿quién les confiará las verdaderas riquezas? Y si no se portan honradamente con lo ajeno, ¿quién les dará lo que les pertenece?” (Lc.16,11-12). En este sentido, no debemos olvidar que los bienes de este mundo son solamente un medio para alcanzar la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero señor, de la que habla san Francisco de Asís, conocido por su radical pobreza y desapego del mundo material, es un ejemplo de quien eligió servir a un solo señor, el Dios de la plenitud y la Cruz, en lugar de a las riquezas.
Dirá el Maestro más adelante: “Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero”. (Lc. 16,13). Valdría la pena que nos preguntemos si tenemos nuestro corazón y mente divididos entre el servicio a Dios y el servicio que prestamos a los bienes. Si nos servimos de las riquezas para ir construyendo esa vida verdadera a la que Dios nos convoca, o si somos como el hombre de la historia, que calla o reclama, de acuerdo con lo que más le conviene.

Bendecida jornada. +++Marcelo Alejandro – ms

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