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Domingo XXIV del tiempo común, fesividad de la exaltación de la Cruz – septiembre 14

«Jesús, no fue enviado al mundo para condenarlo» Jn. 3,17
Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.

Lecturas: Números 21,4-9 – Salmo 77 – Filipenses 2,6-11 – S. Juan 3,13-17.

Comentario Bíblico.
La reflexión sobre Juan 3,13-17, como se presenta en el Evangelio del día, se centra en que la exaltación del Hijo de Dios Padre en la Cruz que es necesario para la salvación del mundo, manifestando el amor Paterno y ofreciendo vida eterna a quienes creen en Él. Este pasaje invita a ver la cruz no como un lugar de sufrimiento, sino desde el punto de partida de un Dios que entrega su amor en ofrenda para la salvación, invitando al creyente a una vida de seguimiento y compromiso con el Reino de Dios.

«Al mirarla, quedará curado» (Núm. 21,8-9)
La frase «Al mirarla, quedará curado» no se encuentra directamente en la Biblia con esa formulación exacta, pero se relaciona con pasajes bíblicos que hablan sobre la fe en Jesús para la sanidad, como la curación del hombre mordido por las serpientes en el desierto, quien al mirar a la serpiente de bronce quedó vivo, Números 21,8-9. También se la asocia con la sanación a través de la fe en Jesús, como el incidente en el que Jesús levantó la serpiente de bronce y todos los que la miraban eran sanados.

Para esta Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el relato de la serpiente de bronce prefigura ciertamente el signo de nuestra Redención en un contexto de pecado y reconciliación. Ante las dificultades del cotidiano caminar, el pueblo desconfía de Dios, se arrepiente y reniega de Él. Entonces vuelve a aparecer la serpiente, como en el relato del Paraíso (Gn. 3,1), y con ella la muerte y el sinsentido más absoluto. La humanidad, ahora en boca de Moisés, suplica a Dios y su misericordia salvadora en forma de estandarte, como una referencia de Vida y de Salvación. Es toda una invitación a mirar a Dios desde el corazón, purificándolo en su Misericordia.

«Dios no envió a su hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn. 3,17)
Como el nuevo Moisés, Jesús se presenta ante Nicodemo que, desde la cátedra de la Cruz, se hace elocuencia de Amor ante tantas personas que, entonces como ahora, siguen sin comprenderle, empeñadas en encasillarle en los moldes de la mediocridad humana. La Cruz es Sabiduría de un Dios que se abaja a nuestro nivel para mostrarnos su infinita misericordia y ofrecernos la definitiva Salvación, la que ya no tiene fin.

Jesús no creó la cruz, sino que la encontró en su camino de vida, como nos ocurre a cada uno/a de nosotros/as. Él la abrazó lleno de dolor, pero desde la perspectiva de un incondicional Amor. Ese amor le dio un sentido totalmente nuevo, lleno de esperanza. De esta manera, la Cruz de Jesús, aunque pasa por la muerte, lleva a la VIDA con mayúscula. Ser cristiano/a requiere también afrontar la cruz y seguir a Jesús por el camino de la vida, la propia y la de quienes nos rodean. Únicamente en este sentido es la Cruz nuestro signo de identidad.

Desde la Cruz, Jesús nos invita hoy a poner todas las cruces de la humanidad en relación con la suya.

Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms
www.esiglesia.org


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