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Domingo XXII del tiempo común – agosto 31

«Al dar una gran comida, invita a las personas desplazadas» Lc. 14,13.

Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.

Lecturas: Eclesiástico 3,17-20.28-29 – Salmo 67 – Hebreos 12, 18-19. 22-24 – S. Lucas 14,1.7-14.

Comentario Bíblico.
En este camino hacia Jerusalén, es tiempo de centrar nuestra atención directamente en el discipulado. Estamos en la segunda etapa del viaje. El interés principal se centrémoslo en los rasgos que definen al verdadero discípulo/a de Jesús en medio de nuestras sociedades.

Ante la incertidumbre económica es sabio realizar una buena inversión mientras caminamos ¡Ceder el puesto!… Jesús es invitado a un banquete y acepta participar. Leemos que gran parte del ministerio desarrolló con una variedad de invitaciones a comer: la boda en Caná (Jn. 2,1-11), en casa de Leví (Mc. 2,4-17); la hospitalidad de Zaqueo (Lc. 19,1-10); les recomendó: quedarse en la casa que les reciban, «coman y beban de lo suyo” (Lc 10,7); «se decía a los discípulos: ¿Por qué come con publicanos y pecadores?» (Mc. 2,16), y el mismo Jesús se hizo eco de estas acusaciones cuando dijo «Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: ¡Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores!
Pero la Sabiduría ha sido reconocida como justa por todos sus hijos». (Lc 7,34-35).

La multiplicación de los panes y pescados (Mt. 14,13-21. Lc. 9,16. Mc. 6,30-44. Jn. 6:1-15.). Jesús comió pescado, pan integral, vino, frutas como higos y uvas, y verduras, evitando el cerdo y los mariscos. Su dieta era la típica de la gente común en Galilea, pero sus comidas tenían un significado profundo, ya que las utilizaba para enseñar sobre el Reino de Dios, reintegrar a los vulnerados y simbolizar su cuerpo y sangre en la Última Cena, a la que lo reconocemos como su última cena, comida que cada domingo conmemoramos.

Este marco de la comida, permite a Jesús subrayar algunas actitudes. Es necesario recordar que le invita un fariseo principal (y ya sabemos que nunca actuaban de frente con Jesús). De hecho, el relato lo detalla claramente: ellos estaban espiando. Jesús, por su parte, observa las actitudes y actuaciones de los invitados: todos buscan los puestos más relevantes. En la sociedad en que vive Jesús, aunque las comidas podían, excepcionalmente, incluir a personas de distinto rango social, lo normal era que tal cosa sucediese solamente en circunstancias especiales. Dado que una comida en común implicaba compartir una serie de ideas y valores, y también con frecuencia una misma posición social, convenía cuidar todos los detalles hasta los más mínimos para no contaminarse.

Así comprendemos mejor el escándalo que producía en los oyentes invitados cuando Jesús hablaba con toda naturalidad de que en el reino se sentarían juntos todos, sin distinción de procedencias y situación social, y sexual. Esto era inaceptable en su y nuestro mundo social y aunque algunos les reciente debemos visibilizarlo e instaurar el debate. ¡Y además se trata de una comida de bodas! En este marco narrativo y dramático se desarrolla una escena en dos movimientos principales: lo que hacen los invitados y la reacción de Jesús. Una comida de bodas estaba regida por un estricto protocolo que se observaba en su tiempo. En ese marco Jesús se atreve a proponerles una parábola que denuncia todo su estatus social. Es necesario estar muy atentos: ¡Hay que ser sagaces para saber la oportunidad de cada acontecimiento! Si quieres crecer en el honor y la estima de los demás vete espontáneamente al último lugar; si quien te invitó tiene otro puesto más alto para vos, ya te hará subir de escalafón. Jesús está pensando en sus discípulos y quiere que sean sagaces y sepan leer adecuadamente los signos de los tiempos y las circunstancias de la vida en vistas al reino, que es la gran comida, “el banquete” definitivo y glorioso. Él es el insuperable Maestro. El discípulo es invitado a aprender en esa escuela en la que el Maestro va por delante con sus actitudes. Nuestro mundo sigue necesitando esta desconcertante y escandalosa lección.

Es necesario adoptar y aceptar los criterios de Jesús, el Maestro
¡Dichoso tú, porque no pueden pagarte!; te pagarán cuando resuciten los justos (14,14). Jesús se centra ahora en el mundo del anfitrión. Según las normas y el protocolo, vigentes en tiempos de Jesús, el que invita a la comilona lo hace, regularmente, a personas de su mismo rango social. Por tanto, espera recibir de ellos, en su momento oportuno, una invitación equivalente. En el fondo, ateniéndose a su protocolo, la invitación a una boda no es expresión de generosidad, sino un intercambio de valores de un mismo precio. Jesús ha repetido una y otra vez que el reino es como un banquete de bodas en el que caben todas las personas, porque todos/as somos invitados/ por el Dios Padre del Hijo quien celebra su boda, “Las bodas del Cordero” que durarán eternamente. De nuevo el tema de las bienaventuranzas o felicitaciones (Mt. 5,1-12) que tanto le gustaba a Jesús recordar y repetir. Es cuestión de que el/a discípulo de Jesús sepa optar y elegir bien en cada paso. ¡Desconcertante mensaje para sus desconcertados oyentes! Esto rompía todos los esquemas del estatus social de su tiempo, como acabo de recordar, recogiendo algunas reflexiones que nos ofrecen otros estudiosos sobre el evangelio desde la visión de las ciencias sociales. ¡Jesús es así!; ¡El Padre es así! ¡El Evangelio es así!, y si la promesa es desbordante: una bienaventuranza y una recompensa alegre para siempre. Las personas de nuestro tiempo necesitan que los/as discípulos de Jesús seamos testigos, denunciantes, y activos, en medio de las sociedades, de estas realidades espléndidas y escandalosas a la vez.

Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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