Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.
Lecturas: Isaías 66,18-21 – Salmo 116 – Hebreos 12, 5-7.11-13 – S. Lucas 13, 22-30.
¡Siempre en camino hacia Jerusalén y hacia el mundo para invitarlo a la salvación!
El interés central de este domingo es describir los rasgos del verdadero discípulo/a y, posteriormente, de la verdadera comunidad cristiana.
Sabemos que Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando, misionando. Es una de las siete veces que el autor nos recuerda a los lectores que Jesús va hacia Jerusalén. San Lucas tiene especial interés en que no perdamos de vista este telón de fondo coloreado con sus enseñanzas. Y en este camino ascendente, Jesús sigue realizando su misión, que es enseñar y proclamar el Reino de Dios presente ya entre ellos/as, y lo hace en todas las ciudades y aldeas por las que atraviesa en su itinerario. Jesús invita y, en cierto modo, urge a que todas las personas puedan participar de la salvación que se va a consumar en Jerusalén. San Lucas quiere mantener un clima de tensión hacia el centro de la salvación. Es una de sus ideas preferidas y que estructuran su relato. Ya desde el comienzo aparece esta visión universal: en la dramatización cristológica que realiza de la obra de Jesús «Porque han visto mis ojos tu salvación…», (Lc. 2,30-32). De forma muy sugerente, san Lucas quiere que siempre leamos su obra en esta clave que ilumina.
La oferta de Dios es sinceramente universal y para toda la humanidad.
¿Serán pocos los que se salven? Señor. Esta pregunta que se dirige a Jesús por un oyente anónimo, expresa y recoge una de las más frecuentes inquietudes que ha experimentado la Iglesia a lo largo de su historia (e indirectamente la humanidad entera). El Evangelio de Jesús se presenta como una oferta exigente para toda la humanidad, ella, en su experiencia humana, parecen encontrarse ante la imposibilidad de alcanzar la salvación. Para conseguir una respuesta lo más acertada posible es necesario tener en cuenta algunos elementos importantes. Por una parte, el Nuevo Testamento afirma que Dios quiere que todas las personas se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm. 2,1-8). Por otra parte, en la predicación de Jesús encontramos un dicho que ha sido objeto de distintas interpretaciones. Se trata de la frase final con que termina la parábola de los invitados a las bodas: “Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos” (Mt. 22,14). En la lengua hebrea y aramea no existe el comparativo y la relación más… menos y muchos… menos. Para expresar estas ideas lo hacen con los absolutos: muchos… pocos. Este sería el sentido: todos son invitados a participar de la salvación pero no todos responderán a ella. Sobre la institución Eucarística, Jesús afirma, también en su lengua materna, que su sangre será derramada por la multitud o totalidad de los hombres, hoy “Personas”. Todos estos testimonios abogan en favor de la convicción de que la Divinidad quiere realmente la salvación de cada persona por ella creada.
¿Qué nos impide la salvación? La repuesta libre de la humanidad que puede elegir. Lo que se nos ha dado gratuitamente hemos de conquistarlo para poseerlo. He ahí el secreto de la salvación. Todos/as pueden realmente participar en la salvación definitiva, y para ello, es necesario proclamar este mensaje a los hombres y mujeres de nuestro tiempo.
En las encrucijadas de nuestra vida, hay que acertar con el camino y con la puerta
Miremos: “hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos” (13,30).
Jesús ofrece una última recomendación. San Lucas es el evangelista que más subraya la misericordia, la bondad y el amor Divino, insiste, a la vez, en las exigencias prácticas y concretas del Evangelio para que se pueda conseguir lo que promete. Ahora es necesario en las encrucijadas de nuestra vida, acertar con el camino que es Él mismo (Jn. 14,1-6; Jn. 10,1). Aunque pertenece a otra tradición evangélica y estos textos necesiten su propia interpretación, la referencia sobre el pensamiento expresado por san Lucas y enriquece la perspectiva: únicamente por medio de Cristo Jesús, se consigue la salvación. Ciertamente, el conocimiento expreso de Jesús puede darse o no, pero todos entramos en la vida definitiva por Él. Esto quiere decir que Dios tiene muchos medios de conducir a la humanidad, sus hijos e hijas, hacia el encuentro con su Hijo, el Salvador universal, y hacia la salvación que a través de Él concede al mundo. Jesús, el Verbo encarnado, alcanza a todos/as, y toda la humanidad, a su manera, habrá de responder libremente para entrar en la salvación. Esta perspectiva es firme y segura. Es necesario acertar con la puerta en nuestras elecciones. Quienes tenemos el privilegio de conocer, meditar el Evangelio, y a Jesús a través de él, insisto todos/as somos invitados a conocer siempre mejor a Jesucristo, su persona, sus gestos, sus palabras, sus acciones y a tomar en serio su salvación.
Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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