
«Ser
ricos ante Dios»
Lc. 11,21Abre
los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.
Lecturas:
Eclesiastés
1,2;2,21-23 – Salmo 89 – Colosenses 3,1-5.9-11 – S. Lucas
12,13-21.
Comentario
Bíblico.
A
lo largo del mes de agosto, en este tiempo no descuidemos este
alimento que tanto bien nos hace: escuchar la Palabra de Dios que
sana, y que renueva la vida.
Una
parábola es un relato breve y simbólico que busca ilustrar una
enseñanza moral o espiritual. Se diferencia de otros tipos de
relatos como las fábulas, cuentos por utilizar personajes humanos y
situaciones cotidianas del momento actual para transmitir su mensaje.
Su estructura simple, centrada en un dilema moral o espiritual y sus
consecuencias, facilita la comprensión de la lección u enseñanza.
Hoy
les comparto una historia actual y que la vivo de cerca: Una mujer se
quedó con los réditos, inversiones y propiedad de su familia, la
que en muy corto plazo trastorno si psiquis; logrando que su entorno
la considere altamente peligrosa por su violencia en dichos y
acciones, su único familiar un hermano distanciado por su violencia
y discriminación se hizo cargo de sus internaciones y terapias, sin
embargo, toda acción termino dentro de un saco roto prevaleciendo la
opinión de una inescrupulosa vecina que termino internándola por su
cuenta y quedándose con todo sus bienes y objetos personales
(12,20).
Hoy
dos planos en personas muy distintos. Seres vulnerados (pobres) muy
ricos en sus orgullos, vanidades, avaricias, y seres ricos, muy
pobres ante el desarrollo burgués o voraz consumismo, y viceversa en
ambas clases o personas. En general, la persona de nuestra sociedad
consumista, no tiene más horizonte que su propia vida. Su lema es
pasarlo bien: “descansa, disfruta, vístete a la moda y a con la
marca del momento, despilfarra, date buena vida” (12,19).
Encandilado con la imagen de su propia felicidad, acabando por perder
de vista toda otra preocupación que no sea “cuanto más”, la de
almacenar bienes que le garanticen el día de mañana: “invertiré
y tendré más rédito”. Quienes entran en ese vértigo, acaban
perdiendo el control, chupados por la fuerza loca del tener y
acumular más. (12,18)
Se
vuelven egoístas, tacaños hasta la ridiculez, acaban perdiendo el
sentido de la amistad, se hacen inaguantables hasta para su propia
familia y entorno vecinal o social. Este camino solo tiene su fin en
y por la codicia: el poseer se va constituyendo en su centro, en su
dios.
Para
la cristiandad hay más, mucho más. No solo es comprender que es de
necio almacenar para que otros luego, o para que el estado lo
disfruten. Ni siquiera se trata solamente de pensar que un día vas a
perder la vida y lo que con tanto trabajo se consiguió. Hay más. Es
que nos van a pedir cuentas de nuestras vidas desde la perspectiva de
nuestras acciones (Ecl. 12,14 Rom. 14,12. Apo. 20,12). Dios, el
dueño, te va a preguntar un día que hiciste con la vida, con
nuestra vida.
Entonces
¿por qué terrenalmente andamos, todavía, planteando a Jesús temas
de intereses personales? “Maestro, dile a mi hermana que reparta
conmigo la herencia familiar” (12,13), hoy en día ¿Estás
todavía, en el plano de pleitear con tu familiar por un puñado de
dinero y propiedad? ¿No ves, no entendés, que Jesús está en otra
onda? ¿No has oído decir al Apóstol Pablo, “las palabras del
Señor Jesús: 'La felicidad está más en dar que en recibir'”?
(Hch. 20,35) ¿O qué es mejor que a quien anda peleado con vos para
quitarte (robo) el calzado o vestimenta, se la des también? (12,23)
Definitivamente,
no podemos seguir amando a las cosas y usando a las personas.
Simplemente, ¡Es
al revés!
Se
trata, desde luego, de otro plano. De otra lógica. De otra riqueza.
O “amasar riquezas para vos”, o “ser rico ante Dios”. La
elección es clara.
Hay
que elegir.
Bendecida
jornada.
+++Marcelo
Alejandro – ms
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