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Domingo XVIII del tiempo común – agosto 3

«Ser ricos ante Dios» Lc. 11,21Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.

Lecturas: Eclesiastés 1,2;2,21-23 – Salmo 89 – Colosenses 3,1-5.9-11 – S. Lucas 12,13-21.

Comentario Bíblico.
A lo largo del mes de agosto, en este tiempo no descuidemos este alimento que tanto bien nos hace: escuchar la Palabra de Dios que sana, y que renueva la vida.

Una parábola es un relato breve y simbólico que busca ilustrar una enseñanza moral o espiritual. Se diferencia de otros tipos de relatos como las fábulas, cuentos por utilizar personajes humanos y situaciones cotidianas del momento actual para transmitir su mensaje. Su estructura simple, centrada en un dilema moral o espiritual y sus consecuencias, facilita la comprensión de la lección u enseñanza.
Hoy les comparto una historia actual y que la vivo de cerca: Una mujer se quedó con los réditos, inversiones y propiedad de su familia, la que en muy corto plazo trastorno si psiquis; logrando que su entorno la considere altamente peligrosa por su violencia en dichos y acciones, su único familiar un hermano distanciado por su violencia y discriminación se hizo cargo de sus internaciones y terapias, sin embargo, toda acción termino dentro de un saco roto prevaleciendo la opinión de una inescrupulosa vecina que termino internándola por su cuenta y quedándose con todo sus bienes y objetos personales (12,20).

Hoy dos planos en personas muy distintos. Seres vulnerados (pobres) muy ricos en sus orgullos, vanidades, avaricias, y seres ricos, muy pobres ante el desarrollo burgués o voraz consumismo, y viceversa en ambas clases o personas. En general, la persona de nuestra sociedad consumista, no tiene más horizonte que su propia vida. Su lema es pasarlo bien: “descansa, disfruta, vístete a la moda y a con la marca del momento, despilfarra, date buena vida” (12,19). Encandilado con la imagen de su propia felicidad, acabando por perder de vista toda otra preocupación que no sea “cuanto más”, la de almacenar bienes que le garanticen el día de mañana: “invertiré y tendré más rédito”. Quienes entran en ese vértigo, acaban perdiendo el control, chupados por la fuerza loca del tener y acumular más. (12,18)
Se vuelven egoístas, tacaños hasta la ridiculez, acaban perdiendo el sentido de la amistad, se hacen inaguantables hasta para su propia familia y entorno vecinal o social. Este camino solo tiene su fin en y por la codicia: el poseer se va constituyendo en su centro, en su dios.

Para la cristiandad hay más, mucho más. No solo es comprender que es de necio almacenar para que otros luego, o para que el estado lo disfruten. Ni siquiera se trata solamente de pensar que un día vas a perder la vida y lo que con tanto trabajo se consiguió. Hay más. Es que nos van a pedir cuentas de nuestras vidas desde la perspectiva de nuestras acciones (Ecl. 12,14 Rom. 14,12. Apo. 20,12). Dios, el dueño, te va a preguntar un día que hiciste con la vida, con nuestra vida.

Entonces ¿por qué terrenalmente andamos, todavía, planteando a Jesús temas de intereses personales? “Maestro, dile a mi hermana que reparta conmigo la herencia familiar” (12,13), hoy en día ¿Estás todavía, en el plano de pleitear con tu familiar por un puñado de dinero y propiedad? ¿No ves, no entendés, que Jesús está en otra onda? ¿No has oído decir al Apóstol Pablo, “las palabras del Señor Jesús: 'La felicidad está más en dar que en recibir'”? (Hch. 20,35) ¿O qué es mejor que a quien anda peleado con vos para quitarte (robo) el calzado o vestimenta, se la des también? (12,23)

Definitivamente, no podemos seguir amando a las cosas y usando a las personas. Simplemente, ¡Es al revés!

Se trata, desde luego, de otro plano. De otra lógica. De otra riqueza. O “amasar riquezas para vos”, o “ser rico ante Dios”. La elección es clara.

Hay que elegir.

Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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