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Domingo XVII del tiempo común – Julio 27

«Señor, enséñanos a orar» Lc. 11,1Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.
Lecturas: Génesis 18, 20-32 – Salmo 14 – Colosenses 2, 12-14 – S. Lucas 11,1-13.

Comentario Bíblico.
...el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se los pidan” (Lucas 11,1-13)
Un conocido maestro de oración de nuestros tiempos, Anthony de Mello, se refiere a la oración de petición con estas palabras: «La oración de petición es la única forma de oración que Jesús enseñó a sus discípulos; de hecho, es prácticamente la única forma de oración que se enseña explícitamente a lo largo de toda la Biblia. Ya sé que esto suena un tanto extraño para quienes hemos sido formados en la idea de que la oración puede ser de muy diferentes tipos y que la forma de oración más elevada es la oración de adoración, mientras que la de petición, al ser una forma «egoísta» de oración, ocuparía el último lugar. De algún modo, todos hemos sentido que más tarde o más temprano hemos de «superar» esta forma inferior de oración para ascender a la contemplación, al amor y a la adoración, ¿no es cierto? Sin embargo, si reflexionáramos, veríamos que apenas hay forma alguna de oración, incluida la de adoración y amor, que no esté contenida en la oración de petición correctamente practicada. La petición nos hace ver nuestra absoluta dependencia de Dios; nos enseña a confiar en Él absolutamente» (De Mello, Contacto con Dios).
Sabemos que Jesucristo nos ha dicho que no debemos insistir en nuestras peticiones porque su Padre, nuestra Fuente Creadora, sabe lo necesitamos antes de pedírselo. Sin embargo, no deja de insistir que debemos pedir, como puede comprobarse en el texto que nos presenta la liturgia de la palabra de hoy. Lo más típico de la oración de Jesús, por lo que registran los evangelistas, parece ser la oración de petición. Jesús no solamente pide en su oración, sino que nos enseña a pedir. Lo que hemos llamado la Oración del Señor o el Padrenuestro, es una cadena de siete peticiones que se van desprendiendo del 'Padre-nuestro'. La petición nos hace tomar conciencia de nuestra radical dependencia en Dios; nos recuerda nuestros límites y la generosa misericordia de Dios que se nos revela en Jesús. Esto aparece aún más claro cuando la petición más repetida de Jesús en los textos evangélicos es «que no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc. 22,42), o el «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo» (Mt. 6,10).
Por eso, la pregunta que tendríamos que hacernos no es si pedimos, sino qué o como lo pedimos en nuestra oración, porque por allí suele estar el problema. Muchas veces no pedimos que se haga su voluntad, o que nos conceda lo que más nos conviene a nuestra conciencia, en una que otra situación determinada, sino que pedimos lo que nosotros creemos que más necesitamos (capricho). Cuando el Señor dice que pidamos con insistencia, nos recuerda que lo que tendríamos que pedir sería el Espíritu Santo: “¿Acaso alguno de ustedes, que sea padre, sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide pescado, o de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si ustedes que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan!.” (Lc. 11,11-13)
Recordemos siempre lo que nos dice Jesús: “Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (11,13). La oración de petición nos pondrá en contacto con nuestros límites y hará que nos relacionemos con el Señor desde nuestra simpleza y pequeñez. No dejemos de pedir, ni pensemos que nuestra oración de petición es de inferior calidad a otras formas de encuentro con Dios. No olvidemos pedir el Espíritu Santo, para que nos ayude a entender los planes de Dios y a ponerlos en acción.
Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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