Lecturas:
Génesis
18, 20-32 – Salmo
14 – Colosenses
2, 12-14 – S. Lucas
11,1-13.
Comentario Bíblico.
“...el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se los pidan” (Lucas 11,1-13)
Un conocido maestro de oración de nuestros tiempos, Anthony de Mello, se refiere a la oración de petición con estas palabras: «La oración de petición es la única forma de oración que Jesús enseñó a sus discípulos; de hecho, es prácticamente la única forma de oración que se enseña explícitamente a lo largo de toda la Biblia. Ya sé que esto suena un tanto extraño para quienes hemos sido formados en la idea de que la oración puede ser de muy diferentes tipos y que la forma de oración más elevada es la oración de adoración, mientras que la de petición, al ser una forma «egoísta» de oración, ocuparía el último lugar. De algún modo, todos hemos sentido que más tarde o más temprano hemos de «superar» esta forma inferior de oración para ascender a la contemplación, al amor y a la adoración, ¿no es cierto? Sin embargo, si reflexionáramos, veríamos que apenas hay forma alguna de oración, incluida la de adoración y amor, que no esté contenida en la oración de petición correctamente practicada. La petición nos hace ver nuestra absoluta dependencia de Dios; nos enseña a confiar en Él absolutamente» (De Mello, Contacto con Dios).
Comentario Bíblico.
“...el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se los pidan” (Lucas 11,1-13)
Un conocido maestro de oración de nuestros tiempos, Anthony de Mello, se refiere a la oración de petición con estas palabras: «La oración de petición es la única forma de oración que Jesús enseñó a sus discípulos; de hecho, es prácticamente la única forma de oración que se enseña explícitamente a lo largo de toda la Biblia. Ya sé que esto suena un tanto extraño para quienes hemos sido formados en la idea de que la oración puede ser de muy diferentes tipos y que la forma de oración más elevada es la oración de adoración, mientras que la de petición, al ser una forma «egoísta» de oración, ocuparía el último lugar. De algún modo, todos hemos sentido que más tarde o más temprano hemos de «superar» esta forma inferior de oración para ascender a la contemplación, al amor y a la adoración, ¿no es cierto? Sin embargo, si reflexionáramos, veríamos que apenas hay forma alguna de oración, incluida la de adoración y amor, que no esté contenida en la oración de petición correctamente practicada. La petición nos hace ver nuestra absoluta dependencia de Dios; nos enseña a confiar en Él absolutamente» (De Mello, Contacto con Dios).
Sabemos
que Jesucristo nos ha dicho que no debemos insistir en nuestras
peticiones porque su Padre, nuestra Fuente Creadora, sabe lo
necesitamos antes de pedírselo. Sin embargo, no deja de insistir que
debemos pedir, como puede comprobarse en el texto que nos presenta la
liturgia de la palabra de hoy. Lo más típico de la oración de
Jesús, por lo que registran los evangelistas, parece ser la oración
de petición. Jesús no solamente pide en su oración, sino que nos
enseña a pedir. Lo que hemos llamado la Oración del Señor o el
Padrenuestro, es una cadena de siete peticiones que se van
desprendiendo del 'Padre-nuestro'. La petición nos hace tomar
conciencia de nuestra radical dependencia en Dios; nos recuerda
nuestros límites y la generosa misericordia de Dios que se nos
revela en Jesús. Esto aparece aún más claro cuando la petición
más repetida de Jesús en los textos evangélicos es «que no se
haga mi voluntad sino la tuya» (Lc. 22,42), o el «hágase tu
voluntad así en la tierra como en el cielo» (Mt. 6,10).
Por
eso, la pregunta que tendríamos que hacernos no es si pedimos, sino
qué o como lo pedimos en nuestra oración, porque por allí suele
estar el problema. Muchas veces no pedimos que se haga su voluntad, o
que nos conceda lo que más nos conviene a nuestra conciencia, en una
que otra situación determinada, sino que pedimos lo que nosotros
creemos que más necesitamos (capricho). Cuando el Señor dice que
pidamos con insistencia, nos recuerda que lo que tendríamos que
pedir sería el Espíritu Santo: “¿Acaso alguno de ustedes, que
sea padre, sería capaz de darle a su hijo una culebra cuando le pide
pescado, o de darle un alacrán cuando le pide un huevo? Pues si
ustedes que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto
más el Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo
pidan!.” (Lc. 11,11-13)
Recordemos
siempre lo que nos dice Jesús: “Si ustedes, que son malos, saben
dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará
el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan” (11,13). La oración
de petición nos pondrá en contacto con nuestros límites y hará
que nos relacionemos con el Señor desde nuestra simpleza y pequeñez.
No dejemos de pedir, ni pensemos que nuestra oración de petición es
de inferior calidad a otras formas de encuentro con Dios. No
olvidemos pedir el Espíritu Santo, para que nos ayude a entender los
planes de Dios y a ponerlos en acción.
Bendecida
jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms
+++Marcelo Alejandro – ms

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