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Domingo XV del tiempo común – Julio 13

«¡Toda persona humana es un prójimo!» Lc. 10,25-37
Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.

Lecturas: Deuteronomio 30,10-14 – Salmo 68 – Colosenses 1,15-20 – S. Lucas 10,25-37

Comentario Bíblico.
Hoy meditamos sobre la simple e inclusiva parábola del “Buen Samaritano”. ¿Una parábola de Jesús o un relato ejemplar? Al introducir a un samaritano se abre el horizonte de la salvación.

Heredar la vida eterna, definitiva esperanza de la cristiandad
En tiempos de Jesús se discutía en las escuelas rabínicas sobre el orden a establecer en los mandamientos. Bien es verdad que en las versiones del decálogo aparecen en un orden fijo. Pero no obstante, los rabinos discutían sobre la jerarquía de los mandamientos. Acaso también se le interrogará para comprometer el magisterio de Jesús. Jesús invita al interlocutor letrado a dirigir la mirada al Deuteronomio (1° lectura capítulo 6,3). Jesús remite a las fuentes y las sanciona definitivamente. Hay un mandamiento que se desdobla en dos y que resume toda la ley y la predicación profética. Dios ha de estar en el centro de los anhelos humanos: corazón, vida y las demás posibilidades que engloban la realidad humana en todas sus manifestaciones. Porque esto es lo que engrandece a las personas y les conduce a una vida sin fin. Jesús sabe muy bien dónde se encuentra el sentido de la verdadera realización humana. Pero solamente auténtica esta primacía de Dios, si inmediatamente después aparece la persona como objeto del amor y de la solicitud hacia los demás. Jesús ha introducido la novedad de que los dos aspectos del mandamiento son ya para siempre inseparables: no es posible amar a Dios, al que no se ve, si no se ama a la persona (prójimo) al que se ve. El auténtico amor de Dios empuja al amor de su imagen viva que es su creación a su imagen y semejanza (Gn. 1,27); y el amor de la humanidad, hasta «dar la vida por los demás», si fuera necesario (Jn. 15,13), significa, en su sentido más profundo, un nivel extremo de sacrificio y amor desinteresado, donde se prioriza el bienestar de otros incluso a costa de la propia vida o bienestar. No se limita a la acción física de morir, sino que implica un compromiso total con el prójimo, un amor que busca el bien del otro por encima del propio. Es la señal más auténtica, fiable y creíble del amor de Dios en el corazón humano. Solo así es un testimonio convincente.

Toda persona humana es un prójimo
La afirmación «Toda persona humana es un prójimo» se encuentra en la totalidad del contexto en la parábola del buen samaritano en Lc. 10,25-37. Esta parábola relata como, Jesús enseña que el prójimo es cualquier persona que necesite nuestra ayuda, sin importar su origen o condición o sexualidad. No se limita a aquellas con quienes tenemos una relación cercana, sino más bien que se extiende a toda la humanidad.

¿Y quién es mi prójimo?… En el plano narrativo, la imagen elegida por Jesús es muy sugerente. Sobre las relaciones entre judíos y samaritanos, por una parte, y la comprensión de pureza ritual que tiene el mundo sacerdotal y levítico, por otra, podemos darnos cuenta de la valentía de Jesús al proclamar esta parábola o relato ejemplar para identificar al prójimo desde la perspectiva sacerdotal rabínica.
Ante la pregunta, entre inquisitiva y malintencionada, del letrado acerca de dónde encontrar al prójimo (10,27), Jesús respondió con este relato. Las parábolas son la expresión del alma de un verdadero poeta e indiscutible comunicador de la Buena Nueva, más aún si el relato es una vivencia a compartir.
Este relato intenta poner ante el letrado una situación límite. Los piadosos de Israel, “los escrupulosos” con la Ley, pasan de largo ante la necesidad evidente de la persona malherida.
Precisamente el samaritano (En la actualidad, Samaria se refiere a una región histórica en el centro de Israel/Palestina, ubicada en la zona norte de Cisjordania, al noroeste de la ciudad de Nablus. Esta región, que fue el reino del norte en tiempos bíblicos, es actualmente un territorio en disputa entre Israel y Palestina), odiado por Israel, la semejanza con la actualidad no es mera coincidencia, inmediatamente se acerca al que lo necesita porque no tiene los escrúpulos que retraen al sacerdote y el levita. Es el encuentro de un hombre frente al hombre necesitado y actúa sin mayores problemas ni planteamientos. El prójimo es cualquier persona necesitada de ayuda o simplemente de compañía, solidaridad o comprensión. Jesús entiende por prójimo cualquier persona, cualquier ciudadano del mundo, imagen y semejanza de Dios. Hoy, en nuestro mundo necesitamos volver a esta presentación y comprensión de Jesús.

Anda y haz tú lo mismo
En la teoría era fácil la respuesta. Otra cuestión para el letrado era la práctica: ¿un samaritano ayudando a un judío? ¿Un samaritano es el elogiado por Jesús? ¿Un samaritano puede ser modelo ejemplar para un judío? ¿Un samaritano como sinónimo de un ser lgbt, un ser vulnerable de nuestras sociedades? ¿No sería al revés? He ahí las contradicciones que aparecen en la predicación y praxis de Jesús. Ciertamente, el letrado respondió atinadamente. Solo resta una solución y una salida: que el judío haga lo mismo que el samaritano y así agradará al Dios invisible que reconoce y adora como única Divinidad que se hace presente incluso en un extranjero, diferente y odiado o marginado samaritano. La misericordia está por encima del culto. Esta fue la actitud mantenida fielmente por Jesús. Porque Él sabía muy bien que esto es lo que agradaba a su Padre celestial “que hace llover sobre justos y pecadores y envía su sol sobre judíos y paganos” Mt. 5,45. En Jesús se ha producido una ruptura radical. ¿Es un apóstata de la Ley de Israel? ¿Es un intérprete, el único válido intérprete, de la misma? Esta parábola se orienta en dos direcciones: al letrado (xenófobo, homófobo, normativo) y a sus correligionarios les hará reflexionar; al resto de oyentes les aliviará. No es Jesús un traidor a la Ley, sino que la lleva a su plenitud, dándole un verdadero y veraz sentido. Esta parábola revela uno de los rasgos más importantes de lo que hay que entender para llevarla a su plenitud y cumplimiento. Hoy como ayer, es necesario volver nuestras miradas al comportamiento de Jesús. Únicamente de esta.
Vayamos y hagamos nosotros/as lo mismo. (Lc. 10,37)
Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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