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Domingo XIX del tiempo común – agosto 10

«Estate preparado, vigilante, atento con la lámpara encendida» Lc. 12,35.

Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.

Lecturas: Sabiduría 18,6-9 – Salmo 32 – Hebreos 11,1-2.8-19 – S. Lucas 12,35-48.

Comentario Bíblico.
Proseguimos el viaje a Jerusalén. Las ideas centrales de estos versículos podrían ser: la solicitud que Dios tiene de nosotros/as y la invitación a la atención, a la vigilancia y a la fidelidad.
¡Hemos de estar siempre vigilante al momentto de emprender la marcha al peregrinar! Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas… (Éx, 12,11), se refiere a la instrucción dada a los israelitas para que estuvieran preparados y listos para salir de Egipto la noche de la Pascua. En el contexto de Lucas 12, Jesús utiliza esta misma imagen para animar a sus discípulos a estar vigilantes y preparados para su regreso. La orden de tener la cintura ceñida y las lámparas encendidas simboliza estar dispuestos, preparados para la partida misional en la acción y el servicio. Jesús está enseñando a sus discípulos sobre la importancia de la vigilancia y la preparación para su segunda venida, y la imagen de tener la cintura ceñida y las lámparas encendidas representa el estar preparados para recibir al Cristo cuando regrese, y listos para servirle (Lc. 12,35).
Otra imagen indica la espera de algún personaje importante. Mantienen las lámparas encendidas los que esperan al novio para las bodas (recuérdese la parábola de las 10 muchachas que leemos en Mt. 25,1-13. Las imágenes en ambos autores reflejan la premura y lo imprevisible de la puesta en marcha. Por eso hay que estar “siempre listos”. Evidentemente, hoy estamos leyendo varias realidades a la vez. La más importante es que Jesucristo volverá nuevamente glorioso, pero la Iglesia primitiva no recibió información del Maestro acerca del día concreto y la hora, por eso aún hoy tengamos “ceñida la cintura y encendidas las lámparas, vigilantes y preparados”. El Señor no admite rivales, por lo tanto, quien quiera participar de su gloria al final, debe colocarle ahora en el centro de su vida mientras va peregrinando en sus días. Renunciar a todo y ponerse en camino detrás de Él son condiciones para el seguimiento que solamente las ha exigido Jesús (no sabemos de ningún rabino, cura u obispo que lo hubiera hecho nunca), porque únicamente Él garantiza el destino final de la humanidad. Hoy como ayer, no podemos entreteneros deslumbrarnos en otros negocios que entorpezcan el principal propósito de la cotidiana misión. Sólo cabe una interpretación de lo temporal a partir de la esperanza a futuro. Ciertamente, se nos exige un compromiso serio con lo cotidiano, pero entendido como una etapa previa de la construcción del definitivo Reino de Dios presente en nuestro entornos social. Se produce así una tensión entre la temporalidad (cotidianidad) y la eternidad, entre la esperanza cristiana y el compromiso serio por lo que compartimos con las demás personas.
¡Quienes somos capaces de vigilar siempre seremos declarados dichosos/as!
¿Qué quiere decirles/nos Jesús? Una advertencia, una recompensa revelada a sus discípulos sobre el futuro. Pero cuando el evangelista lo ha relatado y pensando en la gloriosa vuelta del Cristo, en la Parusía (El término parusía, es la creencia cristiana e islámica que describe el regreso de Jesús a la Tierra luego de su ascensión al cielo (Mt. 28,16-20), un acontecimiento esperado al final de la historia conocido también como: la segunda venida de Cristo, por lo que también se utiliza la palabra “Maranatha”, expresión aramea que significa “¡El Señor viene!”, o “¡Ven, Señor!”. Es una frase usada en contextos cristianos, especialmente en la liturgia y como expresión de esperanza en el regreso de Jesucristo), que tan ardientemente era esperada en la Iglesia primitiva. Ahora, cuando san Lucas escribe, esta espera ha perdido fuerza en el sentido de inmediatez y en su aspecto de acontecimiento escatológico. San Lucas piensa que el Hijo de Dios volverá, pero más tarde, más adelante. Mientras tanto el/la discípulo/a debe equiparse de la paciencia, del aguante y la constancia. Las/os discípulos de Jesús deben recordar siempre que la vuelta de Jesús le exige la confianza, pero también una atenta vigilancia que es imprevisible. San Lucas, utiliza estos términos “dichosos o felices” hasta tres veces que tiene su significación simbólica de insistencia. Jesús se alegra con quienes son capaces de velar y estar siempre atentos. El mismo hecho de vigilar produce en el discipulado una experiencia de verdadera bienaventuranza. Hoy como ayer, se nos invita a vivir la experiencia de las bienaventuranzas en la vigilante espera de Jesucristo con una actitud propia de sus discípulos/as. En el itinerario hacia la nueva Jerusalén, es necesario mantener un clima de alegría y seguridad para llegar a la meta. Nuestra sociedad, nuestro mundo necesita que los testigos de Jesús lo hagan, a Él, presente aquí y ahora, en acciones concretas, serias, y responsables.
¡Quienes posean la sabiduría del Reino está siempre dispuesto!
El servidor, la servidora que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra, “recibirá muchos azotes” (hoy una simple reprimenda); el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá. Dios concede los dones para que se pongan a contribución y a rendimiento a favor de los demás. Quien más recibe más posibilidades tiene para trabajar por los demás. Esto quiere decir que la recompensa y el rendimiento de cuentas está en proporción al don recibido. San Mateo lo explica en su parábola de los talentos o del capital y los intereses (Mt. 25,14; Lc. 19,12). Ambas parábolas, gemelas, aunque presentadas con distinto vestuario narrativo, pretenden transmitir una lección fundamental: es necesario vigilar en el tiempo de la espera y dedicarse a explotar los dones recibidos. En el mismo pensamiento que domina el fragmento por completo que proclamamos hoy. Las/os discípulos de Jesús deben huir de dos posturas reprochables: la desidia con los dones y la vanagloria por los dones recibidos. Al discípulo se le pide un equilibrio equidistante de ambos extremos. Lo que se le da ha de recibirlo con agradecimiento, reconocer que es un regalo gratuito en vistas al bien común y, por tanto, debe evitar toda falsa humildad o modestia que impida el adecuado rendimiento de los dones mismos y, a la vez, todo engreimiento. En la Escritura encontramos dos expresiones que reflejarían muy bien este mensaje (Jn. 15,5; 1 Cor. 15,9-10). San Juan Crisóstomo afirma, en uno de sus sermones, que quien pone en duda haber recibido dones abundantes de Dios le inflige una ofensa en su cara, porque Dios siempre distribuye abundantemente entre todos/as todo. El/la creyente ha de poner todos sus dones, de cualquier género que sean, a producir para bien propio y de los demás, a fin de que el Padre celestial sea glorificado (Mt. 5,16).
Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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