«Ustedes
deben dar testimonio de estas cosas»
Lc. 24,58.Abre
los ojos de mi alma, Señor, para poder ver tus signos en mí.
Lecturas: Hechos 1,1-11 – Salmo 46 – Efesios 1,17-23 – S. Lucas 24,46-53.
Comentario
Bíblico.
«Nosotros debemos dar testimonio de estas cosas» Lc. 24,58.
En el libro “Sopa de pollo para el alma”, de Jean Canfield y Mark Victor Hansen, publicado en 1995, se cuenta una historia similar a esta: “Era una soleada tarde de domingo en una ciudad apartada de la capital del país. Un buen amigo mío salió con sus dos hijos a pasear un rato para aprovechar la belleza del paisaje y el aire fresco de la tarde. Llegaron a las afueras de la ciudad, donde estaba acampado un pequeño circo que ofrecía sus funciones con mucho éxito. Mi amigo le preguntó a sus hijos si querían disfrutar del espectáculo aquella tarde. Los niños, sin dudarlo, dieron un brinco de alegría y se dispusieron a gozar. Mi amigo se acercó a la ventanilla y preguntó: —¿Cuánto cuesta la entrada? – Diez mil pesos por usted y cinco mil por cada niño mayor de seis años – contestó el taquillero. — Los niños menores de seis años no pagan. ¿Cuántos años tienen ellos? – El abogado tiene tres y el médico siete, así que creo que son quince mil pesos – dijo mi amigo. — Mire señor – dijo el hombre de la ventanilla – ¿se ganó la lotería o algo parecido? Pudo haberse ahorrado cinco mil pesos. Me pudo haber dicho que el mayor tenía seis años; yo no hubiera notado la diferencia. — Sí, puede ser verdad – replicó mi amigo – pero los niños sí la hubieran notado.”
«Nosotros debemos dar testimonio de estas cosas» Lc. 24,58.
En el libro “Sopa de pollo para el alma”, de Jean Canfield y Mark Victor Hansen, publicado en 1995, se cuenta una historia similar a esta: “Era una soleada tarde de domingo en una ciudad apartada de la capital del país. Un buen amigo mío salió con sus dos hijos a pasear un rato para aprovechar la belleza del paisaje y el aire fresco de la tarde. Llegaron a las afueras de la ciudad, donde estaba acampado un pequeño circo que ofrecía sus funciones con mucho éxito. Mi amigo le preguntó a sus hijos si querían disfrutar del espectáculo aquella tarde. Los niños, sin dudarlo, dieron un brinco de alegría y se dispusieron a gozar. Mi amigo se acercó a la ventanilla y preguntó: —¿Cuánto cuesta la entrada? – Diez mil pesos por usted y cinco mil por cada niño mayor de seis años – contestó el taquillero. — Los niños menores de seis años no pagan. ¿Cuántos años tienen ellos? – El abogado tiene tres y el médico siete, así que creo que son quince mil pesos – dijo mi amigo. — Mire señor – dijo el hombre de la ventanilla – ¿se ganó la lotería o algo parecido? Pudo haberse ahorrado cinco mil pesos. Me pudo haber dicho que el mayor tenía seis años; yo no hubiera notado la diferencia. — Sí, puede ser verdad – replicó mi amigo – pero los niños sí la hubieran notado.”
Dar testimonio de las cosas de Dios en medio de este mundo, es la tarea que nos encomendó Jesucristo antes de su Ascensión a los cielos: “Comenzando desde Jerusalén, ustedes deben dar testimonio de estas cosas. Y yo enviaré sobre ustedes lo que mi Padre prometió. Pero ustedes quédense aquí, en la ciudad de Jerusalén, hasta que reciban el poder que viene del cielo. Luego Jesús los llevó fuera de la ciudad, hasta Betania, y alzando las manos los bendecía. Y mientras los bendecía, se apartó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de adorarlo, volvieron a Jerusalén muy contentos.” (24,44-53).
En cada circunstancia de nuestra vida, tenemos que descubrir la mejor manera de dar testimonio de Jesucristo. No siempre, por prejuicios o el que dirán es fácil. Ya sea porque es más cómodo asumir actitudes distintas a las que se esperan de una persona con buen corazón, mente y testimonio del Señor, o porque nos aferramos a nuestras limitaciones o que nuestras faltas nos hacen incapaces para responder con amor, con reconciliación, con misericordia. Nos resulta especialmente difícil dar testimonio de las cosas de Dios delante de quienes tenemos más cerca. Ellos nos conocen y saben muy bien dónde nos aprieta el zapato. En esos casos, tenemos que pedirle a Dios que nos regale su gracia para ser fieles.
Muchos hombres y mujeres, a lo largo de la historia de la Iglesia, han dado testimonio de las cosas de Dios, con su propia vida. A nosotros/as tal vez no se nos pida tanto. Pero, ciertamente, podemos elegir el camino fácil de pasar agachados cuando los demás esperan de nosotros un comportamiento coherente con nuestra vida cristiana, o asumir las consecuencias que trae el ser discípulos/as de un maestro que estuvo dispuesto a dar su vida por los demás, antes de apartarse del camino que Dios, su Padre, le señalaba. “Háganse tu voluntad y no la mía” Lc. 22,42.
El Cristo nos dejó como sus representantes aquí en la tierra para continuar su obra en medio de nuestros afectos, familias, y de la sociedad en la que vivimos. Pidámosle que en los momentos clave, seamos capaces y fuertes de responder como ellos lo esperan. Porque, aunque algunas personas no lo crean, la diferencia sí se notará.
«Mientras les bendecía, se separó de ellos/as y fue llevado al cielo.
… Y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.» (24,51.53.)
Cuando hemos sentido una experiencia de amor incondicional, no podemos tener miedo ante los problemas que nos presenta la vida. Sentirnos amados por Dios, como Jesús se sintió amado por su papá mago, es lo que Jesucristo quiso comunicarnos desde la experiencia de su resurrección.

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