«Nos
entregó su espíritu»
Lc. 19,28-40.
Abre los ojos de mi alma, Señor, para poder ver tus signos en mí
Abre los ojos de mi alma, Señor, para poder ver tus signos en mí
Lecturas:
Isaías 52,13-53,12 – Salmo 30 – Hebreos 4,14-16;5,7-9 – S.
Juan 18,1-19,42.
Comentario
Bíblico.
El rostro de la negación
Siempre se dijo que el miedo es mal consejero del corazón humano: lo endurece, lo cierra, lo aísla y lo reprime cuando se siente en peligro. Pero también, suele poner en evidencia dos realidades, la fragilidad de las convicciones que sostienen nuestra vida y la profundidad o superficialidad de las motivaciones que sostienen nuestros compromisos, personales, sociales, y principalmente comunitarios.
El rostro de la negación
Siempre se dijo que el miedo es mal consejero del corazón humano: lo endurece, lo cierra, lo aísla y lo reprime cuando se siente en peligro. Pero también, suele poner en evidencia dos realidades, la fragilidad de las convicciones que sostienen nuestra vida y la profundidad o superficialidad de las motivaciones que sostienen nuestros compromisos, personales, sociales, y principalmente comunitarios.
Pedro era un hombre impulsivo, tosco, arrabalero, y, al mismo tiempo, totalmente espontáneo y transparente. Una persona con un corazón noble en el que el amor y el miedo eran directamente proporcionales. La confianza que Jesús depositó en él desde el principio lo ayudaba a equilibrar y discernir entre el amor y el miedo.
Pero ahora, este Maestro de Nazaret, que con su predicación y sus signos visibilizó la misericordia de su Padre, que despertó la esperanza de los pobres, de los enfermos, de los pecadores y de todos los vulnerados del sistema religioso y jurídico judío, había sido traicionado por uno de los suyos. Aquel Hombre de Nazaret, al que seguía como discípulo y apóstol, había sido apresado y estaba siendo sometido a un juicio injusto. Por eso, no es de extrañar el conflicto en el corazón de Pedro. Tampoco es de extrañar su necesidad de pasar desapercibido entre los guardias y los criados del palacio del Sumo sacerdote Anás. Cuando su esperanza se fue opacando, obviamente en su humanidad su miedo fue creciendo.
En su camino discipular, sucedió que san Pedro pase de un «seguimiento ideal» a un «seguimiento real» de Jesús. Un seguimiento marcado por la conciencia de la fragilidad, la experiencia de la incoherencia, y la falta de radicalidad. La tradición, de san Marcos invita a considerar esta realidad señalando que, al canto del gallo, Pedro recordó las palabras de Jesús, provocando un angustioso sentimiento que desencadeno su amargo llanto (Mc. 14,72). Y en la misma línea, la tradición de san Lucas evocaba una mirada que el Señor le dirige a Pedro (Lc. 22,61).
Para Jesús, la experiencia de ser negado por Pedro no disminuyó su amistad ni su confianza en él. Únicamente una mirada cargada de verdad del Maestro podía ayudar al pescador discípulo a tomar conciencia de su misericordiosa compasión. Por eso, Jesús nunca perdió su esperanza en Pedro, como tampoco la pierde por ninguno de nosotros/as.
El rostro del amor
En mi primera juventud (voy por la segunda), el amor es la experiencia humana y teologal más profunda del corazón humano. En mi Parroquia nuestro párroco remarcaba que los jóvenes por amor debíamos ser un “Rostro Joven de Cristo”. El amor da consistencia a la radicalidad, horizonte a la proexistencialidad y profundidad a la pasión. El amor es revelador tanto del misterio de lo humano como del Misterio de lo divino. El amor es el punto de encuentro de ambos misterios.
Frente a la negación de Pedro y a la desidia de Pilato, Jesús no pierde la dimensión gratuita de su entrega (Jn. 10,18). Una entrega sostenida por la fidelidad a su Padre, la esperanza de su Madre, y las necesidades de los pobres, los enfermos, de más vulnerados de la época y por el imperio, y de los sobrantes. En medio de su dolor, de su sufrimiento y de su humillación pública, Dios Padre acompaña en silencio suscitando un rostro de amor al pie de la cruz. (Jn. 19,25-27)
En la vida de Jesús, sobre todo en su Pasión, su Santísima Madre ha encarnado el rostro del amor; ese amor que le dio sentido y horizonte de esperanza al sufrimiento del calvario. Desde la cruz, el Hijo contempla a su Madre: contempla su dolor, contempla su fidelidad, contempla su deseo. De ella ha recibido todo lo humano que lo hace uno nuestro en todo, menos en el pecado. El Hijo contempla el corazón de su Madre atravesado por el maternal dolor (Lc. 2,35). Un corazón dolorido, pero no resignado. Un corazón obediente, una vez más, a la fidelidad del Padre a sus promesas.
¿Me he sentido como Pedro, capaz de dar mi vida por Cristo y capaz de negar que lo conozco? ¿He actuado como Poncio Pilato, sin jugármela por la verdad y la justicia? ¿He sido como María y su amado discípulo, rostros de amor al pie de la cruz de quien sufre?
Oración: Enséñanos Señor, a estar al pie de la cruz, al pie de las cruces diarias de mi sociedad; despierta esta tarde/noche nuestra visión, nuestro corazón; rescátanos de la parálisis y de la confusión, del miedo y la desesperación, del silencio cómplice ante la demanda de necesidad y defensas.
Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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