«Como yo les he amado, amanse también entre ustedes» Jn. 13,34.
Abre los ojos de mi alma, Señor, para poder ver tus signos en mí.
Lecturas:
Hechos
14, 21b-27 – Salmo
144 – Apo.
21, 1-5a – S. Juan
13, 31-33a. 34-35
Comentario Bíblico.
¡Desahogos de la intimidad de Jesús con sus discípulos en el Apocento Alto!
Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él… Me queda poco de estar con vosotros (Jn.13,31-33). El redactor insiste en la amistad de Jesús con su gente. La lectura anunciada subraya esta actitud; o mejor, de la figura de Jesús interpretada y presentada por la escuela joánica. En la intimidad, Jesús abre su corazón a los suyos, y revela crudamente sus sentimientos. Quiere que el grupo de sus seguidores viva la experiencia íntima del cenáculo antes de proyectarse en la misión y como punto de referencia en la misión. Toda su evangelización está destinada a conseguir que la humanidad viva en comunión con Jesús y que en esa comunión encuentre el sentido de su vida. Esto brota de la temática general tratada en estos discursos de despedida. Jesús sale garante de la posibilidad de esta experiencia. En realidad, en la interpretación dramática de los discursos, es como si Jesús resucitado volviera a su comunidad y culminara su revelación desde esta nueva realidad en la que se encuentra (Jn. 15,12-15; Jn. 14,3). Es necesario recuperar esta realidad humana de la amistad de Jesús que es incondicional, fiel a toda prueba, humanizadora y esperanzadora. La Iglesia debe transmitir al mundo, con su palabra y su experiencia, la realidad de esta amistad singular a la que son tan sensibles son las personas, mujeres y varones de nuestro tiempo.
¡La humanidad les distinguirá por nuestro amor fraterno y hasta el don de la vida!
«Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo les he amado, ámense también entre ustedes. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros» (13,35). En el discurso de la Cena hay tres momentos singulares donde aparece en todo su relieve el valor del amor mutuo. El primer momento es este texto que acabamos de leer. En él se insiste en el valor testimonial del amor fraterno “el amor ágape”, o mutuo describiéndolo como la característica peculiar de los discípulos de Jesús. El amor fraternal se refiere al afecto, la lealtad y la solidaridad que se comparte entre hermanos y también entre aquellos que se tratan en hermandad, sin importar lazos de sangre. Es un amor que implica nobleza, generosidad, respeto y la disposición a ayudar a los demás de manera desinteresada.
En el contexto religioso, el amor fraternal se considera un valor fundamental, especialmente en el cristianismo, donde se enfatiza la importancia de amar a los demás como a uno mismo. El amor fraternal se manifiesta a través de la empatía, la escucha activa, el apoyo en momentos difíciles y la disposición a compartir tiempo y recursos.
En lo popular, el amor fraternal se puede ver reflejado en relaciones de amistad muy fuertes, en la lealtad hacia los compañeros/as de trabajo o en la unidad de grupos sociales que comparten un mismo objetivo. También se puede expresar a través de la caridad, la hospitalidad y la preocupación por el bienestar de los demás. En resumen, el amor fraternal es una fuerza unificadora que fortalece las relaciones humanas y promueve un sentido de pertenencia y solidaridad entre las personas.
El segundo momento, lo acabamos de leer en la reflexión anterior. En él se insiste en dos características: debe ser tan sincero e intenso que empuje al don generoso de la vida por los demás y es la expresión visible de la amistad de Jesús con los suyos.
El tercer momento se encuentra en la oración de Jesús, y más en concreto, cuando ora por la unidad de su gente para que el mundo crea y conozca que Jesús es el enviado definitivo del Padre a favor de la humanidad (Jn. 17,20). Estos tres elementos invitan a tomar en serio el mandato de Jesús porque de él pende la misión misma de la Iglesia y su credibilidad en medio del mundo. En nuestro mundo este mensaje sigue resonando con fuerza.
Bendecida jornada, ¡Aleluya, aleluya, aleluya!
+++Marcelo Alejandro – ms

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