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II Domingo de Resurrección – abril 27

 «Dichosos los que creen» Jn. 20,29.
Abre los ojos de mi alma, Señor, para poder ver tus signos en mí.

Lecturas: Hechos 5, 12-16 – Salmo 117 – Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19 – S. Juan 20, 19-31.

Comentario Bíblico.

Jesucristo se hace presente y se identifica es ahora una fuente de la verdadera alegría.

Relatan los renglones que: “Estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. En esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado…” (19-20) Los discípulos se llenaron de alegría. Únicamente en el marco descrito anteriormente se comprende lo sorprendente de la aparición de su Maestro para los discípulos. Y es Jesucristo quien toma la iniciativa de acercarse a los suyos. Siempre la iniciativa es de Él, su saludo y la presencia representan la respuesta a los que debían de ser sus testigos por todo el mundo (21). Era necesaria esta identificación. El que vivió realmente en esta nuestra historia y murió en un aparente fracaso, ahora está vivo, por una Gran y misericordioso amor que venció la muerte. El crucificado y el resucitado son la misma persona; esta identificación asegura la continuidad del proyecto de Dios y es el fundamento de la fe cristológica y de la oferta sincera de salvación hecha por Dios para con su creación.

Paz y alegría son resultado del acontecimiento pascual. Sabemos que la esperanza engendra alegría. La alegría es un motivo que aparece repetidamente en las apariciones del resucitado. La alegría que es un bien mesiánico que alcanza a la humanidad porque Dios mismo nos quiere felices. La resurrección responde, de este modo, a otro de los anhelos más profundos de lo humano que es la necesidad de felicidad auténtica. Una alegría que, en el peregrinar, la Iglesia habrá de simultanear con la persecución y las amarguras de las dificultades. Pero estará siempre presente, no como oferta del comercio si del Cristo glorioso presente entre ellos/as. Nosotros/as.

Experiencia humana y fe en el resucitado: Dichosos los que creen.

¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto (29). En su primera aparición no estaba Tomás con ellos. Cuando vuelve “ocho días después”, los discípulos le comunican su experiencia, el encuentro con el Resucitado. Jesús está realmente vivo. Pero Tomás no lo cree, quiere experimentar, quiere palpar las señales de la muerte para entrar en las señales de la vida. Jesús se aparece de nuevo cuando están todos, incluso Tomás. Y se dirige a él, y molesto por la falta de fe en el testimonio de sus hermanos. Tomás experimenta y cree (27-29). Pero una cosa palpa y otra cree. Paradójicamente, el acto de fe de Tomás es el más perfecto de todo el evangelio. En cierto modo, es la cima de todo el relato de san Juan que busca este acto de fe en la presencia de Dios en la humanidad: “la palabra se ha hecho historia en Jesucristo”. Santo Tomás nos indica el camino para el encuentro de fe: a partir de la experiencia humana de legada por Jesús es posible encontrarse con su verdadera identidad. Esta bienaventuranza es una respuesta a las preocupaciones de la cristiandad de finales del siglo I que preguntan al apóstol dónde apoyar su fe. Y el evangelista les recuerda que el camino es el Jesús real y humano. La fe entra así en el campo de las bienaventuranzas. Dichosos/as quienes creen el testimonio en favor de Jesús. Pero esta dinámica producirá siempre dificultades, porque los motivos de credibilidad quedan muy cortos ante la realidad a la que quieren conducir. Por eso se les declara felices a los que son capaces de superar la precariedad de los motivos de credibilidad y se abren a la acción y presencia del Espíritu para encontrarse realmente con Jesús resucitado. El Cristo.

Bendecida jornada, ¡Aleluya, aleluya, aleluya!
+++Marcelo Alejandro – ms

www.esiglesia.org


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