¡Jesús es Bueno! Todo el tiempo.
Lecturas: Isaías 61,1-3.6.8-9 – Salmo 88 – 1 Corintios 9:20-22 – S. Lucas 4,16-21.
En este tiempo, celebramos esta Eucaristía Crismal en la que se reúnen virtualmente los presbíteros/as con sus obispos en torno a la mesa en unidad. Hoy recordamos especialmente ese momento en el que por la imposición de manos episcopales y la oración consecratoria fuimos introducidos en el sacerdocio apostólico de Cristo.
Queridos/as clérigos/as, queridos diáconos/as, religiosos/as y todo el pueblo de Dios, unidos en oración hoy bendecimos los óleos y consagramos el crisma que servirán para ungir a los catecúmenos, para sanar y aliviar a las personas enfermas y para conferir el bautismo, la confirmación y el orden sagrado, y en esta celebración también vamos a renovar una vez más las promesas sacerdotales, nuestra vida consagrada y servicio a Cristo en la Iglesia.
El Espíritu de Dios está sobre mí porque el Señor me ha ungido, me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados, nos dice Isaías (61,1. Lc. 4,18-19). Hoy elevamos nuestra mirada al Padre que constituyó a su Hijo único, Sumo Sacerdote en la nueva alianza. Elevamos nuestra mirada a Jesucristo que ha conferido el sacerdocio real a todo su pueblo santo y ha elegido a uno nuestro, personas de este pueblo, para que participemos de su sagrada misión. En esta celebración recordamos el gran don del sacerdocio, un don de Cristo a su Iglesia y en particular a cada uno de nosotros/as.
Dar la buena noticia a los pobres (Necesitado o vulnerado), curar los corazones desgarrados, sanar las molestias espirituales y corporales. No son las tareas propias de una correcta gestión administrativa, o de una organización meticulosa y eficaz, no son tareas circunscritas al ámbito externo, se trata de trabajos más complejos personalizados y delicados, que requieren una atención y acción concreta del corazón, implican salir al encuentro de los demás y conmoverse ante el hermano/a caído al borde del camino (Mc. 10,46). Dios permita, que podamos llegar a decir como san Pablo “me he hecho todo para todos para ganar sea como sea algunos y todo lo hago a causa del Evangelio” (1 Cor. 22).
Por eso, el/la sacerdote ofrece una palabra siempre profética, certera y su compromiso comporta una entrega a la vida de Dios y por la humanidad. La Caridad Pastoral encuentra su alimento principal y su expresión en la Eucaristía. La celebración de la Eucaristía va a ser el fundamento, la raíz, la cima de nuestra vida sacerdotal, el misterio que llena nuestra exigencia porque nos configuramos a Cristo y también nos ofrecemos en nuestra vida que se va transformando. En la Eucaristía encontramos la fuerza que nos llevará a anunciar la buena nueva sin desfallecimiento, así como a entregarnos a todos, especialmente al que más necesita y al vulnerado particularmente. Después veremos como alucinamos la cosa, pero lo importante es que en la red estemos TODOS, que nadie se prive de la fiesta.
No debemos olvidar que Jesús llama a los apóstoles en primer lugar para que estén con él (Mt, 4,18-22, Lc. 5,1-11), y que él mismo quiso dejarnos el testimonio de su oración (Mt. 6,5–8; Mt. 6,9; Lc. 13,21-22; Jn. 16,23). Los evangelios nos presentan con mucha frecuencia a Cristo en oración, toda su actividad cotidiana procedía de la oración, tanto al comenzar su acción en alguna aldea así mismo al terminar su día de trabajo el cual si entendemos que no tenía fin de horario a todos les dedicaba su tiempo y atención personalizada, hasta el final de su vida en su última cena, el huerto sanara la oreja cortada de un servidor (Jn. 18,10-40), en su camino al Gólgota consolara a su Madre Santísima (Jn. 19,26-27) y pedirá a las mujeres que por él no lloren (Lucas 23,28-29), Jesús muestra que la oración animaba su ministerio. Por eso, la prioridad fundamental del sacerdocio es su relación personal con Cristo a través de la oración; la vivencia de nuestro sacerdocio llena las 24 horas de nuestra vida. Toda la existencia como un don total de Dios y a los hermanos/as, como una ofrenda agradable a la Divinidad siguiendo el ejemplo de Jesús, que entrega su vida en la cruz para la salvación del mundo, que no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate por muchos (Mc. 10,45. Mt. 20,28).
Doy gracias a Dios por nuestra familia diocesana, por la familia de nuestro presbiterio. Gracias hermano/a sacerdote por tu trabajo pastoral en este tiempo tan difícil, como apasionante. Gracias por la entrega generosa.
Pedimos a María Santísima que nos proteja y que interceda por nuestra familia diocesana para hacer de nuestra consagración verdaderos testigos de esperanza en este año jubilar, hoy y siempre. Ella se mantuvo fiel hasta el final y nos ayuda a renovar cada día nuestro ministerio sacerdotal. Que así sea. Amén
+++Marcelo Alejandro – ms
www.esiglesia.org

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