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Domingo de los Santos Pedro y San Pablo, Apóstoles – Junio 29

«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» Mt. 13,16.
Abre los ojos de mi alma, Señor, para ver tus signos en mí.

Lecturas: Hechos 12,1-11 – Salmo 33 – II° de Timoteo 4,6-8.17-18 – S. Mateo 16,13-19.

Comentario Bíblico.
Jesús pregunta sobre la opinión que la gente tiene de él
¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? (16,13). Llamativa y sorprendente pregunta de Jesús. ¿Quién tiene interés en estas preguntas? ¿Fue Jesús realmente el que planteó estas preguntas a los discípulos? ¿Cuál es la tuya?, te leeré en los comentarios, O, dicho de otra manera, ¿tenía Jesús algún interés en saber lo que las personas opinaban de él? ¿Para qué? ¿Fue acaso la comunidad posterior a la Pascua la que se encuentra con estas preguntas y respuestas? En todo caso, la figura de Jesús ha suscitado siempre inquietantes preguntas. El relato evangélico está sembrado de estas preguntas sobre Jesús. De tal manera que bien podríamos decir que tanto el evangelio de Marcos como el de Juan penden y se estructuran sobre esta pregunta fundamental: ¿Quién es Jesús? ¿Quién es este hombre que dice ser Hijo de Dios? En todo caso es curioso observar que todas las respuestas corresponden a las esperanzas de Israel.

Una pregunta directa de Jesús a sus discípulos
Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (16,16). Jesús quiere saber dónde se encuentran ubicados sus discípulos en la comprensión de su persona y de su misión. Es delicado leer en la página de los relatos evangélicos de hoy, ya que se entrecruzan tres planos expresados en el texto, pero que suscitan no pocas dificultades para su comprensión. San Mateo, escribe para una comunidad que cree ya en la realidad humana, mesiánica y divina de Jesús. El propio Mateo comparte esta convicción. Pero esto ha supuesto un proceso lento que arranca especialmente de la Pascua en el don del Espíritu Santo. ¿Qué confesó Pedro en el momento en que Jesús le pregunta en Cesarea de Felipo? (16,16) Una respuesta que desborda sus esperanzas mesiánicas. Israel espera la llegada de un Mesías con determinadas características. En ese Mesías cree Pedro quien, además, pudo pertenecer a algún movimiento de liberación reivindicativo, de resistencia por medios más o menos violentos. El Mesías procedería de la dinastía real davídica. El rey en Israel era considerado como hijo adoptivo de Dios por su unción, de modo singular por ser el encargado de dirigir los destinos del pueblo de Dios. Pero la respuesta de Pedro va más lejos, al menos en el modo como lo expresa san Mateo. Esta realidad que desborda la comprensión judía del Mesías es el reconocimiento de que es realmente el Hijo de Dios de un modo único, singular e irrepetible. Así lo cree san Mateo. La respuesta de Pedro que hoy leemos alcanza a la misión y a la naturaleza misma de Jesús como Hombre, Mesías e Hijo de Dios. Hoy somos invitados/as, en medio de nuestras dudas y búsquedas, a dar el salto necesario que, partiendo de la humanidad de Jesús, alcance a su verdadera naturaleza y que fundamenta realmente la esperanza de la humanidad. Los discípulos de Jesús, mediante la palabra y el testimonio coherente, podemos ofrecer al mundo la clave para interpretar los avatares de su historia y encontrarles un verdadero sentido.

La confesión de Pedro es objeto de una bienaventuranza
Jesús le respondió: Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo (16,17). El narrador relata una escena de un valor importante histórico y teológico. Se encuentran unidas e inseparables en la intimidad de Pedro dos apreciaciones y concepciones muy distintas por no decir antagónicas. Pedro espera un Mesías político-nacional-revolucionario que libere a Israel de las manos de los imperialistas romanos sentándose en su trono en Jerusalén desde donde dominara sobre todas las naciones de la tierra. Para ello se esperaba un Mesías invencible militarmente. Y Pedro ha compartido esta esperanza de modo singular en su patria galilea donde los movimientos revolucionaros con ansias de esa liberación emergían de cuando en cuando con singular virulencia. Al reconocer en Jesús otra perspectiva nueva, es señal inequívoca de que en Pedro se ha producido una presencia especial del Espíritu. Y eso es lo que declara Jesús como una bienaventuranza: que el Padre (que es quien da el Espíritu) ha iluminado a Pedro para descubrir en la humildad visible del profeta de Nazaret al enviado especial y definitivo de Dios. A partir de esta confesión, la Iglesia seguirá profundizando en la figura de Jesús hasta llegar a la convicción que trascribe en el texto actual san Mateo. Pedro es proclamado dichoso porque supo superar el escándalo de la encarnación en la humillación para elevarse a los planes más altos de Dios en la historia de la salvación. Hoy como ayer es necesario superar los obstáculos y dificultades para alcanzar el verdadero proyecto de Dios sobre la humanidad. Es necesario que las Iglesias y cada uno/a de los creyentes asumamos la confesión de fe de Pedro y la actualicemos constantemente. Únicamente así mereceremos también la felicitación de Jesucristo y, en consecuencia, cada hombre y mujer de nuestro tiempo podrá entrar más fácilmente en el Evangelio de la salvación proclamado por Jesús.

La gran promesa de Jesús a la Iglesia a través de Pedro
Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…(16,18) Jesús quiere edificar sólidamente la Iglesia sobre la roca-piedra que es Pedro. El sentido sería el siguiente: Pedro ha confesado que Jesús es el verdadero y definitivo enviado del Padre para la salvación del mundo (Mesías) y es el verdadero y real Hijo de Dios. Esta es la roca sobre la que se edifica la Iglesia. Pedro ha sido el portavoz, el que hace de instrumento del Padre. Y esta roca firme —Jesús y la fe en Jesús— es el cimiento de la Iglesia que desecharon los arquitectos (Sal. 118,22-23 y en Mt. 21,42). Esta Iglesia permanecerá para siempre. Una Iglesia que comienza su andadura en la tierra y se prolonga eternamente en el cielo en la ciudad celeste habitada por personas procedentes de todo el mundo (Ap 7,9). Te daré las llaves del reino (16,19). Las llaves simbolizaban el control del palacio del rey. Ahora es Jesús quien habla de llaves a Pedro. Siguiendo la costumbre egipcia, y el texto de Isaías, entendemos que Jesús nombra y declara solemnemente que Pedro es el visir del Reino de los cielos, el plenipotenciario elegido por Jesús. Esta misión es ampliada, según el propio relato de san Mateo, a todo el grupo apostólico (Mt. 18,18). Siguiendo el pensamiento rabínico, en el que se utiliza la misma imagen para describir y definir la autoridad universal del sanedrín, quiere decir que la autoridad de Pedro no tiene fronteras. Los rabinos decían que el sanedrín gozaba del privilegio de atar y desatar en materias jurídicas y religiosas en todo el mundo. Pedro recibe una autoridad que se extiende por todo el mundo y es válida para toda la Iglesia. Hoy se encuentran en esta realidad graves dificultades. No es fácil a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo aceptar la autoridad universal de la Iglesia en las materias que le corresponden. Confiesan que les es más fácil creer en Dios e incluso en Jesús, que en la Iglesia. Ciertamente, la credibilidad de la Iglesia que, en los planes de Jesús, es la continuadora de su misión en el mundo, no es fuerte hoy.

La gran promesa de Jesús a la Iglesia a través de Pedro para la comunidad LGBTTIQ+
“Tú eres Pedro…”(16,18) una invitación y reconocimiento de Jesús a cada ser, a cada uno de nosotros/as dentro del closet y fuera de él, en esta nueva conmemoración de nuestra historia y defensa de los derechos humanos para un vulnerable colectivo. Nuestra resistencia y defensa edifica sólidamente la Iglesia sobre la roca-piedra fuerte de nuestros cuerpos. Nos dio en la persona de Pedro llaves del reino (16,19), simbolismo “en el control del palacio del rey”, nuestro cuerpo como palacio a cuidar, regir, modificar, dictaminar, decidir, declarar, defender, respetar, aceptar. Ahora es Jesús, es quien habla de llaves a nosotros/as, siguiendo la costumbre de entregar la llave para ser uno parte responsable tanto de lo bueno como lo malo, de lo consciente o inconsciente, heterogéneo como homo… Entendamos que Jesús declara y nombra solemnemente que Pedro (nosotros/as) somos la autoridad en materia de creación y proyectos de leyes que igualen nuestro status social con acceso a la salud, la educación, el trabajo y todo tipo de beneficios asistencial, igualdad de oportunidades jurídicas y religiosas.

Según el propio relato de san Mateo, esta misión es ampliada, a todo el grupo apostólico y social (Mt. 18,18), una la misma imagen para describir y definir la autoridad universal no tiene fronteras ni privilegios de atar y desatar en materias jurídicas y religiosas en todo y para todo el mundo. Nuestra autoridad se extiende para todos/as y es válida para todas las Iglesias. Hoy en algunos países continuamos siendo víctimas de la ilegalidad y aún más en el resurgimiento de las políticas neoliberales que impulsan un par de potencias nacionalista de extrema derecha nuestro colectivo lgbttiq + se encuentra en esta dificultosa y grave realidad. No es fácil a los hombres y las mujeres de nuestro tiempo aceptar la autoridad universal de igualdad y dignidad ante la ley.

Hoy vemos que confiesan, que les es más fácil “creer en las fuerzas del cielo” o de Dios, que el reconocer su Divinidad misma en la persona visiblemente vulnerada que clama desesperadamente justicia social: «Hasta cuando, Señor, clamé al cielo pidiendo justicia» es una expresión de angustia y desesperación, reflejando la espera prolongada de la intervención divina para resolver una situación injusta. Es una pregunta retórica que no busca una respuesta literal, sino que enfatiza la intensidad del sufrimiento y la persistencia en la búsqueda de justicia. (Apo. 6,10; Hab. 1,2-3). Ciertamente, la credibilidad en la Iglesia, en los planes de Jesús, en la continuación de su misión en el mundo, no es creíble o fuerte hoy ante tantos atropellos por ser, por pensar, por actuar en determinadas situaciones adversos a la “norma”, o por ser diferente.

Leemos en la parábola del juez injusto y la viuda insistente, san Lucas enfatiza sobre nuestra importancia en la oración = acción, perseverante y la confianza en la justicia Divina, ante tanta homofobia que no solamente segrega, imperiosamente mata «¿Y acaso Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a él (ella, por Divinidad) día y noche? ¿Se tardará mucho en responderles?» (Lc. 18,7), obviamente que si esperamos que una lerda tradición eclesial, reunir a sus sínodos para atender la agenda actual, pero la acción será demasiado lenta. Sobre esto debemos tener presente lo demandado por Jesús: «¡Denles de comer ustedes mismos!» Lc. 9,13.

Confiemos en el salmo 18: “El SEÑOR me dio recompensa, pues hice justicia. Me dio lo merecido porque mis manos estaban limpias. Me he preocupado por vivir como el SEÑOR quiere.” Sal. 18,2-30.

Bendecida jornada del Orgullo y la Diversidad
+++Marcelo Alejandro – ms
www.esiglesia.org

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