Lecturas: Proverbios 8, 22-31 – Salmo 8 – Romanos 5, 1-5 – S. Juan 16, 12-15.
Comentario
Bíblico.
El Espíritu de la verdad, nos ilumina
El 26 de enero, 3° Domingo del Tiempo Común escuchamos el evangelio de san Lucas que Jesús manifestaba en la Sinagoga «El Espíritu del Señor está sobre mí…» (Lc. 4,28-21). Ahora este último anuncio del Paráclito (Se traduce comúnmente como “abogado”, “consejero”, “ayudante” o “consuelo”, y tiene un significado: “llamado al lado de uno”, y se refiere a una persona que intercede, defiende y consuela); en el discurso de despedida del evangelio de san Juan se crea en el inconsciente colectivo la pegunta: ¿Qué hará el Espíritu? ¡Iluminará! Sabemos que no podemos buscar a Dios, sin una luz dentro nuestro, porque tendemos a apagar las luces de nuestra existencia y de nuestro corazón. Él será como esa “lámpara de fuego” de que hablaba san Juan de la Cruz en su “Llama de amor viva”, quien describe una experiencia mística de amor y unión con Dios, donde la “llama de amor viva” representa la presencia y el poder divino que consumen el alma.
El Espíritu de la verdad, nos ilumina
El 26 de enero, 3° Domingo del Tiempo Común escuchamos el evangelio de san Lucas que Jesús manifestaba en la Sinagoga «El Espíritu del Señor está sobre mí…» (Lc. 4,28-21). Ahora este último anuncio del Paráclito (Se traduce comúnmente como “abogado”, “consejero”, “ayudante” o “consuelo”, y tiene un significado: “llamado al lado de uno”, y se refiere a una persona que intercede, defiende y consuela); en el discurso de despedida del evangelio de san Juan se crea en el inconsciente colectivo la pegunta: ¿Qué hará el Espíritu? ¡Iluminará! Sabemos que no podemos buscar a Dios, sin una luz dentro nuestro, porque tendemos a apagar las luces de nuestra existencia y de nuestro corazón. Él será como esa “lámpara de fuego” de que hablaba san Juan de la Cruz en su “Llama de amor viva”, quien describe una experiencia mística de amor y unión con Dios, donde la “llama de amor viva” representa la presencia y el poder divino que consumen el alma.
Es el Espíritu el que transformará por el fuego, por el amor, lo que nosotros apagamos con el desamor. Aquí surge el concepto “verdad”, que en la Biblia no es un concepto abstracto o intelectual, la verdad “se hace”, es operativa a todos los niveles existenciales, se siente con el corazón, porque se trata de la verdad de Dios, y esta no se experimenta sino amando sin medida. Aceptando ante la más mínima o máxima diferencia, la construcción en la verdad incluye. Lo que el Padre y el Hijo tienen, la verdad de su vida, es el mismo Padre y el hijo, porque se relacionan en el amor, y lo entregan por medio del Espíritu. Nosotros/as, sin el amor, estamos ciegos, aunque queramos ser como dioses, como relata san Pablo: «no se alegra de la injusticia, sino que se alegra con la verdad.
El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasará jamás.» (1 Cor. 13,6-8).
¡El Espíritu de la Verdad, es el Intérprete de Jesús!
«Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo» (Jn. 16,13). En el discurso de despedida se juntan algunos bloques de enseñanzas de Jesús sobre el Paráclito, el Abogado. En todos ellos se descubren algunos elementos importantes: en primer lugar, la diferenciación entre los dos en su ser y actuar; en segundo lugar, su armónica comunión en la actuación a favor de la humanidad; en tercer lugar, la continuidad entre los dos. De este modo el Espíritu recibe la misión de guiar a la comunidad de los discípulos y, posteriormente, a toda la Iglesia (nosotros/as), hacia la verdad plena. Esta comprensión de la verdad plena, obra del Espíritu, no consiste en añadir cosas que faltaran a la enseñanza de Jesús, sino en una comprensión más completa, íntima y personalizada. En definitiva, la Verdad es Jesús mismo en persona (Jn. 14,6). El Espíritu nos conduce hacia la comprensión de la propia persona de Jesús. Pero además recibe la misión de interpretar todo lo que ha de suceder o lo que ha de venir. Esta expresión indica los acontecimientos centrales de la salvación. El Espíritu nos proporciona también la comprensión y asimilación de su muerte (aparentemente escandalosa) y su resurrección (misteriosamente desbordante para la humanidad). Estos dos acontecimientos son los centrales en la ejecución del plan de Dios. Y esto es lo que había de venir, con el complemento necesario de su Vuelta gloriosa al final de los tiempos. Hoy también necesita la Iglesia esta acción del Espíritu al servicio de la causa de Jesús.
«Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo comunicará.» (16,15). Una vez más es necesario recordar que Dios se ha revelado en y a través de la historia de la salvación. Es una característica de la revelación bíblica. A Dios se le conoce a través de lo que hace, porque se manifiesta a través de las realizaciones de la salvación. El narrador vuelve a insistir en ese modo de revelación. Veamos la insistencia en el pronombre “ustedes”: les irá comunicando, se lo anunciará. Los tres están presentes en una misma acción a favor de la comunidad de los discípulos de Jesús. En la realización de la historia de la salvación cada uno se manifiesta distinto, pero los tres son una unidad: El Padre y yo somos unos (Jn 10,30). Y los dos son una misma cosa con el Espíritu. Y cuando Jesús ora por la unidad en la comunidad dirige la mirada de sus oyentes y lectores hacia la admirable e indisoluble unidad que hay entre ellos presentada como la causa y el modelo ejemplar para una comunión verdadera. Y solamente en esta comunión se alcanza la verdadera felicidad de cada persona.
San Agustín, comentando la Primera Carta de san Juan, escribe: «En esa unión que tenemos con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto, para que nuestra alegría sea completa. La alegría completa es la que se encuentra en la misma comunión, la misma caridad, la misma unidad».
Llama de amor viva, de San Juan de la Cruz
¡Oh
llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más
profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si
quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡Oh
cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda! ¡Oh
toque delicado!
Que a vida eterna sabe
y toda deuda
paga;
matando, muerte en vida la has trocado.
¡Oh
lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas
cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños
primores
calor y luz dan junto a su querido!
¡Cuán
manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo
moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán
delicadamente me enamoras!
Bendecida
jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms
+++Marcelo Alejandro – ms

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