«Una persona tenía una higuera plantada en su viña» Lc. 13,6.
¡Jesús es Bueno!, Todo el tiempo.
«Una persona tenía una higuera plantada en su viña» Lc. 13,6.
El texto evangélico que nos propone s. Lucas, en este 3° domingo de Cuaresma tiene dos partes:
1- (13,1-5) en la que Jesús señala dos hechos trágicos que la gente malinterpreta como castigo de Dios por pecados ocultos o descendente.
2- (13,6-9) hay una pequeña parábola sobre una higuera que no da fruto. Con respecto a la primera, basta destacar que Jesús niega la interpretación de esos accidentes como un castigo de Dios a las personas supuestamente más pecadoras y recuerda que todos somos pecadores.
Voy a centrar mi reflexión de hoy en la pequeña parábola de la segunda parte. Personalmente, me resultan especialmente sugerentes las parábolas, enseñanzas básicas, de Jesús que toman como base la agricultura y sus procesos para explicar a partir de ella el proceder de Dios. Este domingo se nos presenta el caso de una planta (nosotros/as) que no da fruto y la reacción del labrador frente a la, por otra parte, lógica intranquilidad del propietario del campo: «Dijo entonces al viñador: 'Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?'. Pero él respondió: 'Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonarér». (7-8)
Una primera mirada tiene que ver con el “dar fruto” (acción), algo que ya he comentado en otras meditaciones dominicales. La Divinidad Trina quiere de nosotros/as “que demos fruto”. Fruto es algo bueno, que sirve de alimento desde nuestro propio ser hacia otras personas, fruto que convierte en ellos/as todo aquello que la Divinidad espera y nos ha dado, ser para los demás. No se trata de ser “estupendos”, de mirar únicamente por nuestro desarrollo personal en una actitud narcisista, de ser más lindos, los más listos… sino de dar fruto, ser de provecho en los demás. Como la higuera, ser un árbol bien plantado, todos/as llenos de verdes hojas, hermosos/as a la vista por nuestros talentos dados en gracia por nuestra Divinidad… y no ser como la planta que no daba fruto.
Hoy, se nos plantea en la parábola estas dos actitudes que, a una mirada superficial, pueden parecer contradictorias: exigencia y paciencia. La exigencia que pide el dueño del campo y la paciencia que le pide el viñador (interpretemos como si fuera para los responsables pastorales). El camino misional que peregrinamos en este tiempo cuaresmal es exigente, no nos podemos quedar sentados y despreocupados; para nada es un mensaje edulcorado o light que quizá puedan presentar otras propuestas de espiritualidad o, simplemente, de bienestar. Jesús no disimula ninguna de sus exigencias y de las renuncias que pide su seguimiento. Pero la paciencia es también el modo como nuestra Divinidad nos trata y espera de todos: paciente con nuestros fracasos, limitaciones o pecados.
Dos actitudes básicas, exigencia y paciencia son el equilibrio, en mi opinión, todo buen educador y todo buen acompañante espiritual. La falta de exigencia, marcar un horizonte y pedir un esfuerzo en el camino hacia él, no debería desorientar y desmotiva. Los educadores y el acompañante no son “colegas” complacientes. Pero a esa exigencia se ha de unir una “paciencia casi infinita”: paciencia para comprender y acompañar los procesos y cambios humanos que son, por propia naturaleza, lentos y con marchas para adelante o atrás. Procesos y cambios, ambos nuevos signos de los tiempos que por gracia divina e intervención el Espíritu Santo nos son revelados para que maduremos el fruto, la acción inclusiva y a la vez desinteresadamente solidaria.
Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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