Lectura: Isaías 62,1-5 – Salmo 95 – Corintios 12,4-11 – S. Juan 2,1-11.
Comentario Bíblico.
Invitados a implicarnos en lo nuevo de la vida y de Dios
“Su hora se anticipa y anuncia sobre la glorificación de Jesús que se pone de “Manifiesto” en su signo, en su capacidad y su fuerza en el evangelio, que transforma toda vida aguada en una vida plena y feliz.”
Tiempo de Manifestaciones, que comenzamos la semana pasada con la manifestación del Padre sobre su «Hijo amado, a quien ha elegido» (Lc. 3,22). Este segundo domingo continúa estando relacionado con la epifanía: San Juan en su Evangelio resalta la manifestación de Jesús en el primer signo que realiza (programático) en el inicio de su misión. Como invitado, o esponsal, en la Boda de Caná en Galilea junto a María, su madre y sus elegidos. Hoy la Liturgia nos invita, a partir de la actuación de Jesús en la Boda, para abrirnos a celebrar la vida y la esperanza que Dios manifiesta por medio de Jesús y por medio de los signos de vida que encontramos a diario, incluso aquellos signos adversos a nuestra normativa de vida.
San Juan (2, 1-11) nos relata que Jesús, su Madre y sus Discípulos estaban en una boda que se celebraba en Caná. Conviene tener en cuenta que la boda es una de las mayores celebraciones sociales para la época, ahora como personas de fe veamos que la gran fiesta de la boda es la unión de Dios con su pueblo, así lo leemos en Cantar de Cantares y los mismos Evangelios.
Lo peor que puede pasar en toda celebración es que se acabe la comida o el vino. Considero que no habría mayor problema si la fiesta está comenzando, pero no pareció ser así. María y Jesús tienen un diálogo muy íntimo y serio sobre la situación en aquella boda. Me sorprende la actuación de María y Jesús, porque casi siempre se los asocia a la vida de fe y la devoción, a ritos y oraciones, a peticiones y alabanzas, y pocas veces con una fiesta. La verdad es que la vida vivida, construida en unidad y compartida es una gran fiesta no solo del cristiano, sino de cada persona, pueblo y nación.
Las seis tinajas de piedra dedicadas a las purificaciones de los judíos (2, 6-10), representan la Ley que rige la vida del pueblo “vida aguada y la transformación en vino en una vida plena y feliz”. Pero, lo peor es que esas tinajas Esteban vacías. Por eso, lo primero que Jesús hace es mandar a llenarlas de agua. Y no puede ser de otro modo porque la vida se originó en el agua (Gs. 1,2), la vida no puede estar vacía, y aquella fiesta está a punto de quedarse sin vida, se ha quedado sin vino, sin sazón, sin sabor, sin sentido.
Cuando Jesús pide que saquen un poco de las tinajas y lo lleven para que lo pruebe el mayordomo, este se da cuenta de inmediato de la novedad y exclama: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento» (2,10). A lo que debió agregar: ¡Que siga la fiesta! ¡Que siga la alegría! ¡Que despierte la esperanza! ¡Que viva la vida!
El mayordomo no supo realmente de donde venía aquel vino estupendo. Solo, afirma que procede de la bodega del novio, y en este sentido considero que Jesús es el novio, dado que lo cierto es que procede de la viña de Dios. Y es que Dios pone primero lo sencillo, lo simple, lo pequeño, porque acepta nuestra fragilidad y pequeñez. Lo que viene de Él, es la plenitud que captamos en un momento fugaz de fiesta interior que pone de manifiesto la gloria escondida de Jesús que nos invita a seguirlo.
Muchas veces pasa que las instituciones, las organizaciones, la familia e incluso la comunidad eclesial o religiosa, están a punto de quedarse sin celebración, sin vida, sin vino. Está faltando aquel toque misterioso que hace surgir el encuentro, el despertar de todos. Es necesario que fluyan los sueños, los deseos, la esperanza, la alegría y el sabor, para, ello hacen falta personas despiertas atentas, como María, que se atrevan a captar la necesidad de los demás, que resuelvan sin demoras y sin excusas, poniendo término a toda indigencia. Ante las concretas necesidades, concretas acciones.
No esperemos que las situaciones llegan al límite, a que parezca colgar de un hilo de aliento, ¡audacia!, necesitamos para que se dé siempre el cambio, como sucede en Venezuela, Argentina, Palestina o en tantos pueblos y naciones que languidecen por la perversidad o indolencia, aparece este Evangelio para pedirnos que no tengamos miedo a la Novedad de la Vida y de la Divinidad.
Qué grande sería si cada quien sacáramos algo de lo bueno que llevamos dentro de nosotros mismos, por sencillo que sea, para ofrecerlo sin reservas. Con toda seguridad también convertiría la carencia en abundancia. Haríamos que la vida de los demás y la propia se encontraran desbordadas por la abundancia y bendiciones de Dios.
No olvidemos, lo de Cantar de Cantares, la Divinidad se esposa con su creación; la fiesta de la vida necesita ser llenada y con sentido; para así ser quienes damos sabor, sazón al mundo (Mt. 5,13); pidamos con sinceridad y compromiso de corazón (Mt. 7,7-8), Jesucristo y su providencial Madre responderán, porque están atentos a nuestras y todas las necesidades.
Bendecida jornada.
+++Marcelo Alejandro – ms

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