«Ha echado todo lo que tenía para vivir» Mc. 12,44.
¡Jesús es Bueno!, Todo el tiempo.
Lectura: Reyes 17,10-16 – Salmo 145 – Hebreos 9, 24-28 – San Marcos 12, 38-44.
Que me atreva a vivir la generosidad
Estamos ya, muy próximos al Adviento, nuestro tiempo de Esperanzas y la Eucaristía nos invita a profundizar en “la generosidad” que sea capaz de dar sin medidas ni condiciones: darnos uno mismo por entero.
Releyendo a san Marcos, (12, 38-44) nos presenta en paralelo dos actitudes radicalmente contrapuestas: La primera actitud de quien vive centrado en el prestigio, fama, poder, y egos totalmente distinta de quien vive desde sí mismo, desde su desnuda y centrada realidad.
Detrás de un centralizado prestigio (orgullos, ropas y reverencias), el privilegio (honores y primeros puestos, sobrevalorado) y el poder, con su vil avaricia ante la vida. Jesús advierte la necesidad de estar atentos y evitar este tipo de actuación, porque allí se ocultan dinámicas humanas perversas que son capaces en la corrupción ser capaz de cualquier cosa, incluso de matar si fuera necesario.
Por el contrario, la segunda, detrás de aquella actuación que se atreve a dar aún de lo necesario para sí, no de lo que sobra, sino de lo que se tiene para vivir, como es el caso de la viuda en estas lecturas, está la actitud de desprendimiento de quien se experimenta generoso o solidario. Aunque dé poco, no da limosnas, sino que da de sí mismo, de su desnuda realidad.
La persona que dan de sí misma, multiplica cariños, ternuras y sobre todo multiplica su vida. Esta persona revierte la escalada de una actuación perversa, convirtiendo el prestigio y reverencia en trato sencillo, transformando el privilegio y orgullo en humildad, y haciendo que la avaricia ceda paso a la generosidad, la solidaridad.
No caigamos en un simplismo al quedarnos tan únicamente en un simple análisis de los efectos tan manifiestos del prestigio, del privilegio y del poder, sin ir al fondo de estas dinámicas para reflexionar las causas que dan origen a tales modos de actuación.
Meditar el origen o causas de nuestras ansias de prestigio, privilegio o poder no es un ejercicio narcisista, ni escrupuloso (culpabilizador), sino un ejercicio de descubrimiento sano y sanador que nos limpia y lanza a mayores planos de generosidad.
La generosidad es lo que ayuda a transformar el fondo de nuestro corazón la angustia mortal y desesperada que enciende nuestra hambre y nos incapacita para vivir con gusto, alegría y libertad. Si la generosidad que practico no me hace cambiar, es que solamente ha penetrado en las capas superficiales de mi vida, sin tocar la medula de mi ser personal.
Quien vive desde sí mismo, quien sabe reconocer sus riquezas-pobrezas y desde allí se encuentra con los demás, cierra el paso a la maldad, al egoísmo, a la envidia, a la intriga y a la misma muerte. Quien da de sí, de lo que es importante para su vida, construye fraternidad, crea comunidad y provoca auténtica felicidad, y tiene por delante una vida integra y plena.
Que así sea.


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