¡Jesús es Bueno!, Todo el tiempo.
Lectura: Jeremías 31, 7-9 – Salmo 125 – Hebreos 5, 1-6 – Marcos 10,46-52.
Comentario Bíblico.
Los discípulos ciegos
Jesús va de camino a Jerusalén con sus discípulos, a su paso hay bastante gente. Una diversidad que le acompaña compuesta de oyentes de sus palabras, testigos de eventos milagrosos, curiosos/as por conocerle, celosos/as de su comunidad, activistas generosos y seguramente defensores de ideologías, poseedores de verdades.
Los gritos de Bartimeo evidencia que no había sordos, produjo ecos inmediatos en sus reacciones. En todo caso, nos alerta de una ceguera más profunda, dicho como el popular refrán: “no hay peor ciego que el que no quiera ver, ni peor sordo que el que no quiera oír”.
Acallar los gritos del dolor, silenciar los cuerpos, enmudecer las necesidades básicas, margina. ¿Cómo reaccionamos, nos comprometemos, ante las heridas sociales en nuestras calles, la corrupción, explotación laboral, trata de personas, abuso de menores de edad, el desempleo, las desigualdades salariales? ¿Cómo procedemos cuando se habla del clericalismo, de los abusos de poder, de la deshonestidad económica, las vivencias en nuestras periferias barriales, la persona sola, las familias ambas en las calles, los jubilados carentes de sus haberes desactualizados vulnerados en lo asistencial?
La actitud “negativa”, de algunas personas, es silenciar los gritos del dolor de nuestros Bartimeos barriales blindando nuestro corazón, justificando el sufrimiento, no abordando los temas candentes para ser “políticamente correctos”.
En esta misma línea, hay ciegos con conciencias sectarias. En la escena, quieren evitar los gritos escandalosos de Bartimeo mirando para otro lado para no incomodar al Maestro. Ya tienen el grupo en camino, firmándose, el ciego no pertenece al círculo, no está “autorizado” y sus modales no siguen los regulares protocolos.
Las actitudes represivas y sectarias son evidenciadas por Jesús y contrarias a la comunión entre los cuerpos, al discipulado, a la espiritualidad asamblearia.
Bartimeo ¿Qué quieres que haga por ti?
Bartimeo, está solo, en las afuera de Jericó, con el dolor y la experiencia de la marginación. Bartimeo sabe grita fuerte ante la indiferencia y los regaños. Es un ser acostumbrado a los rechazos, y jamás imaginó que Jesús lo llamaría; simplemente quería ‘ver’ (10,51) y termina siguiéndolo durante su última peregrinación a Jerusalén, ya se acerca la Pascua, su Pascua bien distinta y visionaria. Bartimeo pasó de ser un ciego, “descartable” para la religión y la sociedad, a ser un discípulo peregrinando a Jerusalén.
¿Por qué nos sorprende este discípulo de la última hora?
Él puede iluminarnos en la soledad y la desesperación, en las limitaciones y el abandono, en la enfermedad como en la salud. Y de manera especial, en nuestro peregrinar diario del discipulado. Sorprende cómo el ciego agudiza los olores, afina el oído, y confía en la fragancia de santidad y voz de Jesús.
Afinar el oído.
Esta actitud ayuda al equilibrio del cuerpo y también del espíritu. Escuchar a la otra persona posibilitando conocerle mejor. Bartimeo, escucha la voz del maestro y comienza a gritar: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí” (10,47), repitiéndolo con fuerza (10,48). Jesús escucha esa voz que sale de la periferia colocándole en el centro, el foco de atención se modifica; Jesús llama a la persona con discapacidad visual y le pregunta “¿Qué quieres que haga?”, responde: “Maestro, que pueda ver” (10,51).
Luego de ser escuchado el mundo ha cambiado para Bartimeo. El no oírnos simplemente es un gesto de arrogancia, de no vida; escucharnos es un acto de amor, necesario para la buena comunicación. Escuchar y amar aquí significan sinónimos, “escuchar a la Divinidad Trina, al prójimo como a nosotros mismos” (Mt. 22,37-39). Quizá ya estamos metidos en el ruido cotidiano y no escuchamos a la otra persona; peregrinemos con cuidado, despacio agudizando el oído.
Confiar en Jesús.
Bartimeo, en el peregrinar de su fe, es consiente de su ceguera, pero no pierde la esperanza, mantiene sus expectativas, expresa su necesidad. Jesús se detiene, se inclina y lo escucha, se empatiza con su dolor: “¿Qué quieres que haga por ti?”, en tu situación, en este momento. (10,51)
Bartimeo recupera la visión, reavivada en la experiencia personal de la fe; se identifica la compasión de Jesús, es un humanizado Dios nuevo y a la vez distinto. Ya es sanado por Jesús, su fe le ha salvado, (10,52) tiene la opción de agradecer y desaparecer, pero elige ser discípulo, deja el borde del camino para seguir al Camino, la Verdad y la Vida.
Así la fe es una respuesta a muchas de nuestras situaciones, esperanzas: si estamos como ciegos sin camino, Jesús es el camino; si sufrimos la soledad, Jesús nos integra a una comunidad, nos invita cuenta con nuestra disponibilidad misericordiosa para ser luz en la vida de los demás.
Finalmente, la curación de la ceguera es un camino de fe, esperanza y caridad.
La fe es vida, servicio, proximidad. Jesús alienta en este caminar: “Anda, tu fe te ha salvado” (10,52).
Nuestras realidades de marginación, de vulnerabilidad, de periferia, de nativos o migrantes, sufriendo alguna enfermedad, no significan olvido o ausencia de Dios. La esperanza de los profetas, las de nuestros Padres y Madres del Desierto es también la de quienes gritan su dolor, con humildad, para ser escuchados por el Dios de la inclusividad.
Sigamos el camino a Jerusalén, como Bartimeo, allí donde Jesús fue crucificado a las afueras de la ciudad y ofreció su propia vida, con humildad, para liberarnos por amor y sacarnos de la arrogancia. Amén
Bendecida día, recordemos que a diario se nos pregunta «¿Qué quieres que haga por VOS?» Mc. 10,51.

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