«¿De qué hablaban en el camino?» Mc. 9,33.
Lecturas: Sabiduría 2,12.17-20 – Salmo 53 – Santiago 3,16–4,3 – Marcos 9,30-37.
Este domingo profundizamos en las implicaciones que tiene el seguimiento a Jesús. Para ello la Liturgia nos invita a reflexionar sobre nuestra disposición de asumir la cruz, convirtiéndonos en los últimos de todos los servidores de TODOS, como el camino que nos abre a la Buena Nueva de Dios.
Veamos, Jesús va de camino con sus discípulos explicándoles que Él va a morir en manos de los políticos imperialistas y la cúpula rabínica, pero que al tercer día resucitará. Ellos ni entienden ni se atreven a preguntar, sino que se concentran en otro tipo conversación. Ellos van hablando de quién será el más importante del grupo.
Esta realidad, de los discípulos, puede remitirnos a tres huidas que afectan nuestras vidas: Una huida, la de “dar saltos adelantados”, colocándonos en escalones ajenos a la realidad para que la situación tan abrumadora no nos afecte, o porque sentimos que nos aplasta la realidad; otra huida es, “la del desentendido” cuando vamos por la vida tan concentrada en nosotros mismos (distraídos/as) que no captamos lo que sucede a nuestro alrededor; y finalmente, la huida “del inmisericorde” porque deliberadamente damos importancia únicamente a los propios intereses, que casi siempre suelen ser muy mezquinos.
Cuando leo que Jesús dijo: “para ser el primero no hay otro camino que ser el último de todos y el servidor de todos”, me está proponiendo que sea libre, incluso de mí mismo. Y cuando me invita a recibirlo a Él como se recibe al ms simple e inocente ser, me está invitando a abrirme a la novedad Divina que solamente se manifiesta de forma muy sencilla. (1 Ry. 19,13-13)
Claramente que para Jesús, el seguimiento pasa por convertirnos en los últimos y los servidores de todos, sin distinción o reparos, y pasa también por nuestra apertura a lo pequeño, a lo simple, a lo sencillo, lo que pareciera no tener valor, para algunos. Y les aseguro que así es este evangelio fue crucial mara mi desempeño y asunción pastoral.
“Quien practica una y otra vez hasta lograr convertirse en el último y servidor de todos, aprende a desprenderse de sí mismo y de sus ansias de poder y tener.” Se educa para vivir con gusto, dando de sí mismo, de lo que uno tiene y puede, y no lo que aparenta. Y quien se familiariza insistentemente con lo sencillo y lo que pareciera no tener valor, aprende a captar los valerosos signos que el Espíritu Santo revela en la vida, puede atender y cuidar la vida de las personas como la suya propia.
No tengamos miedo de encontrarnos realmente con Jesús en lo cotidiano de nuestros días, para que experimentemos la fuerza de una fe que nos hace transformar las tinieblas de nuestra existencia, genera esperanzas ante la desesperación, nos libera para dar lo mejor de nosotros mismos en el servicio desinteresado a quien nos necesite y nos abre a la amistad gratuita de una Divinidad que se nos manifiesta como Padre y a la vez Madre.
Oremos por nuestra gente, por nuestra Patria.
¡Somos testigos y portadores de esta esperanza!
Muchas realidades tiemblan a nuestros pies. Pero el Reino, Él que porta Vida y Amor, está siempre allí y ahora. Lo estuvo ayer, está hoy, y en su Día, en medio de su gente presencialmente congregada o por medio de la tecnología, nos grita a cada persona: “Ábrete”, a la alegría, a la esperanza, a la felicidad de ser, al esfuerzo siempre renovado en construir un mundo mejor, ya que bien sabemos que son posibles todos los propósitos para hacer el bien, en cualquier rostro con su amor propio y digno.
Ábrete”, a la luz suave y acariciadora de quien en medio de toda realidad de destrucción y muerte, se sabe y se siente llamado a la Vida por siempre duradera.
Que así sea.
Bendecido domingo, recordemos «¿De qué hablaban en el camino?» Mc. 9,33.
+++ Marcelo Alejandro – MS.

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