«Effetá = Ábrete» Mc. 7,34.
Lecturas: Isaías 35,4-7 – Salmo 145 – Santiago 2,1-5 – Marcos 7,31-37.
En principio, la Palabra que hoy nos ofrece el Domingo XXIII de nuestro Tiempo Común nos invita a generar una esperanzadora apertura, a no dejarnos vencer por el miedo, la duda, a mirar y a recibir con preferencia a los más sencillos y los más vulnerables, a admirarles en la bondad que Jesucristo muestra hacia cuantos padecemos enfermedad o sufrimiento.
La intención de Misión Sacerdotal es invitar a cada persona a desarrollar actitudes humanas fundamentadas en los valores del Evangelio, la Torá, el Tanaj, en definitiva dar un mensaje liberador e inclusivo el Anuncio Nuevo, utilizando un lenguaje cercano, cotidiano, vivencial.
Creo que este tipo de mensajes no nos cae mal en ningún momento. A veces pensamos que lo que se nos pide es demasiado o que no somos capaces de hacer algo por las otras personas agotadas, golpeadas, heridas, vulnerables que nos encontramos por el camino de la vida. Tal vez esta es una de las actitudes que tuvo Jesús con esas personas que eran despreciadas y marginadas en su medio social. Cuando le presentaron el sordomudo para que le impusiera las manos, “Jesús se lo llevó a un lado, aparte de la gente, le metió los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua. Luego, mirando al cielo, suspiró y dijo al hombre: ¡Effetá! (es decir: ¡Ábrete!)”.
Esta actitud de cercanía con un ser humano sufriente, que había perdido, o tal vez nunca había tenido la posibilidad de comunicarse o escuchar a los demás, debió resultar sorprendente para los que acompañaban al Señor en su recorrido por territorios extranjeros. Por años “NO” estuvo bien acercarse a mi persona, por parte de algunos tanto en lo familiar como en lo social, era un enfermo por mi condición sexual, un mudo heterogéneo, mucho menos podía jugar en mi infancia con otras personas, fui tildado de ideas avanzadas, enfermo e irreprochables calificativos que no coincidían con mi realidad de vida. Sin embargo, nuestro Maestro no solamente se acercó, sino que como al personaje evangélico metió los dedos en mis oídos y toco la lengua (mente) con saliva, de manera que “mis oídos del sordo normativo se abrieron, y se desató la lengua (entendimiento) y pudo hablar bien (comprensión)”. Este hombre, persona vivió, vive seguramente, el momento más importante de su vida. Mi, vida colmada de dignidad, inclusividad, de testimonio de vida, limpieza en lo simbólico y sagrado de toda su carga negativa lo cual por consiguiente me hizo sentir atendido, respetado y bienvenido en mi limitación.
Cualquiera de nosotros/as podría decir ante este milagro de Jesús: “¡Eso es imposible para mí! Yo no sé cómo hacer ese tipo de milagros…, quizás no lo sepas porque como yo eres parte del milagro. No sé cómo devolverle a una persona sorda su capacidad de oír, o a una persona muda su capacidad para hablar”. Si estás aquí entre nosotros ya lo estás haciendo con tu testimonio y acciones de vida. El Señor nos diría: “No te pedimos tanto. Sencillamente, trátalo como un ser humano…”. Tal vez ese es el mejor milagro que podemos hacer hoy.
Oremos por nuestra gente, por nuestra Patria.
¡Somos testigos y portadores de esta esperanza!
Muchas realidades tiemblan a nuestros pies. Pero el Reino, Él que porta Vida y Amor, está siempre allí y ahora. Lo estuvo ayer, está hoy, y en su Día, en medio de su gente presencialmente congregada o por medio de la tecnología, nos grita a cada persona: “Effetá – Ábrete”, a la alegría, a la esperanza, a la felicidad de ser, al esfuerzo siempre renovado en construir un mundo mejor, ya que bien sabemos que son posibles todos los propósitos para hacer el bien, en cualquier rostro con su amor propio y digno.
“Effetá – Ábrete”, a la luz suave y acariciadora de quien en medio de toda realidad de destrucción y muerte, se sabe y se siente llamado a la Vida por siempre duradera.
Que así sea.
Bendecido domingo, recordemos «Effetá = Abrete, » Mc. 7,34.
+++ Marcelo Alejandro – MS.

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