«¿También ustedes quieen irse?» Jn. 6,67.
Si bien reconocemos que es nuestra Divinidad y nosotros/as sus herramientas útiles, por haber experimentado su bondad y las bendiciones a nuestras obras, como en cada Eucaristía la vive el Pueblo de Dios, nos une en los sentimientos, renovándonos sin esperarlo.
Nuestro peregrinar nos lleva a aspirar una relación humana nueva, inspiradas en el modelo del respeto, aceptación, y un profundo amor que Jesús nos otorgan en el libre albedrío. A la luz de ese amor viviremos toda nuestra vida y desde la fe cobrar un pleno sentido.
Frente a los signos realizados por Jesús en este capítulo 6 y la reacción de algunas personas vulnerables, a la que se sensibilizó, escucho, alimento y hasta las liberó se alejan, (6,66). Hoy vivimos en una sociedad en la que se cree estar de vuelta de todo. Y ante esta situación, buscan una salida a sus opresiones, o necesidades. Lo triste de hoy como ayer es que son varios los Ministros sedientos de vender algo de fe a un gran precio ante la desesperada demanda que les endeuda, malgastando sus ahorros en la manutención de esos tóxicos sátrapas. «Señor, ¿a dónde iremos?» ¿A quién y con quién iremos? (6,68).
Tenemos una sociedad mal saciada y muchas veces bien sumisa a la desidia. Hay quienes tienen hambre de tantas cosas, que quizás no tienen tiempo de ocuparse de ellas y de su espiritualidad. Algunas personas están tan hartas, que tampoco reaccional ante el hambre de Dios. En cambio, Jesús sigue ofreciéndose como pan de vida, como cáliz de salvación un verdadero alimento y bebida que puede saciar y llenar ese sentido la vida humana de nuestro tiempo. Por en Su carne y Su sangre eucarística se encierra en sentido de la fe y la vida. Nuestra Iglesia, como otras demás denominaciones emergente del siglo XXI, sigue ofreciendo a Jesús, Cuerpo (pan) y Sangre (vino) de vida en cada una de sus eucaristías.
Muchos que eran seguidores de Jesús, ya no quieren tratos con Él, “deciden volver a Egipto”, (Éx. 16,3) en lugar de transitar por la tierra de la buena comida. ¿Se habrán escandalizado como aquellos de los que hoy nos habla el Evangelista? Tal vez se hayan visto encandilados, allá por 1980 en particular me escandalizaron desde los pulpitos, por otras realidades o multiversos que me/nos hayan apartado del camino de la fe. Nos han robado el corazón, el afán de poder, el miedo, el placer, las posibilidades consumir su comunión. Y aunque en importante mitrada grite al mundo que en sus denominaciones “TODOS son llamados e invitados”, miente. Miente cuando no podés acceder por limitación alguna al orden ministerial; miente cuando priorizan los sacramentos para una elite heterogénea. Así como quienes se apartaron, nos fuimos. Debemos ser muy cautos al volver y en donde volver porque la “fe” como en todo lo que los mercados del mundo la venden a cambio de la obtención inmediata de felicidad. Cartón pintado de mármol, y hay quienes fogonean bien su discursito vendedor para embaucarles.
En una comunidad cristiana, oprimida por la estructura y en tales casos basada en hegemonía colmada de prohibiciones que no dan paso a la libertad de principios o decisiones personales para así gestar su mala misión, espanta. Cada vez somos menos, que afirmamos nuestro lugar de pertenencia y convicción de fe (6,68-69) al menos en Misión Sacerdotal y en algunas comunidades hermanadas, sigue sin vigente su pregunta: ¿También ustedes se quieren marchar? ¡No!, queremos irnos, como el junco nos doblaremos, pero nunca nos quebraremos, sabemos que ofrece, que comparte, que nos da de comer y de beber; sabemos como es nuestra incondicional fidelidad. Hubo y habrá diferentes formas para marcharnos de una denominación, pero nunca de la fe.
Lo más común es olvidar toda aquella carga negativa respecto a la descontextualización sobre las enseñanzas y referencia de Jesús en su Evangelio. También hay formas más delicadas o políticamente “correctas”, como poner un freno al “chusmerío” destructivo y mal intencionado, al discurso tácito y en suspenso comunitario y/o la experiencia en la Divinidad a lo más íntimo de nuestro ser. Para algunas personas la fe es una realidad que transforma vidas, o mejor reforma la vida y no se quita al pasar de ocasiones como evento tradicional o situaciones de dificultad como el miedo ante la enfermedad, la muerte, o el pecado. En su Carne y Sangre todo es revalorizado, limpio y potenciado así Jesús lo encomendó, lo enseñó a sus seguidores para hoy tenerlo recopilado en su evangelio y nuestro ministerio. ¿Nos retiraríamos? ¡Sí!, pero de la tradición de la no vida, de un Jesucristo mal presentado.
Es incómodo vivir lo religioso desde una reforma radical, que impida adaptarnos en una sociedad que se aparta frecuentemente de compromiso Evangélico.
La fe, que nos propone el Evangelio, tiene que pasar por una elección libre, al sentir la llamada del Maestro, otra Iglesia, otra comunidad es posible, tiene que resultarnos tan necesaria e imprescindible como el alimento de cada día. La fe no es una realidad que se incorpora como un piercings de moda a nuestros cuerpos o vida, si una forma diferente de ser y una nueva modo de vivir, que llena de alegría y esperanza al creyente. Es abrirse a una visión nueva y positiva para el mundo en que vivimos.
Es Jesucristo nuestro verdadero pan del cielo, un pan que tenemos que digerirlo, haciendo nuestra su causa Evangélica. Como todo pan, que se endurece por no consumirlo. Nosotros tenemos que hacer acción la de san Pedro (6,68).
La fe cristiana no sirve si se presenta con imposiciones.
La fe se propone, libre y esencial para seguir a Jesús.
Somos la comunidad cristiana que come y bebe con Jesús en la mesa de la Eucaristía, somos la misma gente de: (Jn. 2,1-11; Lc. 19, 4-10; Mt. 14,13-21; Mt. 26,6-13; Mc. 14:12-15; Lc. 24,3-31; Jn. 29,1-10).
Una sacramental realidad que no mira exclusivamente lo sucedido en la Última Cena, si bien nuestra reforma es nostálgica del pasado en letras y formas, nos proyecta hacia la otra orilla de la Vida Eterna.
Un mundo nuevo nos es posible
«El pan y el vino de la Eucaristía es alimento y bebida de vida, nos da fuerzas y nos reconforta en el caminar diario. No podemos desentendernos de Jesús, de experimentar cada día su cercanía y amor con sabor a trigo cocido y uva fermentada. Sabemos que nunca estamos solos. Jesucristo cumple su promesa y nos espera en su mesa.»
Hacer nuestra causa el Evangelio pasa por establecernos en una relación nueva en todos los ámbitos de nuestra vida. En las relaciones personales e interpersonales, en nuestros espacios de acción y convivencia, como la manera de entender el amor. En Jesucristo tenemos el modelo que nos ama primero y que ama a la Iglesia, a nosotros/as, y al mundo entero por el cual dio y con llama a dar la vida. Jesucristo nos impulsa a luchar por un mundo más humano y haciéndolo más de Dios, más en la Trina y Única Divinidad. Un mundo nuevo nos es posible.
Bendecido domingo, recordemos que la frase «¿También ustedes quieren irse?» Jn. 6,67. No corre para con nosotros/as.
+++ Marcelo Alejandro – MS.

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