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XIX Domingo del Tiempo Común – agosto 11

«Él es el pan de vida» Jn. 6,48. 

Lecturas:de Reyes 19,4-8 – Salmo 33 – Efesios 4,30–5,2 – Juan 6, 41-51.

Comentario Dominical

A veces nos visita el conflicto

No podemos hacer nada ante todo por evitarlo. Ser parte de la condición humana, en mayor o menor medida nos, afecta. Hay conflictos de todo tipo y de distintos grados; sanitarios, educativos, laborales, preventivos, libertades, confinamientos, clases sociales, diversidad sexual, desempleo, alimentos, servicios, aumentos impositivos y desigualdad económica, escasez de recursos, que nos tocan personalmente; ahora sumemos los que se mueven a escala internacional.

Jesucristo, experto en conflictos a lo largo de todos los Evangelios, fue confrontado por los judíos los mismos a quienes acaba de alimentar, de enseñarles el don de compartir con tan solo dos panes y dos pescados, no quisieron entender el signo realizado. Lo fácil sería escapar de ese momento, las descalificaciones duelen y traen sufrimiento al entorno. (Lo Vivo) Pero lo más evangélicamente humano, es servirse de ellos para crecer, entenderles desde la perspectiva de una oportunidad positiva. Estamos a tiempo para iniciar el diálogo, pero ante todo como Jesús estar más dispuesto a la escucha, las palabras siempre aumentaran la fe. Aún tenemos en lo humano herramientas para afrontar los conflictos. Quitarnos el miedo es el primer paso, confiar en las enseñanzas de La Palabra y ponerla en acción con bondad constructiva entre todas las personas.

Cuando el conflicto se convierte en problema

Lo más habitual suele traer al presente esto de la corrección fraterna (Mt 18.15-17). Algunas personas llevan en su mochila textos fuera de contextos y dificultades no resueltas o enquistadas, pretextos que terminan en fracaso. Por consiguiente este fracaso les confronta a diario, inquisidoramente arrastran al entorno a vivenciar y atestar en el mismo nudo. Esto sucede a nivel interpersonal, comunitario o familiar, incluso lo vemos en el ámbito político e institucional.

Ocultar los caprichos e intereses enmudecen al diálogo, nos enfrentamos y cerramos con problemas sin ánimos de resolver. Con actitudes que derriban los puentes del encuentro, demorando las posibilidades para avanzar en comunión y en unidad peregrinar. La solución, tirarlo todo, no vivir encerrado en la no vida de las otras personas que solo aportan más prejuicios: lo experimentan los judíos, que encasillan y descalifican a Jesús, ya que “conocen a su padre y a su madre” (6,42). Es habitual, para muchos es vivir sin hambre, sin un deseo profundo de algo más, con una puerta cerrada que enfrasca a su gusto la fe, sin la experiencia vital de la Divinidad, para al menos aceptar esa realidad en los demás: no seamos como aquellos mismos judíos/as, presos de una tradición sin representación política y espiritual, sin visión y misión, alejada de la vida comunitaria, y cerrarse a la propuesta de Jesús. Cuando falta la actitud de aceptación y respeto, entre comunidades, instituciones, laicos/as, clérigos, obispos fallará el encuentro.

Para vivir lo eterno, es bueno alimentarnos

El Pan eucarístico, prefigurado en aquella experiencia, han sido de solidez para una multitud de personas a lo largo de la Historia, la cual estamos involucrados. El alimento de la Palabra de Divina nos pone de pie como lo hizo con generaciones de cristianos/as, que han reconocido en Jesús al verdadero Pan que es su vida; que no es “comida rápida” que la solicitamos por App, no llega sola a nuestros cuerpos, también atenta nuestra manera de vivir y vivir la fe. Nos vale aquel alimento que como nuevo pueblo reconocemos en Jesús, ese que nos fortalece en el presente y se nos asegura para la eternidad. En nuestro interior hay un profundo hambre que solo en Jesús podemos colmar por completo. Concretamente escucha y acción.

Tener fe para seguir caminando

Es muy común escuchar en algunas amistades mías del activismo: “Yo no tengo fe y no creo en las iglesias”, son aquellas que no han estado en contacto con experiencia cristiana, pero también lo escuche de amistades bautizadas, personas que en su “primera juventud” participaban activamente en alguna parroquia, donde fueron presa fácil de la descontextualizada experiencia cristiana.

¿Dónde está el secreto? ¿Será que hay ausencia de deseo en la persona? ¿Qué nos falla en las mediaciones necesarias para que se produzca el encuentro? Jesús define la fe como una atracción: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió” (6,44). Mi experiencia religiosa se asienta sobre una Divinidad atrayente, siempre receptivo al encuentro, que toca lo afectivo desde la seducción. Y esa experiencia de ser cautivados no es estática, sino que se pone en marcha e invita a seguir caminando juntos, a jugarnos la vida por un proyecto. Una fe, una seducción, que se desea, se pide, y se vive junto a los demás. Jesús ante el gentío decidió retirarse, pero el interés personal de algunos lo siguió a la otra orilla (6,25) y en verdad no fueron por el signo visto y vivido fueron por el interés del pan.

Tu iglesia, religión, o clérigo te obliga a vos y no a nosotros. Nuestra religión me obliga a mí no a ustedes”, pudo haber sido este un pensamiento de Jesús en su tiempo como en el nuestro. Cuando esta primera parte de la frase te suceda, retírate como leímos (Mc. 6,30-34), que nos planteó el regresar de la misión para “estar con su Maestro”, también es trascendente en la actividad misionera, y preciso, “ir, vayan a la gente” y “vengan conmigo”, son dos aspectos inseparables de la actividad apostólica, actividad nuestra como bautizados.

En la intimidad en Jesús, podemos descansar, podemos confrontar los conflictos para encontrar nuevas herramientas, fieles, fuerzas para seguir el camino salvífico. Este retorno para estar a solas con el Maestro es un aspecto de gran importancia para la vitalidad propia de creyentes. Como bien decíamos en el XVI Domingo: “Con un oído en el pueblo y otro en el Evangelio” ahora hoy, “Siempre desde la Divinidad y siempre para los demás”. Ante el conflicto, el cierre al diálogo como Jesús retírate “sacude el polvo del tiempo mal invertido”. (Mt. 10,14)

Hoy en este evangelio está latente una doble tensión: por un lado, descansar y estar a solas con la Divinidad no implica desentendimiento del curso cotidiano de la vida. Por otro, ante la demanda que hubiese, es muy necesario dedicar tiempo para nutrirnos y reintegrarnos a la acción misionera en la totalidad de la vida cotidiana. Se nos convoca a deconstruir, deshacer analíticamente todo para darle una nueva estructura. Utilizando también el sentido figurado aplicado a nuevos ámbitos. En otras palabras continuar y actualizar la formación, clases, talleres, retiros, y esto, exige un tiempo de gran inversión. “Tengamos fe para seguir caminando”

Oremos por nuestra gente, por nuestra Patria.

Jesucristo, Maestro de la historia, te necesitamos.

Nos sentimos heridos y fastidiados. Necesitamos tu alivio y fuerza.

Queremos ser una patria, cuya identidad sea la pasión por la acción, la verdad y el compromiso por el bien común.

Danos la valentía de la libertad Divina para amar a todas las personas sin excluir a nadie, privilegiando a los más vulnerados y reconciliándonos con quienes nos ofenden, detestando los discursos de odio y construyendo en armonía la paz.

Concédenos la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda.

Tú nos invitas. Aquí estamos, Maestro y Señor, cercanos a María Santísima, que desde Luján nos dice: ¡Argentina! ¡Canta y camina!

Jesucristo, Maestro de la historia, te necesitamos. Amén.

Bendecido domingo, recordemos «Él es el pan de vida» Jn. 6,35.

+++ Marcelo Alejandro – MS.

www.esiglesia.org

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