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XVIII Domingo del Tiempo Común – agosto 4


«Quien viene a mí no tendrá hambre» Jn. 6,35.

Lecturas: Exodo 16, 2-4. 12-15 – Salmo 77 – Efesios 4,17.20-24 – Juan 6, 24-35.

Comentario Dominical

Cristo, el pan de vida que sacia nuestras aspiraciones más profundas, aun en estos años.

San Juan, el discípulo amado por Jesucristo (Jn. 21.20), en su Evangelio que venimos leyendo hace algunos domingos sobre como Jesús sale al encuentro de la multitud, saciando sus dolencias y necesidades. En su narración san Juan cambia la perspectiva: la multitud, satisfecha (atorada) por él, ante el pan que les brindo lo busca. Para ser su líder político. Proyectemos esta escena en el tiempo, imaginémonos en medio de aquella multitud a cada persona que conocemos, en busca de la Divinidad en nuestros días, ancianos, enfermos, discapacitados, desempleados, vulnerados, lgbttiq, viudas/a, solas/os, dormidos, desorientados y trabajados, personas sin causas. Ante una demanda “estéril” y la falta de representatividad política y religiosa es mucho el gentío, aunque no queramos reconocerles, ya que utilizan un lenguaje y unas actitudes no fáciles de interpretar según las pautas habituales. Sin embargo, comparten con la multitud que busca a Jesús la misma hambre de Dios, aun cuando ni ellos mismos lo perciban o reconozcan.

Por momentos, me impresiona la relación (hasta por minutos la envidio sanamente), que establecía Jesús ante la multitud, a él eso no le basta, quiere que esas personas lo reconozcan para que un encuentro más profundo con él produzcan cambios relevantes en sus vidas. Nuestras vidas.

A pesar de todo, Jesús les invitó a cambiar de perspectiva, a superar el intrínseco horizonte en el que viven para que descubran otras necesidades más profundas que laten en sus corazones. Y también para saber más en su persona, para preguntarse sobre los sucesos que están afectando, viviendo, dando todo por descontado. Retirarse y balancear lo sucedido.

La multitud escucha la invitación, pero como de costumbre hasta nuestros días, no comprende bien el sentido de las palabras de Jesús: «¿qué hemos de hacer para llevar a cabo las obras de Dios?» (6,28), le preguntan. Ellos entendían que se trataba de aumentar las acciones piadosas, las obras que debían hacer para salvarse, según la orientación sin sentido espiritual y social de los maestros de la ley mosaica: oraciones, ayunos, ritos… (Sal. 51,18) Jesús, en cambio, les sorprende diciendo que la obra de Dios no consiste en hacer más cosas, como a veces pensamos también nosotros/as. Jesús exige una sola acción simplemente las mismas acciones deben hacerse de corazón, con sentido; creer en él, recibirlo como el enviado del Padre.

En la fe de Jesucristo tenemos la proteína, el hidrato que llena nuestra vida de sentido y de sabor. Si entablamos una relación de amor y confianza con Cristo también podemos hacer “buenas acciones, obras” que huelan al pedido del Evangelio, para gloria la Gloria de la Divinidad y el bien de nuestros hermanos/as. La fe es gracia y don Divino, pero también requiere de nuestra acción, tarea y respuesta de la persona creyente que se refleja para nuestro estilo de vida.

Por el momento me queda compartirles lo siguiente: “Jesús, danos siempre de este pan” (6,34), suplicamos como creyentes, al igual que lo hizo la Samaritana pidiendo el agua viva (Jn. 4,17). Nuestro Maestro se revela abiertamente: “Yo soy el pan de vida. Quien viene a mí no tendrá hambre y quien cree en mí no tendrá nunca sed” (6,35). Es más que claro que la Divinidad aún confía en la humanidad, sigue esperando, sigue nutriendo, alimentando a su nuevo y renovado pueblo, la Iglesia, y a cada persona, con ese pan que sacia y que no es otro que Cristo Jesús, su propio Hijo, Dios Hijo.

Bendecido domingo, recordemos “Quien viene a Él no tendrá hambre Jn. 6,35.

+++ Marcelo Alejandro – MS.

www.esiglesia.org

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