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XVII Domingo del Tiempo Común – julio 28

 

“Jesús tomó los panes y los repartió” Jn. 6,11.

Lecturas: Reyes 4, 42-44 – Salmo 144 – Efesios 4, 1-6 – Juan 6, 1-15.

Comentario Bíblico
“Si apuestas al amor, soporta las traiciones, las tristezas, los desengaños que nos quedan cuando el amor se aleja, las incómodas noches de incertidumbres de algún ¿por qué fue?, las amistades perdidas porque no comprenden cuánto tienes o cuánto vales.

Amigo, hermano/a no arriesgues la partida, brindemos por la vida. El resto es espejitos de strass, simple chuchería”.
+++ Marcelo Alejandro - MS

Palabras más palabras menos tiene una canción muy popular en Colombia, de Jorge Villamil. Seguramente, inspirada en experiencias de decepción y desengaño muy profundas que todos hemos tenido en la vida: amistades que parecían sólidas y sinceras, desaparecen con el asomo de un fracaso en el caminar. Amores que se juraban fidelidad hasta el final, se esfuman como el humo. Alianzas, pactos, comuniones aparentemente sagradas, se quiebran ante los problemas de ego, divismos en las partes. Relaciones que nunca resultan, por mucho que uno en tiempo inviertes en ellas…

Estas experiencias de desengaños y desilusiones, que se repiten en nuestras relaciones cotidianas, aparecen muchas veces también en nuestras relaciones con la Divinidad. Parecería que le buscamos porque tenemos un interés particular que nos mueve, y cuando no nos responde como esperábamos, enseguida nos decepcionamos de sus promesas y de sus palabras. Sin embargo, nos ve «como ovejas sin pastor y Él se compadece de nuestro desplante» (Mc.6,34) perdemos el rumbo, la visión, el norte; “interés, cuánto valés”, dice el refrán popular. En este sentido, podemos caer muy fácilmente en una espiritualidad narcisista, egocéntrica, basada en el ninguneo y descalificación desmedida a través de la cual nos buscamos a nosotros mismos, persiguiendo únicamente el propio beneficio y la satisfacción de sentirnos bien. En lugar de ser una espiritualidad que nos exija salir de nuestro propio yo, nuestro propio amor, querer e interés, buscamos relaciones cómodas con un “Dios” relacionado a nuestra conveniencia, la cual no nos da de comer, sino que Dios come de nuestro plato. ¡No!

Dada la brevedad del Evangelio según san Marcos, cuya lectura continua veníamos haciendo, la liturgia de la palabra de este domingo, y de los cuatro siguientes, girará en torno a la multiplicación de los panes y al discurso eucarístico que sigue en el Evangelio de san Juan.

La fuerza del texto está en la generosidad de Jesús al multiplicar el pan y los pecados para una GRAN muchedumbre, con hambre, me llama la atención lo que dice el evangelista a propósito de la razón por la que seguían al Maestro: “Mucha gente lo seguía, porque habían visto las señales milagrosas que hacía sanando a los enfermos”. Esto ayuda a entender la actitud de Jesús al final de este pasaje, cuando dice: “Pero como Jesús se dio cuenta de que querían llevárselo a la fuerza para hacerlo rey, se retiró otra vez a lo alto del cerro, para estar solo”. Se dice por los barrios “más vale estar solo que mal acompañado”. Está claro que para Jesús la política o el reinado de este mundo, cargado de facturaciones fraudulentas, negociados internacionales o partidarios, doble asiento de los ingresos uno blanco otro en negro, la mordida de los impuestos incluso el del César, el manejo económico de los sacrificios en el Templo, la caja chica que ronda en los puestos de la zona. Debió sentir que su apuesta por el amor y la generosidad no había sido bien recibida.

¿Qué buscaban los que querían llevárselo a la fuerza para hacerlo rey? Obviamente que una salida a la tirana esclavitud vive a costas del imperio romano y sumado la opresión por parte del estado y religión local. A lo mejor pensó para sí mismo: “¡cuántas traiciones!, ¡cuántas tristezas!, ¡cuántos desengaños!” Jesús debió sentir que la gente le decía: “Amigo, cuánto tienes, cuánto vales”, con una filosofía que no parece que fuera solamente de hoy, sino de todos los tiempos… y me pregunto si no es así mi propio seguimiento. ¿Acaso no lo vivimos a diario?

El milagro no es multiplicar, el signo es el compartir.

Para el Pbro. José Antonio Pagola, un creyente apasionado por Jesús, el contenido del relato es de una riqueza. Siguiendo su costumbre, san Juan no lo llama «milagro», sino «signo». Con ello nos invita a no quedarnos en los hechos que se narran, sino a descubrir desde la fe un sentido más profundo de lo que en realidad en el campo está sucediendo.
Al centro del escenario está Jesús, nadie del público le pide que intervenga. Él mismo es quien intuye el hambre de la gente y plantea la necesidad de alimentarla. Es conmovedor saber que Jesús no solo alimentaba a la gente con la Buena Noticia de Dios, sino que le preocupaba también el hambre de sus hijos.

¿Cómo alimentar en medio del campo a una muchedumbre? Los discípulos no encuentran ninguna solución, el dinero no alcanza. No se puede pensar en comprar pan. Andrés piensa que se podría compartir lo que hay, y solo un muchacho tiene cinco panes y un par de pescados. ¿Qué es eso para tantos?

Ese muchacho sin nombre ni rostro va a hacer posible lo que parece imposible. Su disponibilidad para compartir todo lo que tiene es el camino para alimentar a aquellas gentes. Jesús hará lo demás. Toma en sus manos los panes, da gracias y comienza a «distribuirlos» entre todos.

La escena es fascinante. El milagro o el signo es eucarístico. Una muchedumbre, sentada sobre el pasto verde, compartiendo de arriba un alimento. No es un banquete de ricos. No hay vino ni carne. Es la sencilla comida de la gente que vive junto al lago: pan de cebada y pescado. Una comida fraterna servida por Jesús a todos gracias al gesto generoso del compartir de un joven.

Esta comida compartida era para los primeros cristianos un símbolo atractivo de la comunidad naciente de Jesús para construir una humanidad nueva y fraterna. Nos evocaba al mismo tiempo a la eucaristía que celebraban el día del Señor para alimentarse del espíritu y la fuerza de Jesús: el Pan vivo venido de Dios. El Agape, una celebración de amor.

Oremos por nuestra gente, por nuestra Patria.
Jesucristo, Maestro de la historia, te necesitamos.
Nos sentimos heridos y fastidiados. Necesitamos tu alivio y fuerza.
Queremos ser una patria, cuya identidad sea la pasión por la acción, la verdad y el compromiso por el bien común.
Danos la valentía de la libertad Divina para amar a todas las personas sin excluir a nadie, privilegiando a los más vulnerados y reconciliándonos con quienes nos ofenden, detestando los discursos de odio y construyendo en armonía la paz.
Concédenos la sabiduría del diálogo y la alegría de la esperanza que no defrauda.
Tú nos invitas. Aquí estamos, Maestro y Señor, cercanos a María Santísima, que desde Luján nos dice: ¡Argentina! ¡Canta y camina!
Jesucristo, Maestro de la historia, te necesitamos. Amén.

Bendecido domingo, recordemos “Jesús tomó los panes y los repartió” Jn. 6,11.
+++ Marcelo Alejandro – MS.

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