XI Domingo del Tiempo Común – junio 16
Lecturas: Ezequiel 17, 22-24 – Salmo 91 – 2da. De Cor. 5, 6-10 – S. Marcos 4, 26-34
Esta semana continuamos destinados y profundizamos en la vida y la fe de quienes desean convertirse en amigos/as
de la Divinidad.
Las parábolas de Marcos (4, 26-34) nos invitan a pensar sobre dos aspectos sencillos, pero muy decisivos para nuestra vida de fe: en el transcurso de la vida hay un nivel de intervención que sólo es de Dios (la semilla de trigo, que crece por sí sola); y otro, que la fecundidad de la vida surge a partir de cosas muy pequeñas (la semilla de mostaza).
Jesús nos dice que la semilla sembrada nace sin que el sembrador (nosotros/as) sepamos cómo sucede, ¿qué está advirtiéndonos?, que, así como hay un nivel de intervención nuestro para que las cosas se den, también hay otro nivel en el que solamente la Divinidad interviene. Y no es que nada tengamos que hacer o por eso debamos entonces desentendernos del curso de la vida, sino que allá, en lo profundo del corazón humano, donde está sembrada la semilla que nos da auténtica y plena vida, solamente actuará Dios, quién sabe cuidar para hacernos fructificar a su tiempo.
Estas dos parábolas, de forma directa, nos invitan a estar muy atentos al don que Dios ha dado a cada persona, Así como un lobo disfrazado de cordero puede hacernos creer que las fuerzas del cielo lo acompañan demos tener bien en claro que el don que ha puesto en las realidades de este mundo y al don que Él/Ella hace surgir a cada instante, en quienes hacen, hacemos la voluntad del reino, en quienes respetamos y defendemos la vida en nuestras ramas (manos) para que nos dispongamos a una fe que sabe de fecundidad por trabajar con las mismas manos Divinas, que saben dar porque de Él aprendió la generosidad, y sabe de esperanzas porque se ha curtido en el corazón misericordioso del Señor.
Respetar y reconocer la vida de cada persona en particular las más vulneradas de nuestra sociedad es atrevernos a dejar actuar a Dios en nuestras vidas y en la vida de las demás personas, para que su chispa, su gracia y sus dones, vuelvan fecunda nuestras casas, nuestras cosas, los caminos y las veredas, en cada instante de nuestra existencia.
Bendecido domingo “¿Con qué compararemos el reino de Dios?” Mc. 4,30.
Bendecido día del Padre
+++ Marcelo Alejandro – MS.

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