«Ya no les llamo servidores, les llamo amigos»
Evangelio de san Juan 15,9-17.
Comentario Bíblico
Llegamos a la 6ª semana de nuestro Tiempo de Resurrección, la Liturgia nos invita a pensar sobre el centro más vital de la experiencia humana y cristiana: la medida del amor.
San Juan en su evangelio Jn. 15,9-17), Jesús comienza diciendo: “Como el Padre me ama, así —les— amo Yo; permanezcan en mi amor”. Se trata del modo de amar y de actuar que el Maestro tiene para con TODOS. Amar como ama el Padre es amar de forma creadora y creativa, donde todo puede comenzar nuevamente. Este modo de amar es el que aprendió Jesús. Lo recibió del Padre de una manera fecunda de relacionarse que da consistencia a las personas porque las sirve, acompaña, cuida y nutre desde la realidad propia de cada ser.
El modo de amar Jesús es personal y personalizado. El tamaño y el alcance de su amor y servicio se convierten para nosotros en la medida del amor-servicio que manifestemos a los demás. Un amor y un servicio como el San Jose su Padre por opción. Recordar a San José un ser sinónimo del amor más allá de los sentimientos y rencores humanos, él siempre recibe y acepta lo que el Ángel reveló (Mt. 1,20), es protagonista de la paternal adopción, recordemos que tal adopción es la forma más sublime de paternidad o maternidad.
Así Jesús se desarrolla, vive resguardado en la sombra de la Palabra de Dios que les tomó, les eligió para su plan salvífico. Contemplar a José es volver a Jesús y a la alegría del evangelio, san José protegió a la Madre de Dios y ayudó a criar, educar, enseñar un oficio al Señor del Universo. Si bien no hay ninguna palabra suya en los Evangelios, hay gestos relatados, crezcamos en la capacidad de la ternura, que es la forma más madura del amor humano.
Maria Santísima que por amor reconoce, en amor acepta, y por amor ordena (Lc 1, 34.38. Jn. 2,5.), esta entrega, aceptación y servicio, son valores y acciones permanentes del amor en el que Jesús se cría, aprende y acciona. Es una equivalencia que se asume sin miedo, sin reparos y sin reservas su modo de acción. La ternura de los elegidos de Dios nos acerca en la aceptación de todas las personas, como gesto de AMOR, fruto de la Pascua, en nuestra Misión Sacerdotal no dejamos de ser parte del Pueblo de la Divinidad donde cabemos todas las personas. TODAS.
Este mandamiento, nuevo, de Jesús no deja de sorprendernos. Estamos tan acostumbrados a amar y servir según nuestra medida que llegamos al extremo de justificar nuestros pequeños y endebles gestos de servicio o de generosidad. Pero para la cristiandad, incluso para todo hombre y mujer, la medida del amor no está en uno mismo. Sería egoísta reducir el amor y la misericordia al tamaño de nuestro corazón o al tamaño de nuestra limitada existencia.
Amar como nos ama Jesucristo es devoción, por las personas y por la vida de cada una de ellas. Quien aprende a amar y a tratar como lo hace Jesús, es capaz de construir amistad más allá de cualquier obstáculo, es hacer inclusiva su mesa, su viña, porque ha experimentado que ha sido amado y sigue siendo amado. Y es que la auténtica altura humana de todo hombre y de toda mujer es la altura de su amor y de su servicio.
Cuando Jesucristo nos dice “no son ustedes los que me han elegido, sino Yo quien los ha elegido y los ha destinado para que vayan y den fruto y su fruto permanezca”, nos plantea dos aspectos relacionados e importantes para la calidad de nuestro amor y servicio: uno, ser seguidor/a de Jesús, o desempeñar alguna misión, ministerio o servicio en su nombre, no es un asunto de nuestra propiedad, sino de Dios; y segundo, la permanencia y fortalecimiento de los frutos en nuestra misión dependen de la experiencia de sentirnos enviados.
Experimentar que somos capaces de amar a las personas con el mismo amor que la Divinidad nos tiene, y junto a esto, sentirnos invitados/as y enviados/as por Ella, sin apoderarnos de nada, para ir a donde haya urgencia de generosidad y servicio, es como podemos surgir en la alegría que planifica y llena de sentido nuestra existencia. Una alegría que sabe convertir las tristezas en ocasión para la esperanza. Incluso, una alegría que sabe ponerle a la muerte la difícil meta de generar nueva vida como lo hace Dios Padre-Madre de TODOS.
Bendecido domingo “Ya no les llamo servidores, les llamo amigos/as”, aleluya, aleluya, aleluya.
+++ Marcelo Alejandro Soria – MS, sva.
Sitio Web: esiglesia.org

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