«Dejarnos podar para dar frutos» Jn. 15,1-8.
Lectura: Hechos 9, 26-31 - Salmo 21 - Primera Carta de San Juan 3, 18-24 - San Juan 15, 1-8.
Comentario Bíblico
Para quienes estamos observamo
s y familiarizados con los cultivos de nuestras huertas o macetas, inmediatamente nos damos cuenta de que las planta está formada por un conjunto de elementos que necesita entre sí. Elementos que uno no puede vivir sin el otro. La raíz necesita del tronco y este, a su vez, de la raíz. El Pastor de su rebaño y el rebaño de un buen pastor. Y lo mismo con las ramas, las flores y los frutos. Todos dependen de los demás para así poder ser productivos, cuando la raíz de la planta se daña sufre toda ella. (Efesios 4,4-6.)
s y familiarizados con los cultivos de nuestras huertas o macetas, inmediatamente nos damos cuenta de que las planta está formada por un conjunto de elementos que necesita entre sí. Elementos que uno no puede vivir sin el otro. La raíz necesita del tronco y este, a su vez, de la raíz. El Pastor de su rebaño y el rebaño de un buen pastor. Y lo mismo con las ramas, las flores y los frutos. Todos dependen de los demás para así poder ser productivos, cuando la raíz de la planta se daña sufre toda ella. (Efesios 4,4-6.)
“Permanecer en el Resucitado es también «Dejarnos podar para dar frutos», someternos a las tijeras de Dios que poda en nosotros todo aquello que impide nuestro sano y espiritual crecimiento para la riqueza de una relación que supera toda frontera. La permanencia regala consistencia, fortalece el sí de nuestra autenticidad y solidez, y hace posible la estabilidad en algo. Ser estables no es estar quietos y sin modificar nada. Ser estable es poder involucrarnos, comprometernos y defender aquello con que nos hemos comprometido y conquistado.”
¿Cómo estamos sintiéndolo en la comunidad de fe?
Cuando el tronco se descompone, se dañan las hojas, no se desarrollan las flores que luego darán un mal fruto. Si la flor se daña o marchita, no habrá fruto. Y si los frutos no son buenos, es que algo ha fallado en el proceso de producción y cada uno se justificará en el mal proceder del otro, el fruto de la flor, la flor del tronco (Habacuc 3,17-18). Los agricultores y los agrónomos saben de estos procesos y procedimientos. Por eso saben cuándo sembrar, cómo abonar, acomodar la tierra en su base, podar para fortificar garantizando una cosecha sana, perfecta y abundante.
El Evangelio de san Juan es bien diferente considerablemente, tanto por su forma literaria y su contenido.
La tradición cristiana lo atribuye, a quien identifica como “el discípulo al que Jesús amaba” (13,23; 19, 26; 20, 2; 21,7,20), y hay varios indicios en el mismo Evangelio que comprueban esta atribución. Por lo tanto, puede decirse que es el Evangelio de un tal Juan o Juanes por la recopilación y desarrollo. De todas maneras, la redacción final del libro es el resultado de una larga elaboración en la que también intervinieron los discípulos del “Amado” Apóstol. Fue concluido hacia el año 100, y tenía como destinatarios inmediatos a las comunidades cristianas de Asia Menor.
San Juan, gira en un tema fundamental: Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra por excelencia, que vino a nosotros/as para hacernos conocer a la Divinidad. San Juan no habla por sí mismo, sino que “da testimonio” de la Verdad que escuchó sobre el Padre (3,11-13;31-34), y toda su vida es una revelación de la “gloria” que recibió de su mismo Padre antes de la creación del mundo (17.1-5).
La insistencia de este, Evangelio de s. Juan, vuelve sobre los mismos temas, profundizándolos y detallándolos una y otra vez. En cada uno de sus temas está contenido todo el íntimo misterio de Jesús. Pero más que los “hechos” de su vida, lo que le interesa es poner de relieve el “significado” que estos tienen y que solo por la fe puede descubrirse (Rom. 4,25. 5,1). Desde esta perspectiva, s. Juan interpreta las obras y amplía las narrativas de Jesús, como fruto de una larga y profunda comprensión. El objetivo fundamental es introducirnos a la Vida eterna, que consiste en conocer al “verdadero y único Dios” y a su “Enviado, Jesucristo” (17,3). Por esta razón es que llamamos al Evangelio de Juan el “Evangelio espiritual”.
Es así como la vida y los sarmientos están íntimamente vinculados para ser productivos, así debe ser la vida en el discipulado de Jesús. Es necesario mantenerse profunda y directamente unido al racimo, “el Maestro” para que los frutos que damos sean verdaderamente puros, sabrosos y buenos. Ahora bien, la pregunta es cómo mantenerse fuertemente unido a Jesús. Considero, como primer lugar, la frecuente meditación de su Palabra. Ella es la savia que corre por el tronco de la comunidad y de sus miembros para alimentarlos y nutrirlos constantemente.
La lectura orante, el estudio de la Palabra, la lectura popular y comunitaria de la Biblia y tanto otros caminos de estudio, talleres, meditación y oración con la Palabra contextualizándola con la vida, medios excepcionales para mantenerse bien unidos al racimo, Jesús. Desde luego que esta unidad intrínseca se debe dar en el seno de una comunidad de fe, de vida fraterna y ante todo activamente solidaria.
¿Estás en comunión con Jesús y tu comunidad de fe?
“Quien canta, reza dos veces”, decía San Agustín, orar es escuchar a Jesús. Es abrirse a la acción del Espíritu Santo para que Él realice su obra en nuestro corazón de creyentes. La vida sacramental, particularmente el Sacramento de la Eucaristía, es fuente inagotable de vida en el espíritu. Y, sobre todo, unido a lo anterior, la práctica constante de la caridad, la justicia, la solidaridad; en una palabra, la misericordia Divina.
Dejarnos podar para dar frutos
Se poda lo vicioso, lo seco y lo que desgasta, por no dar fruto. Se poda aquello que carente de amor, aquellas catequesis de un Dios, juez, verdugo, militarizante, vengativo… En lugar de la compañía, amorosa e inclusiva. En los sarmientos secos no corre la savia (Jesús = Amor). Podar es clarificar, eliminar la enseñanza opresora, excluyentes factores de muerte, para que el sarmiento (vos, yo, ellos/as) seamos personas más auténticas, más libres, un excelente fruto. Esta trasformación, que realiza el su Padre, nuestra Divinidad, es para que la cristiandad pascual capte mejor la vida de Jesús, su amor asimétrico, racional, para así dar buen y duradero fruto.
La poda, hace que los frutos tomen fuerzas. Interpretémoslo como una prueba, una cruz, no un obstáculo, para nuestro bien y de los demás. Se trata de frutos concretos, acciones en las obras del amor, la inclusión y aceptación ante las diferencias, no solo con expiatorias confesiones verbales. Ser frutos de permanencia en la comunidad con una vida activa, coherente, peregrina en la tierra … Como Jesús y su pueblo del CAMINO.
+++ Marcelo Alejandro Soria – MS, sva.
Bendecido domingo "Dejarnos podar para dar frutos", aleluya, aleluya, aleluya.
Sitio Web: esiglesia.org
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