Cuaresma es, y nuestro tiempo de Reconciliación, sin duda, es una experiencia de desierto.
No es que la comunidad cristiana deba desplazarse a un lugar geográfico especial para vivir esta experiencia, como ser: Salinas grandes en Purmamarca, Dunas de Taton en Tinogasta, el Cañón del Arco Iris en Talampaya, o las Dunas del sur en Villa Gesell. Cuando aquí hablo de desierto, más que a un emplazamiento geográfico, me estoy refiriendo a un tiempo privilegiado, solitario, distante de lo cotidiano y así mismo dentro de nuestro ámbito hogareño o ciudadano, es un tiempo de gracia. Porque la experiencia de desierto es siempre un don de Dios, quien conduce siempre al desierto. Fue también quien condujo a Israel al desierto por medio de Moisés (Éx. 15,22-27), y quien condujo a Jesús por medio del Espíritu a planificar su misión y ministerio (Mt. 4,1-11). Este mismo Espíritu es quien convoca a la comunidad cristiana (Rm 8,15), y la anima a emprender el camino de la reconciliación.
Geográficamente el desierto es un lugar hostil, lleno de dificultades y de obstáculos. Por eso la experiencia de desierto anima al creyente a la lucha, al combate espiritual, al enfrentamiento con la propia realidad de miseria y de pecado.
En este sentido, este Tiempo de Reconciliación (Cuaresma) debe ser interpretado como un tiempo de pruebas. Los cuarenta años que Israel pasó en el desierto fueron también un tiempo de tentación y de crisis social, durante los cuales Yahvé quiso purificar a su pueblo y probar su fidelidad (Dt 8, 2-4; Sal 94). También Jesús fue tentado en el desierto. Durante los cuarenta días que durará este tiempo, la Iglesia vive una experiencia semejante, sometida a las luchas y a las privaciones que impone la "militia Christi" (la guerra de cristo). La cristiandad vive un fuete enfrentamiento espiritual. Lo convive siempre. No sólo durante estos cuarenta días. Pero la representa en una experiencia singular, una especie de entrenamiento personal y comunitario en el que como creyentes aprendemos y nos ejercitamos en contra del mal. Casi pocos de los israelitas superaron la prueba. En realidad fueron muy pocos los que, habiendo salido de Egipto, consiguieron entrar en la tierra prometida. La mayoría murieron o se perdieron en el camino. Hasta Moisés. Cristo, en cambio, salió triunfante de la prueba. El maligno con su tentación no logró hacerle sucumbir (Mt. 4,1-11, Lc. 4,1-13). La cristiandad que realiza seriamente el ejercicio de Reconciliación y recorre con asiduidad el camino que lleva a la Pascua, compartirán sin duda con Cristo el triunfo sobre el pecado y sobre la muerte.
Bendiciones,
+++Marcelo Alejandro - Misión Sacerdotal, sva
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